Vicente Aleixandre: Un premio Nobel para Monelos

Tan sólo cuatro escritores españoles han obtenido el Premio Nobel de Literatura a lo largo de la historia y, de ellos, sólo dos cuentan con una calle en su honor en A Coruña. El sevillano Vicente Aleixandre es, junto con Camilo José Cela, uno de estos afortunados, quizás por haber obtenido el galardón en una época en la que la ciudad renovaba su nomenclátor tras el fin del régimen franquista. Aleixandre nació en 1898 y pasó su infancia en Málaga. A los trece años su familia se trasladó a Madrid, donde estudió Derecho y Comercio. El poeta fue profesor de Derecho Mercantil desde 1920 a 1922 y tres años más tarde contrajo una grave enfermedad que le obligó a permanecer recluido en su domicilio. Fue este período de soledad lo que le llevó a la creación poética, plasmada por primera vez en su libro Ámbito, que se publicó en 1928. En los años siguientes se manifiesta como un poeta surrealista y mantiene las referencias a la naturaleza como uno de los temas principales de sus composiciones. Aleixandre, al que se encuadra dentro de la llamada Generación del 27, reflejó la tragedia que supuso para él la Guerra Civil española en la obra Sombra del paraíso. A partir de los años cincuenta, el poeta adopta una visión menos pesimista de la realidad, aunque en 1968 publica Poemas de la consumación, en la que la cercanía de la muerte le hace cantar las excelencias de la juventud. La concesión del Premio Nobel en 1977 supuso una auténtica sorpresa para los conciudadanos de Aleixandre, ya que el escritor era un desconocido para el público, a pesar de su influencia en los poetas modernos. Los analistas interpretaron la decisión de la Academia de Ciencias sueca como un respaldo al proceso de democratización de la sociedad española. Vicente Aleixandre falleció en Madrid en 1984. El Ayuntamiento de A Coruña le dedicó la calle del barrio de Monelos antes llamada Pedrafurada, ya que hubo que excavar la roca existente en la zona para urbanizar esta vía.

J. M. Gutiérrez


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Compostela: Edificios con solera en el Ensanche

La construcción del Ensanche coruñés permitió que la ciudad dedicará algunas de las principales calles y plazas de este barrio a las ciudades gallegas. Fue así como nacieron las plazas de Galicia, Lugo, Ourense, Pontevedra y Vigo. Santiago tuvo también un espacio para el recuerdo en esta zona y, además, en una de las primeras calles que se trazaron en la zona de expansión de la ciudad tras el derribo de las murallas. A Coruña disponía ya de una calle con el nombre de Santiago en la Ciudad Vieja, que hace referencia al apóstol, ya que concluye en la iglesia dedicada a su advocación. Por esta razón, el Ayuntamiento denominó a la nueva vía con el nombre de Compostela, con el que también se conoce de forma universal a la capital gallega. La calle acoge algunos de los más destacados edificios del Ensanche, como el de la Unión y el Fénix, que hace esquina con la plaza de Mina. También en esta calle se ubica la casa Viturro, un soberbio inmueble que fue el primero de la ciudad en contar con ascensor para acceder a las viviendas. En la esquina con Juana de Vega estuvo durante muchos años el edificio que acogía la sede de la empresa Castromil en A Coruña, de donde salían los autobuses con destino a Santiago. En la calle Compostela está además uno de los bares más entrañables de la ciudad, Casa Enrique. En este pequeño local se dieron cita durante años los principales artistas e intelectuales coruñeses. Hoy en día es frecuentado por gentes de todas las generaciones que buscan el sabor de los establecimientos de hostelería más tradicionales.

