FIN

Cuando parecía que todos los caminos llevaban a ninguna parte llegó el último día.

En la residencia no me echaron de una patada, pero si dos días antes por querer volver a casa en fin de semana, de mes;  a última hora del domingo, como haría cualquier español. Cerré por fuera, dejé las llaves y cogí la línea 2 como pude, de la que podría recitar todas las paradas de memoria por orden alfabético.

Michelle es la madre de Flora. Flora, la parisina que me encontré en la calle hace unos ocho meses para dominar un poco  la cultura autóctona. Cuando llegué al 2 de la rue Camille con cinco bultos y cuarenta y cinco grados en mi camiseta, era la primera vez que Madame Michelle conocía novio a su hija pequeña.

Puse cara de muchos amigos, buscando por un techo. Me estaba dando pena a mí mismo, y como la figura de la madre no cambia vayas por donde vayas, en seguida se me ofreció asiento, una ducha, zumo fresco, algo de picar y sonrisas francesas entremedias.

Cuando creía que ya estaba totalmente aclimatado en esta familia de Montmartre, tomando una cerveza con el hermano mayor, descalzo, a punto de quitarme los pantalones y vocear que había para cenar, como éramos pocos apareció la abuela. Por suerte, su acento del sur me echaba un cable para seguir el hilo de la conversación, porque insisto, la figura de la abuela tampoco cambia vayas por donde vayas, y con unos pastelitos y a dos historias por minuto, uno pasa la tarde en cualquier salón del mundo.

A mí me empezaba a dar un poco de vergüenza la situación, pero como los franceses son muy flamantes en esto del amor, insistieron en que durmiese en la habitación con mi novia. Era la última noche y entre otras cosas, quería pensar un poco, hacer un balance del año. El caso es que con los pastelitos de la abuela, la carne con patatas, el queso de postre y las siete cervezas del hermano, no conseguí pasar del primer día.

Pasé a limpio en el metro con faltas de ortografía esta mili del siglo XXI, pero en vez de armas, con apuntes y cubatas; y en lugar de Paco Pérez de Badajoz está Mariya Yefremova de Russia, por ejemplo.

 El final se asomo del todo en rue Lepic, y se nos caían las lágrimas comprando el pollo para su madre. En el aeropuerto, una chica del check-in preguntó con ánimo de dar coraje a la situación cuánto tiempo me iba: -señora, que me voy para siempre-.

En el avión viéndolo con perspectiva,  cada vez que pensaba desde la primera persona que me indicó la calle hasta la abuela del sur, bajaba la mirada confundido. Cuando salí de dudas era tarde, volvía a estar en otra habitación.

 Hago la mochila y continúo por otro camino, de París a La Coruña.

 fin-de-coruna-a-paris.jpg

Final Trip

El jueves por la noche Paulo era un portugués casado y con hijos, conductor de autobuses en París desde hace diez años. Sin tener nada que ver, Marisa, Ana y yo, éramos estudiantes en el extranjero con un examen el próximo martes y la perspectiva del fin de semana bajo control hasta el momento, cenando en casa de unos amigos.

En el público estaba Fany, sin una nacionalidad del todo definida aunque este empeñada en ser de Murcia, que se levantó recogiendo sus cosas antes de medianoche, algo que no está muy bien visto entre los Erasmus, -Tengo que irme, mañana me voy de viaje y salimos sobre las siete-.

Apenas bastaron dos miradas, una llamada y media pregunta. En cuestión de horas Marisa, Ana y yo amanecíamos en el autobús de Paulo, al lado de Fany, cantando con daneses, alemanes, italianos, austriacos, rumanos, americanos, paparamericanos, turcos, brasileños, una rusa , y más españoles cogiendo las riendas de toda esta jarana mundial.

Johann, Smaela, Masi y Kali organizan a unos sesenta extranjeros como llevándolos a conocer el hielo antes de cien años de soledad. Paulo agarra el volante delante de su barriga y nos conduce a todos hacia las gaviotas, para poder morir en la costa.

Tras catar un par de vinos, bailar a los tambores bajo la lluvia de Bordeaux y cerciorarnos de que habíamos llegado demasiado lejos con los apuntes en la mochila, nos distribuimos al azar en un camping de la mujer de mengano que tras nuestra visita replanteó el negocio a su marido, al lado de un arenal con funganos y zutanos de playa. Donde las únicas empresas que han prosperado en la zona son el Carrefour y una discoteca de cinco estrellas llamada Rancho, que hace bailar hasta las vacas de los alrededores.

