Archivo para Febrero, 2009

En el colegio, cuando poníamos la típica excusa por no haber hecho los deberes (”el perro se comió la libreta”, “entraron unos ladrones en casa y me robaron la mochila”, “se volvió a morir mi abuela”…), la madre Anunciación siempre repetía: “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Si la madre Anunciación levantase la cabeza y tuviese a mano un ordenador para conectarse a Internet, tendría que buscarse otro refrán de cabecera.

Aquí las mentiras corren por banda ancha, ADSL y a 80 megas de velocidad. Y más cuando se trata de un concurridísimo chat gay del IRC (sí, todavía existe y es muy frecuentado por aficionados coruñeses al sexo exprés). En este canal, la sinceridad muere aplastada a cada golpe de teclado. Los engaños se cuelan en todas las conversaciones, similares a una partida del ¿Quién es quién?, ese juego que consiste en adivinar la identidad de la carta del adversario por medio de preguntas (¿lleva gafas?, ¿usa sombrero?), sólo que con un cuestionario algo menos inocente (¿dotado?, ¿pasivo?, ¿rasurado?)

Yo, que prometo siempre no volver a conectarme, acabo una y otra vez atrapado en esta red de falsedades. Y aunque al principio trate de agarrarme a la realidad hasta para elegir mi nick (musculado25), al final, como casi todos, disfrazo descripciones, exagero centímetros y sólo escupo una verdad cuando desde el otro lado me lanzan la dichosa preguntita:

-¿Antes de quedar me enseñas tu perfil en Facebook?

-NUNCA.

No acostumbro a poner los pies fuera de la cama antes de las once, pero hoy a las diez de la mañana ya estaba a las puertas de la Fnac de la plaza de Lugo. Mi objetivo: el nuevo disco de Fangoria. Sobre ella, sobre Alaska, ya está todo dicho. Musa, icono y diva de la movida. Moderna, postmoderna y vanguardista incombustible. Y para mí, y para muchos, la persona que pone voz a la banda sonora de mi vida.

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Me crié con La bola de cristal y sobreviví a la adolescencia bailando todo el día. Poco después despertó en mí el deseo carnal y pronto descubrí que lo que emocionaba a mi entrepierna eran las espaldas anchas y los antebrazos musculados. Soy maricón, sí, pero ¿a quién le importa lo que yo haga?, me pregunté.

A los veintitantos, la promiscuidad era ya mi única religión. No es pecado repetía ella con música y coros de Dinarama. Y yo lo tuve claro: Nadie, nadie, puede cambiarme

Hoy en día, superada la treintena y harto ya de saltar de cama en cama, todavía encuentro reflejo en sus letras. Precisamente anoche, antes de despedir a mi último compañero de almohada (cuerpazo, pelo rizo y gafitas a lo Woody Allen) en la radio sonaba:

Iré a buscar
quiero encontrar, sí
un hombre de verdad
Me arrastraré
suplicaré, sí
un hombre de verdad…

Odio el Carnaval. Lo odio con todas mis fuerzas. La única vez en mi vida que me disfracé tendría yo unos cuatro o cinco años. Para acudir a uno de aquellos bailes infantiles que se celebraban en el Casino, mi madre me vistió de conejito con una especie de traje de peluche, pajarita rosa al cuello incluída, que picaba más que los jerseys que calcetaba mi abuela iguales para todos los hermanos. Mis primos mayores, en cambio, acudieron a la misma fiesta vestidos de superhéroes, pero yo no, yo de conejito, con lo que me tiraron a mí siempre unas buenas mallas.

El caso es que me pasé toda la tarde enfadado y sollozando, y cada vez que alguien se acercaba a mí para interesarse por mis lágrimas, me preguntaba:

-”¿Qué le pasa a este conejito, que no para de llorar?”

Y yo, entre gimoteos, no dejaba de repetir:

-”Soy un niño, soy un niño. No soy un conejito“.

Desde aquel día odio los disfraces… y los conejitos.

(Antes de que a alguien se le ocurra proponerlo, no existen documentos gráficos de aquella tarde, así que jamás aparecerán publicados en este blog).

La final de la Superbowl, el concurso de triples y mates… Durante el mes de febrero, los hombretones yankees tienen más de una excusa para reunirse con los amigotes en una noche de televisión, testosterona y cerveza. A sus paisanos homosexuales, en cambio, no les queda otra que conformarse hoy con la entrega de los Oscars. Dicen los que saben de esto que si mujeres y maricones esta noche se pusiesen de acuerdo (es difícil, lo sé) para no ver la ceremonia, la audiencia de la gala caería en picado, ya que constituyen su público mayoritario.

A este lado del Atlántico, yo, por mi parte, no pienso desperdiciar ni un minuto de mi noche en ver por enésima vez este desfile de pedrería, pajaritas y bótox. Me aburre. Y como además estoy a mil kilómetros de pretender que mi blog se convierta en Días de cine, me niego a repetir aquí que Sean Pean figura en casi todas las quinielas como premiado por su interpretación del mártir gay Harvey Milk (el que quiera conocer la historia que afloje los seis euros que vale la entrada de cine, que tampoco voy a molestarme en explicarla). Sólo un apunte sobre la peli: de los 128 minutazos que dura, me quedo con todas y cada una de las escenas en que aparece James Franco (encarna al primer novio de Milk y, si por mi fuese, de aquí a 2012 debería estar obligado a protagonizar todas las películas que, por exigencias del guión, incluyan escenas sin camiseta del actor principal).

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(James Franco para la revista GQ)

PD: Al hablar de Harvey Milk, broker de Nueva York que dio un giro a su vida al emigrar a San Francisco y convertirse allí en padre del lobby homosexual (vaya, al final conté su historia), me viene a la mente, como a muchos, el recuerdo de Tomás Fábregas, activista gay de origen coruñés. Prometo dedicarle el espacio que se merece.

PD2: Aprovecho además este post tan cinematográfico para advertir que en próximas entregas detallaré, sin saltarme ni una coma, el día en que viendo una película descubrí yo que por mi sangre corría el gen del vicio gay. Hoy no lo cuento porque no tengo ni tiempo ni ganas, así que “to be continued…