J. M. G.


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Enrique Mariñas: El coruñés más popular en las ondas

La calle que lleva el nombre de Enrique Mariñas es la primera de la ciudad dedicada a un profesional de la radiodifusión. Ciertamente, no podía haberse escogido otra persona para iniciar los homenajes a los maestros de las ondas, ya que se trata de uno de los personajes más destacados de la historia de este medio de comunicación en España. Mariñas nació en Madrid en 1912 e inició su carrera profesional en Radio Coruña, emisora en la que trabajó desde el día de su apertura, en el año 1934. Su ingenio y capacidad de sugestión fueron inagotables, hasta el punto de que llegó a elaborar un reportaje sobre la dureza de la pesca en alta mar desde un barco atracado en el muelle coruñés con el fin de conseguir una mejor ambientación. En 1940 Mariñas fue nombrado director artístico de Radio Nacional de España en A Coruña, cuya emisora pasó a dirigir al poco tiempo. En este cargo permaneció durante 39 años, lo que le permitió abordar toda clase de programas y desarrollar experiencias innovadoras en este medio. Una de sus facetas más conocidas fue la de periodista deportivo, ya que retransmitió competiciones de este tipo desde multitud de países. Mariñas formó pareja profesional con Matías Prats, otro de los genios de la radio de su tiempo, al que sirvió de contrapunto en las transmisiones deportivas gracias a su precisión y moderación en la narración de los hechos. El periodista coruñés recibió todos los premios posibles en su profesión: tres veces el Ondas, el Nacional de Radiodifusión en dos ocasiones, la Antena de Oro, el Premio Nacional de la Federación Española de Fútbol… Mariñas tuvo tiempo incluso de ser concejal del Ayuntamiento coruñés, en cuya Corporación permaneció seis años. La ciudad le dedicó una de las calles del moderno barrio de Mato Grande, la zona que incorporó más nombres al nomenclátor de A Coruña en los últimos años gracias a su reciente urbanización.

J. M. G.


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Federico García Lorca: El andaluz más conocido en todo el mundo

El barrio de Elviña es la zona de la ciudad que probablemente contiene más calles dedicadas a personajes no relacionados con A Coruña, sino con la cultura española y universal. Aquí se encuentran las vías que recuerdan a glorias de la literatura como Antonio Machado, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Miguel Hernández y de Federico García Lorca, a quien puede considerarse como el andaluz que ha conseguido una mayor repercusión cultural en todo el mundo. Lorca nació en 1898 en la localidad granadina de Fuente Vaqueros. En su juventud estudió Filosofía y Letras, Derecho y música en Granada, pero ya en 1919 se trasladó a Madrid, donde formó parte del grupo de intelectuales de la Residencia de Estudiantes, junto con Dalí, Alberti y Buñuel. En 1929 viajó a Nueva York, ciudad que le impresionó profundamente. A su regreso, Lorca publica algunas de sus obras teatrales más famosas, como La zapatera prodigiosa, Así que pasen cinco años, Bodas de sangre, Yerma, Doña Rosita la soltera y La casa de Bernarda Alba. Sus composiciones teatrales son consideradas como las mejores del siglo XX en España junto con las de Valle Inclán. Pero Lorca fue también un gran poeta, cuyo primer libro se publicó en 1921. Su Romancero gitano, Poeta en Nueva York y Llanto por Ignacio Sánchez Mejías figuran entre las obras poéticas más destacadas de su tiempo. El escritor andaluz llegó a componer varios poemas en lengua gallega gracias a la ayuda de los amigos que tenía en esta tierra. Su devoción por el teatro lo llevó a dirigir la compañía universitaria La Barraca, con la que visitó A Coruña en agosto de 1932, para representar una de las obras que formaban el repertorio del grupo. Sus éxitos literarios lo convirtieron en un personaje muy popular, incluso en América, a donde viajó en 1933. El inicio de la Guerra Civil lo sorprendió en Granada, donde un grupo de fascistas lo asesinó el 19 de agosto de 1936 por sus ideas izquierdistas. La riqueza de su obra y su trágica muerte lo convirtieron desde entonces en un mito literario.

J.M. Gutiérrez


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Copérnico: El polaco que miraba a las estrellas