Los más propensos a mezclarse enseguida se hicieron “drogolegas” o “follamigos”,  a última hora latían las paredes de cartón. Cerca, cinco españoles miraban como uno trabajaba, los franceses bebían con zumo, los italianos se peinaban hasta que la pasta estuviera al dente, los brasileños cantaban y las nubes se levantaron cuando nos alejamos de París.

En la carretera, Paulo aprieta y abre bien los ojos dejando a los lados vacas francesas y un atardecer desigual a su izquierda. Ayer bailó en las tarimas del Rancho con nosotros, vio como se mezclaron las culturas en el mar atlántico y tuvo veinte años. Comprobó que entre los asientos no había fronteras, que todos nos reíamos en el mismo idioma.

Imagina que no hay países, ni tampoco religión, a la gente crecer aprendiendo de sus diferencias, compartiendo el mundo en un autobús.

final-trip1.jpg

El último café

Pasemos a cosas serias: la final del Roland Garros y del Erasmus. Se acerca el momento de volver a casa, y que tus amigos te pregunten con cuantas te has acostado.

En el principio del fin, dejar algo por hacer en París para mañana sería ir al límite. Por eso, cuando me encuentro al portero de mi residencia tomando café en la terraza de enfrente, no dudo en devolverle la pelota de apego y sentarme a contarle lo que pasa, con otro café para mí por favor.

Le explico que yo nunca he probado la cocaína, pero anoche llegué a casa cuando usted empezaba su turno- insiste en tutearle-. Pues sí, bailamos hasta tarde en Bus Palladium, que aparece al final, de la misma manera que todo lo bueno; huele a leyenda de Rolling Stone; Johnny Hallyday, Eddy Mitchell et les Chaussettes Noires, los Beatles, Julien Clerc , Gainsbourg y Jim Morrison están en las paredes; entre ellas y debajo de una enorme bola de cristal se mueven las francesas más guapas que haya visto, como si acabaran de escaparse por la ventana de su habitación para beber y bailar por primera vez.

Ve a por ellas, susurraba en Pont des Arts un italiano, ese español con marketing que tiene más palabras en las manos que en la boca. Sin arrepentimiento y embargo  ya queda poco para cambiar nada, le comentaba al portero, que escuchaba despistado levantando la vista de su café sin perder detalle del movimiento de la calle. Él me cuenta sus historias con mochila, de jóvenes y canutos, de Brasil, de las mujeres que deberían hacernos menos falta y mas el amor. Yo, ambicioso en mi conversación, insisto en mi Erasmus corriendo detrás de profesores, descansando en algún banco de jubilados y mendigos en el boulevard de Belleville, abriendo las piernas en Champs-Elysées y cerrando la noche en el Bus Palladium.

Estamos de acuerdo en volver pronto a Coruña, comer croquetas y trabajar. Qué sentido tendría el Roland Garros si no se jugase la final, una vida entera sin enterrarse y este café corto si no pudiese levantarme de la misma calle para pensar lo que me has dicho.

Este es el fin mi único amigo. Qué bueno va a ser no volver a vernos de nuevo.

eel-ultimo-cafe.jpg

Lo que más me gusta

Lo que más me gusta del futuro es que puedo cagar leyendo la prensa en el móvil sin tener que bajar al quiosco.

Desde un clásico váter blanco, que no es Roca, en medio de París, siento la presión del mundo actual que se mueve alrededor con tres motores bien claros: la pasta, las tetas y el facebook. Sigo bajando de las noticias mas relevantes a las mas absurdas, desde las opiniones de la ONU hasta los twitts de Britney Spears, todo sin perder de vista el número de rollos de papel higiénico si el día está movidito.

Johnny Hallyday, un hijo pródigo y borracho de la Francia,  cantante entre otras cosas, vuelve a París por problemas de salud. Y es que el sexo, la droga, el rock and roll y una combinación de las tres acaban pasando factura. Como ahora todo es muy fácil lo puse a cantar en Spotify, y le pregunté a mi wikinovia, que era la primera de clase ni mas ni menos, quien  carallo era este tío. Me dio las respuestas suficientes que pueden caber en un mensaje de texto, pero el caso es que con todo lo que había comido hoy eso iba para largo, y seguí indagando en la noticia de este Elvis gabacho.

