Una pajarita en Navidad
El día era frío y amenazaba lluvia pero Marta se levantó dispuesta como cada sábado para ir al parque.
Le encantaba sentarse en un banco y mirar como jugaban los niños. Algunas veces se unía a ellos, pero le gustaba más sentarse y observar.
La mayoría de los niños iban con sus abuelos y ella, sentada en el banco, se imaginaba que su abuelo, al que nunca había conocido, la acompañaba y sentado a su lado le contaba infinidad de historias divertidas.
Se acercaba la Navidad y en esa época era cuando se sentía más sola. Soñaba que su abuelo paseaba con ella compartiendo la ilusión y la magia de las luces de la ciudad, los adornos de los escaparates y el gran árbol que todos los años por aquellas fechas ponían en el centro para deleite de todas las personas que, como ellos, disfrutaban de esos días.
¡Qué pena! Nada de esto era posible ya que a su abuelo, al que consideraba un héroe, lo habían matado en la guerra.
Sin embargo, no podía imaginar que aquel sábado iba a ser distinto a todos los demás. Estaba tan abstraída con sus pensamientos que no se dio cuenta de que a su lado se había sentado un viejecito. Podría haber sido un viejecito cualquiera, como uno más de los que frecuentan los parques de nuestras ciudades o pueblos. Pero Marta, nada más cruzar su mirada con la suya, se dio cuenta de que no tenía nada que ver con los viejecitos que hasta ahora había visto o conocido. Su figura menuda enfundada en un abrigo de paño bien cortado y su cabeza abrigada por un sombrero de fieltro dejaban asomar una nariz aguileña que le daba un aspecto distinguido con unos ojillos llenos de vida que desprendían sobre quien lo miraba una fuerza y serenidad interior que a su vez estaban en perfecta armonía con una amplia sonrisa rodeada de profundas arrugas fuertemente torneadas.
En aquel momento, en cuanto sus miradas se cruzaron, Marta supo que aquel hombre era especial y sintió que la melancolía y la tristeza desaparecían como estrellas fugaces.
No cruzaron muchas palabras, tan sólo descubrió sus manos hasta ahora ocultas en unos guantes negros, y con un pequeño trozo de papel le hizo una pajarita que le entregó acompañada de la siguiente frase: “Felices Navidades”.
Marta no pronunció palabra, tan sólo la cogió suavemente entre sus manos y en ese momento se dio cuenta de que aquella Navidad su abuelo había estado con ella. Era su manera de decirle que no estaba sola. Y, de repente, así como había aparecido se desvaneció entre la menuda lluvia que empezaba a caer suavemente sobre la pajarita de papel que sería el mejor regalo de Navidad que jamás había tenido.
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