Un repaso a los estudios efectuados por Nicolás Copérnico deja claro que puede ser considerado como un auténtico hombre del Renacimiento, puesto que recibió enseñanzas de Medicina y Derecho, aunque su principal preocupación científica fue la Astronomía, en la que hizo descubrimientos que cambiaron la concepción que se tenía sobre el universo hasta su época. Copérnico nació en 1473 en la ciudad polaca de Toru y tuvo la suerte de que su tío, el obispo Watzenrode, se interesase por proporcionarle una esmerada educación, ya que le envió a las principales universidades. Inició su formación en Cracovia y luego la continuó en Bolonia, Roma y Padua. En 1503 regresó a su tierra para trabajar como administrador de la diócesis de su tío, donde comenzó a publicar sus investigaciones. Su primer trabajo ya se decantaba por una teoría heliocéntrica del universo, lo que chocaba frontalmente con la mentalidad de su tiempo, en el que se defendía que todos los planetas y el Sol giraban alrededor de la Tierra. En 1515 participó en el concilio que estudió la reforma del calendario y posteriormente escribió un tratado sobre el dinero. Su libro más trascendental fue Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes, que fue terminado en 1530 y que no se publicó hasta 1543. En esta obra, Copérnico asegura que la Tierra da una vuelta completa sobre su eje una vez al día y que tarda un año en girar alrededor del Sol. Otra de las tesis del astrónomo polaco era que la Tierra se encontraba inclinada con respecto a su eje de rotación. Todas estas ideas, que hoy pueden parecer evidentes, fueron rechazadas con rotundidad por los sabios contemporáneos de Copérnico, quien no se arredró ante las críticas, entre las que destacaron las provenientes de la Iglesia, que no aceptaba que la Tierra no fuese el centro del universo. Copérnico descubrió también la verdadera alineación de los planetas y que su velocidad de rotación depende de la distancia a la que se hallan del Sol. El investigador murió en 1543 y tuvieron que ser sus seguidores, Johannes Kepler y Galileo Galilei, quienes confirmasen sus teorías, aunque tampoco consiguieron durante sus vidas el apoyo de los científicos y las autoridades.

J. M. Gutiérrez


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Cervantes: Una calle humilde para una gloria literaria

Nadie pretende desmerecer a los vecinos de Monte Alto, pero parece injusta la dedicatoria de una calle tan pequeña a un personaje de la dimensión cultural de Cervantes, considerado como uno de los mayores creadores literarios de todos los tiempos. Pero el autor de El Quijote aún es más afortunado que otros muchas figuras históricas españolas que carecen de un recuerdo en el callejero coruñés. Una de las peculiaridades del nomenclátor de nuestra ciudad es que la inmensa mayoría de las calles están dedicadas a personajes locales o gallegos, de forma que son muy escasos los nombres de hombres y mujeres que no tuvieron relación alguna con A Coruña. Quizás fue esta tradición la que movió a los responsables municipales a dedicar una vía tan poco céntrica a Cervantes, hasta el punto de que serán muchos los coruñeses que ignoren que dispone aquí de una calle en su honor. La vida del escritor fue tan intensa que serviría de argumento para una apasionante novela. Miguel de Cervantes Saavedra, cuyos apellidos hacen referencia a un origen familiar gallego, nació en Alcalá de Henares en 1547. Tras completar sus estudios, marchó a Roma para servir al cardenal Acquaviva, con quien recorrió Italia. Luego se enroló en la Armada española y participó en la batalla de Lepanto, donde sufrió una herida que le hizo perder el movimiento de un brazo y dio origen a su apodo: El manco de Lepanto. Al volver a España fue capturado por los turcos, quienes le encerraron durante cinco años en Argel. Cuando regresó a España encontró a su familia en la ruina, por lo que buscó la fortuna en las letras, aunque sin éxito. Encontró trabajo en Sevilla como recaudador de impuestos y comisario de abastos de la Armada Invencible, pero fue encarcelado por irregularidades en sus cuentas. El triunfo de la primera parte de El Quijote fue efímero, porque volvió a prisión a causa de la muerte de un hombre ante su casa. Sus otras obras no consiguieron librarle de los apuros económicos, que padeció hasta su muerte en 1616. A lo largo de su vida trató de descollar como poeta, pero no fue valorado. También abordó la dramaturgia, pero la renovación escénica que aportó Lope de Vega dejó anticuado su estilo.