De la misma manera que la crepe jambon fromage  me llevó al baño, Johnny Hallyday me llevó a Juan Pedro Quiñonero, el autor de la noticia. Un corresponsal en Francia que titula su blog con esperanza y alborozo “Una temporada en el infierno”, pero que por lo que puedo ver en sus fotos de calle ha sabido fijarse bien en los detalles de esta perdición que es París.

No todo son ventajas en el futuro, si se me acaba el papel no podré utilizar el móvil como tal. Movamos el culo del váter, dejemos de mirar el facebook o la pasta que vale ese escote, vete a dar una buena vuelta por el infierno.

Y fíjate bien en esta ciudad, porque cuando vuelvas a la tuya tus ojos habrán envejecido.

anacruz.jpg

No es que nos hubiésemos motivado con el secreto de Thomas Crown, que un coleccionista millonario nos hiciera un encargo que no pudiésemos rechazar; tampoco que viésemos el pasillo un poco soso.

Me podía la presión de que mis novias siempre hubiesen sacado mejores notas que yo, y aún encima esta que estudia encima de la cama… Traté de imitarla un par de veces, pero el despiste era inevitable y ya era demasiado tarde. En realidad nunca tuve el valor de robar una gominola en la tienda de la plaza de Vigo, pero con la beca Erasmus no conseguíamos llegar a fin de semana. Nos quedaban tantas ecuaciones por resolver antes de un salario que decidimos coger el camino rápido.

Todo empezó un martes cualquiera en el bar de abajo. Durante ese punto de inflexión de la última canción y me voy, la casualidad trajo a un grupo de Erasmus italianos, entre los que se encontraban Ivan Cichetti, Emanuele Malvaso, Francesco Bentivegna, y una francesa cuyo nombre no puedo acordarme que les hacía de cobertura con la ciudad.

Aunque este tipo de trabajos por la ley del chivato es mas profesional hacerlos solo, poco a poco iba reuniendo a los que necesitaba para el pillaje. Como con el francés Erasmus nunca acabas de entenderte del todo, decidí completar mi equipo con Marisa Linde, Ana López y Cruz Orti, de la España profunda.

Había que pulir los detalles de este robo poco romántico en un lugar tranquilo, e Ivan Cichetti consiguió meternos en una fiesta Ibizenca como previo al saqueo. El resto de la confabulación se reserva el secreto profesional.

Los investigadores tasaron la fortuna robada en 500 millones de euros. Ahora ya podemos comprarnos la casa de nuestros sueños o quemar embrague con el coche rojo en los semáforos de Champs Elysees, todo ello con la rubia explosiva como complemento.

Sin embargo, finalmente decidimos abandonar los cuadros al lado del río. Preferimos la morena convencional, dejarlo en una anécdota mas que contar al resto en el comedor del Crous y seguir con las ecuaciones.

No cambiamos por nada ser unos Erasmus en París, y poder volver a casa con las manos vacías cuando la noche ya es mañana.

roboblogblanco-y-negro.JPG

http://www.laopinioncoruna.es/cultura/2010/05/21/cultura-robo-artistico-siglo/386610.html

De repente me vi rodeado de papeles  y subrayando, estaba hasta tecleando la calculadora, sudando una gota fría encima del diccionario. De nuevo descifrando la letra de la chinita de la primera fila, que se le cierran mas los ojos cada vez que vengo a pedirle los apuntes.

Después de los primeros cuarenta minutos conseguí resolver la fórmula clave. Número de temas partido por el número de horas, que  entre comer y perseguir moscas por la habitación dejaban mi denominador por los suelos. Teniendo en cuenta  la variable aleatoria de mi capacidad de estudio, en relación inversamente proporcional a las veces que he terminado por los suelos en una fiesta Erasmus.

Empecé a madrugar, que es como se hacen estas cosas me parece.  Esto y ocho meses con una francesa que no duerme, estaban consumiendo lo poco de español y parte de gallego que me quedaba.

Al parecer no tenía mucho tiempo; ya no sabía qué hacer, no se oía “el venao” desde la ducha porque sólo cantaba el tema cuatro de industrial y la desesperación me había llevado hasta límites insospechados, estaba subrayando en colores.

