Como estoy en racha y tengo las neuronas empalmadas he decidido volver a dar la lata. Voy a hablar de la familia. Y voy a hablar tanto que se va a cagar Benigno Blanco. Alé.
Hete aquí que estoy viendo “Sálvame”. “Sálvame” es un programa que ponen en la antigua TeleMamachichos y que podríamos definir como una verdadera disección de la sociedad española del momento. Tiene un presentador que se llama Jorge Javier y que siempre está muy al tanto, entre risitas maliciosas, de quién es mariquita y quién no lo es al sur de los Pirineos y al norte del Peñón. Porque desde que somos modernos, en este país, una de las informaciones básicas que se dan en la telemierda acerca de los famosos y sus andanzas es si alguna vez han caído en esa perversión llamada homosexualidad. Que somos modernos porque hablamos mucho de los gays y con total normalidad, amén de que ya no tenemos ley de peligrosidad social, vagos y maleantes y todo el mundo tiene derecho a ser lo maricón (y digo maricón porque para este tipo de programas las lesbianas no existen -lo siento, chicas-) que le dé la gana. Y no sólo tiene derecho a serlo, sino que además tiene que decirlo públicamente, no vaya a ser que los heteros profesionales no vayan a poder hacer burla de quien les de la gana, con lo modernos que somos.
Y si hoy por hoy se puede ser maricón por el norte, el sur, el este y el oeste sin peligro de dar con tus huesos en la cárcel o de que tu padre te de unas hostias para ver si te cambia de lado las meninges y luego te lleve al psiquiatra para que te coloque unos electrodos en el glande… Pues a ver por qué cualquier hetero no puede hacer escarnio público de tanto maricón como anda por ahí suelto. Y si el hetero en cuestión es Jorge Javier, pues mejor. Ay, perdón… que Jorge Javier no es hetero, que salió enseñando el culo en la ZERO. Pero maricón, tampoco, claro. Jorge Javier es gay. Y una característica esencial de los gays es que tienen todo el derecho del mundo a reírse de los maricones.
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Ay, querido BorjaMARI, ojalá estuviese yo tan ciego de amor como tú… y no con la vista nublada por culpa de mi incipiente miopía (en realidad no tan incipiente, los dos ojos suman ya más de nueve dioptrías) y de un señor escocés que se llama Johnny y se apellida Walker. Pero aquí me tienes un lunes más: solo, de resaca y con este nuestro blog como terapia (por cierto, parte del dinero que me ahorro en psicoanálisis gracias a Cantón Oscuro lo invertiré en unos huevos mucho más sorprendentes que los Kinder, y de los que puedes encontrar detallada información aquí).
Así que lo único que me consuela es tropezarme en Internet con un tipo como Andre No-sé-qué (¿quién necesita apellidos cuando se está así de sobrao?), otro de los chicos de portada de la revista australiana DNA Magazine (¿para cuándo la edición en español?)

(El afortunado que le hizo la foto es un tal Lewis Payton)
Nacido en Los Angeles en 1983, el bueno de Andre era ayudante de fotografía hasta que alguien con buen ojo y mejor gusto le propuso colocarse delante de la cámara. Desde entonces, cuenta con miles de admiradores gays en todos los rincones del mundo. “Es halagador saber que gustas a otros hombres. Ésta es la vida que siempre soñé”, reconoce él. Y yo, con sólo mirarle, caigo rendido en fase REM…
¡Ay, Cantón, si el Callejón de la estacada hablase…! No eres el primero ni serás el último en quedarse allí tirado, te lo aseguro. Pero, de todas formas, me extraña mucho en un hombre de tu experiencia y categoría esa falta de recursos ante unas buenas zapas “buanenistas” como las que tú describes. ¿Que no tienes pitillo? ¡Pues consígueselo, coño! Tan zalamero para unas cosas y tan paradiño para otras. Esta vez te lo paso, pero controla, ¿ok?.
Aunque, si te digo la verdad, yo es que estoy tan desentrenado ya en estas lides del cruising y del “polvo sin cremallera” (así se llamó el folleteo rápido y casi anónimo durante la revolución sexual de los años 60/70) que no sé si soy la persona más adecuada para dar consejos. El matrimonio (sobre todo si es exitoso y placentero, como el mío) es lo que tiene. Que te hace cómodo. Tiene ventajas y tiene desventajas. Y como ya vas teniendo una edad, he decidido cambiar el tono mariimbécil de mis últimas crónicas y hablarte con calma de lo que puede ser la vida en común con el hombre de tu vida (que tú lo vas a encontrar, corazón, y ya me lo presentarás…)
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Madrid, jueves 30 de junio de 2005. Marce y Pablo están comiendo en la cocina del ático del barrio de Chueca que comparten como pareja desde hace nueve años. Pasta fresca con soja y vino blanco. Esa mañana el Congreso de los Diputados ha aprobado la ley que permitirá el matrimonio y la adopción a parejas del mismo sexo.
Ha sido muy emocionante, Pablito (…) Después de hablar contigo no han parado los mensajes y las felicitaciones. Mariola y Violeta me han llamado llorando. Le he enviado a todo el mundo un sms: “Por fin somos ciudadanos de primera. Gracias por vuestro cariño y apoyo. Os espero a todos en la mani del sábado”. En fin, ha sido aluciante, y por cierto, ahora todo el mundo me dice que cuándo vamos a casarnos, así que este verano tenemos que preparar los papeles.
Suena el teléfono. Lo coge Pablo. Es la madre de Marce, que le pregunta por él. Pablo le dice que están comiendo. Durante el tiempo que dura la escueta conversación telefónica, Marce piensa: “¿Llamará mi madre por ser hoy el día que es? Hostia, como me diga algo… ¿Lo habrá oído en la radio? ¿Lo habrá visto en la tele? ¿Se habrá acordado de mí al oirlo?…” Nervioso, a sus 41 años, Marce coge el auricular que le pasa Pablo.
- Te llamo para decirte que nos vamos a la playa antes de lo previsto- dice su madre al otro lado del hilo telefónico.
-… valee, mamá, te llamo después, que estamos comiendo.
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