J. M. Gutiérrez


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Ángel Rebollo: El recuperador de los exploradores

No es frecuente que un ciudadano cuente con una calle en su honor cuando todavía es poco más que un joven, pero en este caso los méritos de Ángel Rebollo reunieron tal grado de consenso que a nadie le extrañó este reconocimiento. La calle que se le dedicó se llamó durante mucho tiempo Vereda de Monte Alto, cuando este barrio de la ciudad no estaba urbanizado en su totalidad. La existencia de varias calles de la zona con nombres similares movió al Ayuntamiento a darle una nueva denominación, para lo que se escogió la de Ángel Rebollo, el refundador del Grupo de Exploradores de A Coruña. Estos exploradores eran la asociación juvenil que creó Baden Powell en el siglo pasado y que se extendieron por todo el mundo como los boys-scouts. La agrupación tuvo implantación en la ciudad, pero desapareció posteriormente, hasta que Rebollo la hizo resurgir. La trascendencia de esta refundación tuvo que ser grande, puesto que en aquellos años no abundaban las asociaciones juveniles. Los niños y adolescentes carecían de colectivos a través de los que desarrollar actividades de ocio, por lo que el grupo creado por Rebollo fue muy popular en la ciudad. Este hombre fue también uno de los dirigentes de la Cruz Roja coruñesa y ocupó el cargo de concejal. Además, fue presidente del Círculo de Artesanos durante dos años, en los que consiguió incrementar la actividad cultural de esta prestigiosa sociedad. El Ayuntamiento acordó dar su nombre a una calle en 1929, veinte años antes de su muerte, que se produjo cuando aún era un hombre joven. En 1931 la Corporación cambió el nombre de esta calle por el de Eduardo López Budén, un educador coruñés de gran fama. Poco después, en 1936, los concejales de la ciudad volvieron a reponer el nombre de Rebollo en el callejero, con lo que se reparó la injusticia cometida con este ilustre ciudadano.

J. M. G.


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Gambrinus: El patrón de la cerveza, junto a la fábrica

En el año 1906, el empresario coruñés José María Corral levantó una fábrica de cervezas en el lugar conocido como Cuatro Caminos, que por aquella época era un paraje escasamente poblado y en el que abundaban las instalaciones industriales. La factoría de Estrella Galicia se convirtió en un lugar muy popular, ya que contaba con una preciosa terraza al aire libre en la que muchos coruñeses acostumbraban a merendar en las tardes de verano, guarecidos del sol por los frondosos árboles que se encontraban en aquel lugar. El crecimiento de la empresa y de la ciudad obligó a trasladar la fábrica al polígono de A Grela en 1972, cuando la mayor parte de sus parcelas todavía se hallaban desocupadas. El edificio de Estrella Galicia era entonces visible desde numerosos puntos del parque industrial y se convirtió en uno de sus referentes. Este hecho, junto con la fuerte vinculación de la empresa con la ciudad, debió ser el que movió al Ayuntamiento a bautizar la calle donde se asienta con el nombre de Gambrinus, rey de la región belga de Brabante. La leyenda atribuye a este hombre, llamado en realidad Juan Primus, la fabricación de la cerveza de malta. Al parecer, los súbditos de este monarca medieval sufrían continuas hambrunas, lo que Gambrinus solucionó mediante el impulso del cultivo de la cebada. Otras versiones afirman que el propio rey fue quien inventó la elaboración de cerveza a partir de este cereal, lo que le habría convertido en el patrono de los cerveceros. La figura de Gambrinus fue adoptada por numerosas empresas del sector, que le reproducen en las etiquetas de sus botellas o que le dan el nombre de los establecimientos en los que distribuyen sus productos de forma exclusiva. Lo cierto es que los expertos consideran que la primera cerveza se fabricó 6.000 años antes de Cristo por la fermentación accidental de grano machacado y humedecido en contacto con levadura. Mil años más tarde, los egipcios perfeccionaron la bebida, que fue muy conocida en el mundo antiguo. En la Edad Media la actividad cervecera incorporó la estrella como su símbolo, ya que en esta figura geométrica se indicaba el horario en el que podía beberse este refrescante producto.