Tras la primera tanda, salí de los exámenes satisfecho y aturdido. Allí estaba Soufian, una mezcla entre un sueco, un marroquí y el che Guevara. El tipo de persona que a primera vista tu madre no te dejaría bajar mucho con él a jugar al patio. Soufian habla seis idiomas y siete dialectos árabes, de noche es chef de cocina y de día el primero de clase; recoge los papeles del suelo y es el único de la facultad que saluda a los de seguridad con un abrazo. El médico le ha dicho que es demasiado social, y me invita al local de su asociación, algo que se lleva mucho en las universidades francesas, no sé exactamente si por política estudiantil o por tener un sitio donde fumar porros dentro del campus.

En el local había un perfecto desorden de libros escritos con la izquierda, estudiantes  y folletos.  Después de cuatro chistes, de los que entendí dos y medio, ya tenía papeles en la mano y estaba invitado a una manifestación a las ocho de la mañana. Pero por esta semana como estudiante, con lo de subrayar en colores había sido suficiente.

Cuando Soufian vuelve a Casablanca sus amigos le preguntan con admiración por Francia y su ciudad prometida, pero les dice que no se confundan: París es una mujer con un bonito vestido por encima que no es precisamente de Zara, pero por debajo, en el metro sólo sonríen los mariquitas y los locos.

Hablemos de mujeres, y ya que estamos aquí por poco tiempo, seamos locos.

seamos-locos.jpg

La hija de la panadera

Seré breve. Bajé a hacer la compra diaria incapaz de calcular una semanal, en el comer como en la cama no hay medidas establecidas. Al grano y entre ofertas todavía a precios de agosto, cogí la leche, y como la última vez acabé vomitando en la cocina por una deglución apresurada con un mes de retraso, comprobé la fecha de caducidad: exactamente la misma del primer examen. Un aviso un tanto sospechoso y peor trago que el primero.

Creo recordar que para estudiar había que sentarse. Entonces se debería  guardar la guitarra en el armario, a tu novia donde quepa, tabicar la nevera con el móvil dentro, y ya puedes mirar a Keynes fijamente a los ojos. Sin embargo te aprendes los grupos mas recientes de facebook de memoria, tres canciones, haces un picnic en el canal de la Villette, se te meten diez gabachos a beber sangría en tu habitación y acabas bailando “el tiburón se la llevó se la llevó”.

Cuando trato de hacer algo gratis y productivo como dormir, me despierta una pierna que no es la mía, o una llamada tonta de mi hermano en el punto muerto entre los pubs del Orzán y el Playa Club. De día trato de volver a centrarme. Entre ecuación y ecuación, bajo dos veces a comprar el pan, pues últimamente, desde que la hija de la panadera escoge con cariño las baguettes recién hechas y me pone ojitos encima del cambio, aunque no sea ninguna Bardot, estoy comiendo mas de bocata.

Déjame estudiar París, aunque sea un poco. Voy a cerrar las cortinas para que no me despisten las primaveras de la vecina, después tendré tiempo para no responder de mí mismo, y el día que me vaya, cuando deje de comprar baguettes y cierre la puerta por fuera fingiendo ir a por tabaco, te prometo que no volveré nunca más.

Que mas da, no es el lugar lo que se añora, sino lo que era cuando estabas en él.

la-hija-de-la-panadera.jpg

Estás como una vaca

Se me ha ido de las manos la expectativa, pero alguien no me deja escribir si no me apetece. Lo cierto es que me quedé enmarañado en una manta escuchando Ottis Redding o viendo como mis conocidos se hacían fan de cualquier señora.

Antes de que llegase a este punto en el que decido acabar con la racha, antes de verme en un avión de vuelta Madrid París acordándome de las vacas gallegas y contarlo, me adelantó la primavera por la izquierda. Subieron las temperaturas que ya anunciaban los árboles del Sena vistiéndose de verde y la vecina de enfrente remangándose la falda, fumando a pierna cruzada en su terraza.

Para celebrar el falaz sol de abril, mientras un grupo de amigotes islandeses tiraban algo a un volcán a ver qué pasaba, invité a los míos de Coruña a tomar una cerveza en los bares de Oberkampf para hablar de lo que fue y presentar a los que son. Pero uno de ellos sufrió causas mayores; otro menores, pues es bien sabido entre amigos que tiran mas dos tetas que dos carretas; y a etcétera se le hizo tarde para coger ofertas. Casi a caballo, sólo llegó el italiano.