J. M. Gutiérrez


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Salvador y Merino: El presidente de los años duros del Deportivo

Desde sus inicios, los coruñeses se volcaron en apoyo del club de fútbol más importante de la ciudad, el Real Club Deportivo. En su historia, casi centenaria, hubo algunos directivos que se ganaron con creces el derecho a figurar en el nomenclátor de la ciudad, aunque por el momento sólo hay uno de ellos que cuente con una calle que le recuerde: José María Salvador y Merino. Otro coruñés que rigió los destinos del Deportivo también figura en el callejero, José Luis Pérez Cepeda, aunque debe este homenaje a su labor social y política. Salvador y Merino fue comandante jurídico del Ejército y un gran aficionado al fútbol. En varias ocasiones había denunciado los males que aquejaban a la gestión del club, por lo que en las elecciones realizadas en 1935 fue animado por el secretario, Ramón de Llano, para que se presentase al cargo. Los ruegos de este directivo —otra de las leyendas del deportivismo— consiguieron convencer al militar, que se hizo cargo de una sociedad que entonces acumulaba una deuda de 250.000 pesetas, toda una fortuna para la época. Salvador y Merino tan sólo contó con la colaboración de De Llano para dirigir al Deportivo, puesto que nadie se atrevió a participar en la gestión de un club casi en bancarrota. El club debía 18 meses del alquiler del viejo campo de Riazor y únicamente había quince socios que pagaban sus cuotas. El nuevo presidente no se arredró y decidió, junto con el secretario, vender boletos para rifas en el descanso de las sesiones de los cines de la ciudad. Los dos directivos en persona se encargaban de pegar los carteles que anunciaban los partidos y de colaborar en las reparaciones del terreno de juego. Salvador y Merino emitió unos bonos de ayuda al Deportivo que fueron adquiridos por los coruñeses más adinerados, como Ricardo Rodríguez Pastor, quien entregó 5.000 pesetas al club blanquiazul. El presidente se mantuvo en el cargo hasta junio de 1941, año en el que fue destinado a Madrid por sus superiores militares. Tuvo la responsabilidad del equipo coruñés en los tristes años de la Guerra Civil, durante la que se suspendieron las competiciones nacionales y en la que algunos jugadores del Deportivo se vieron obligados a participar en los combates.

J. M. Gutiérrez


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Notariado: Una calle con nombre gremial en el Ensanche

Una calle con nombre gremial en el Ensanche Los habitantes de las ciudades medievales denominaban a muchas de sus calles en función de la actividad profesional que se desarrollaba en ellas. Así surgieron en A Coruña vías con nombres como Herrerías, Cortaduría, Mantelería, Cordelería, Panaderas y Zapatería. Los hombres que promovieron la construcción de los ensanches en el siglo XIX decidieron dedicar las nuevas calles a los personajes políticos, literarios y artísticos más destacados y, en el caso de nuestra ciudad, también a las poblaciones más importantes de la comunidad gallega. Una reciente iniciativa municipal hizo que la vieja costumbre medieval se implantase en el Ensanche coruñés, de forma que una calle de esta zona lleva el nombre de una actividad profesional: Notariado. La razón de esta dedicatoria es la ubicación en este lugar de la sede del Colegio de Notarios, aunque, curiosamente, el edificio no está enclavado en la calle que homenajea a estos profesionales. Esta vía fue hasta hace poco un tramo de la que lleva el nombre de Fontán, que en la actualidad recorre el espacio entre Federico Tapia y la plaza de Ourense. La calle debe padecer algún maleficio, ya que en agosto de 1937 el Ayuntamiento decidió suprimirla para que quedase incorporada a la de Fernando González, pero el acuerdo municipal nunca se llevó a efecto. El insigne geógrafo conservó finalmente su calle, pero ahora quedó reducida a la mitad en beneficio de los notarios, que pueden divisar la vía que les rinde homenaje desde su soberbio inmueble, diseñado en 1922 por el arquitecto Eduardo Rodríguez-Losada, que es uno de los más destacados de esta parte de la ciudad. Los elementos más sobresalientes del edificio son su magnífica escalera interior y la cúpula que corona la torre central, que algunos especialistas consideran como la mejor de todo el Ensanche. Uno de los márgenes de la calle Notariado es uno de los laterales del Palacio de Justicia coruñés, actual sede del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia y que hasta hace pocos años acogía a la Audiencia Provincial. La constante presencia de abogados, jueces y fiscales proporcionaba a este lugar el inconfundible ambiente jurídico, que hoy en día se ha trasladado a Os Mallos.

J. M. Gutiérrez


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