Trazamos el camino de su visita en el bajo de la International. Cogimos el último metro con unas 1664 hacia Chatelet e hicimos tiempo a la noche siguiendo la ruta fácil para despachar el centro de París, que pone en línea el Louvre con los campos Elíseos, el arco del triunfo y la Defénse. Casi en perpendicular con las cuadras de mi vecina, una obra de arte en mi aldea y alrededores de mediados de los noventa. Con esas coordenadas nos anclamos en un muelle cerca de Concorde para buscar sirenas, a un paso de llegar a alguna conclusión, y a un trago de caernos al río.

Al no sacar profundas consecuencias, tuve que esperar a que acabásemos el tabaco, dejar mi visita italiana de vuelta en Gare du Nord hacia Inglaterra,  otra vez de fumar y que se apagase el volcán para poder hacer la bragaza del año y marcarme un viaje de pareja Madrid ciudad de vacaciones.

Qué bien estabas callada capital. Pero se ve que a estos franceses también les gustan las tapas, los indios ya sabían que ellas deciden, y en cualquier caso no se deben rechazar invitaciones para dormir en un pequeño apartamento de dos en dos, sofá cama y colchoneta de playa, donde no es sencillo encontrar el momento para cagar las croquetas de la calle mayor.

Entre un italiano y una francesa debatiendo en castellano moderno, otros dos gabachos cantando la macarena, cerca de un danés al grito de “Adoro este país!” a las 6 de la mañana en la calle San Vicente Ferrer y durante este vuelo Madrid-París: me acuerdo de las vacas de Pilar, las únicas que entendían su gallego cerrado, y lo bien que estarán ahora durmiendo sobre campos de comida casera, evacuando por doquier.

iria1.jpg

Dos

Era cuando vivíamos por La Coruña de cuatro en cuatro en pisos de estudiantes, y todos volvíamos el fin de semana a casa para rellenar los tupperwares.

Entonces te levantabas el jueves para ir a la facultad o algo parecido, cuando apenas quedaban un par de tapers, y en la cocina prometíamos, además de amor eterno a la vecina del segundo, que “este jueves no, este jueves sí que no salimos”.

Luego estudiábamos con las puertas abiertas, por si alguno sufría un  paro cardiorrespiratiorio. Entre vectores y matrices, le ponía a mi compañero Jose las canciones  que siempre suenan cuando estás meando en el baño o besando a alguien; en tales circunstancias, apurabas las últimas gotas o guardabas la lengua, y te subías en una tarima abrazado a un amigo por un lado, al que recoge los vasos por el otro y a los hombros de algún desconocido, como si hubiésemos ganado una liga de octava regional de las fiestas de un pueblo de Ourense. En este caso, por lo pronto acabábamos bailando en el pasillo.

Cuando la noche ya era mañana llegaba el viernes, el domingo de los estudiantes. Las señoras te veían pasar destrozado, pero pensaban que habrías madrugado o cualquiera de esas cosas que piensan las señoras. Los niños subían al autobús, empezabas a ver un poco mas lejos cuando tu madre te dejaba en la ruta del colegio. Y llegaba el momento: hacías tu mochila, cogías tus tapers vacíos, apretabas los ojos delante del volante y volvías al pueblo, a comer vaca como una vaca y a dormir como un cerdo.

Pero en una de las cabezadas contra el cristal volví a la realidad. Estaba en la parte de atrás de un Renault blanco rodeado de gabachos, uno de esos coches con matrícula amarilla que se ven por la costa brava de vez en cuando. Volvíamos de una noche en las afueras, y fue cuando supe que algo no iba bien en mis muelas, que tenía un problema, además de que era domingo y mañana festivo, eso de ahí delante no era precisamente mi pueblo.

Una vez en París, ahora sí que quería volver al momento en que mi madre me ponía en la ruta, en el oculista, el dentista y todas esas situaciones en manos de profesionales. El primer día me mandaron de vuelta a casa agarrado a mis mejillas, por la ley de que a partir de las 6 en Francia despacha otro, Jean François por ejemplo. Con el segundo intento al cuarto piso, de ahí unos días mas tarde al segundo, y viceversa. Hasta que por fin conseguí una foto diapositiva de mis dientes por veintisiete euros, que casi cuelgo en facebook.

Siempre llamo al 112, a una mujer o a mi madre en caso de urgencia, por lo que marqué a mi novia que sabe algo mas de francés, y le pregunté sin mirarla a los ojos, que significaba esa palabra que me dijo Madame Dentista, la única palabra que ningún estudiante extranjero quiere aprender. Pero como la historia y mi madre nos han enseñado que un hombre no debería fiarse, verifiqué asimismo la información con profesionales, y tecleé en Google Traduction “ muela del juicio”. Ahí estaba, lo que me había dicho mi novia, la dentista y por poco el 112.

Ya en mi cama, después del momento en que se me olvida que estoy en dos listas de espera con la muela inclinada como la torre de Pisa, ella aparta las persianas y abre la ventana aunque sea  ya casi la una. Así me doy cuenta de la distancia comprendida entre las tenazas de mi dentista y esta muela, de los primeros días con esta noche, y de las aceras que todavía hacen ruido hasta las cunetas de mi pueblo. Corre el aire entre cada par y el cielo está naranja, como si hubiese fuego debajo.

aaaaaaaaaaaaaaaa.jpg

Mind the Gap

Llegué a la ciudad dando una vuelta sobre mí mismo, volviendo para buscar algo que había olvidado la última vez. Caí directamente desde el borde de la cama al centro de Londres.

Una vez en la estación de St.Pancras no tenía dudas por donde debía empezar, y entonces comencé a abrir las puertas una a una: - sucio, tapa rota, no hay papel, ocupado, no hay papel suficiente, este-. A partir de ahí, en pie y cogiendo aire para rellenar el hueco que había dejado libre, con el ruido de la cadena de fondo agarré la mochila por las asas y me puse en marcha con la motivación en los vaqueros.

Aunque García Márquez escribiese que el pasado no tiene caminos de vuelta, esta mañana debía buscar dos haciendo un par de trasbordos en el metro: el primero me llevaría a ver las escenas perdidas, cuando limpiaba vasos en un bar de Berkleys Square o besaba a desconocidas en Picadilly, ese tipo de cosas que se hacen cuando te deja tu novia; el segundo a recoger a un italiano que llegaba sobre las once y cuarto a Victoria Station dependiendo del tráfico.

Todavía conservaba mi tarjeta Oyster con 0,40, que no me daba ni para volver al baño. Ya en el “tube”, como llaman al metro con la razón que no les falta, volví a ver sus caras apagadas. Decidí pasarme por la puerta del Bowden Court , el hostel con un par de noches para recordar, donde el guardia de seguridad y las chinches no tenían ninguna piedad en echarte a la mínima, y todavía se podía escuchar  las conversaciones que querían cambiar el mundo  o simplemente elegir un bar para esa noche. Me volvieron a vender en la Arancina los buenos momentos, la lasaña, la moto y el pollo que aportaban las suficientes proteínas para aguantar el resto del día detrás de una barra; esta vez solamente para llegar desde Hyde Park hasta Victoria.

Allí me encontró mi amigo italiano Alessio, que tuvo que buscar a un gallego durmiendo en un banco. El resto fue cosa de reírse, soluciones en Berwick street, Berlusconi y los pies muy mojados.

Durante la búsqueda, la precoz noche de Londres nos puso donde Jesús perdió el metro. Brindando en cualquier otra parte encima de platos de tortilla española, y ni ellas ni nosotros sabíamos exactamente que nos había llevado hasta su casa. El caso es que allí pudimos darnos una ducha y dejarnos remolcar por la situación hasta su extremo guardando las distancias, que cerraba en una fiesta de los años ochenta con una pista de colores, para darnos cuenta que por lo menos todavía seguimos en el mercado hasta que nos echen los de seguridad. La madrugada nos encontró perdidos, en nuestro mejor momento.

Arrastrando el cuerpo por Portobello al día siguiente, como eramos pocos, parió la abuela de un italiano y aparecieron cuatro mas; por la noche sacudiendo la lluvia, una brasileña y una alemana sin billete de vuelta, que bailan seis días a la semana en TigerTiger antes de ir a trabajar ocho horas en Zara. Hablando cerca con una de ellas me pareció ver que llevaba en sus ojos la mirada de la ciudad, pero cuando descubres una solución de este tipo, sólo consigues tropezar con mas preguntas.

Pocas horas mas tarde y a pesar de todo,  el reflejo dormido sonríe en el paisaje sobre raíles de vuelta a París. En realidad no me había olvidado nada, por lo que es la última vez que no guardo la distancia con los lugares en los que ya he estado, y  ya lo sabía mi abuelo y los indios.

Fue en el andén de Gare du Nord, cuando Chiara me explicó que hacen Londres y París tan llenas de gente. Pues dicen que la lluvia ayuda a los que están tristes, así pueden seguir caminando sin que nadie se dé cuenta de sus lágrimas.

mind-the-gap-blogblog.jpg