Seis mujeres

Entonces decidí no casarme.

Los recuerdos de mi infancia se rodean de primas por los pasillos de la abuela. Mis tías, desde un porche de verano, badajeaban que de ahí no podía salir nada bueno. Ahora que a mis amigos y a mí nos gustan las mujeres mas que los coches, pensamos que de la visita de mi prima mayor con cinco amigas no podría salir nada malo.

Seis mujeres con seis maletas. Las estadísticas dicen que al menos dos tienen la regla.

Redondeando por lo bajo, los expertos aseguran que cada una necesita  sesenta minutos para “estar lista”. A la velocidad de seis por hora en el circuito cerrado de un solo baño, ni Alonso sabría como escaparse de esta.

Cuando cae la noche en París las ecuaciones se complican, mas aún si se trata de un boliche Erasmus, donde por la ley de Stereotipos tocan a doscientos buitres por cabeza que persiguen como argentinos. Siguiendo los cálculos de un grupo de españolas dispuestas a saltarse las leyes, a una de ellas la echan a la calle con la mitad del cuarto cigarro en la boca. Arrastrada desde mitad de la pista, nadie cuenta con que termine abofeteando al gorila mientras sus compañeros de puerta se descojonan de él, o que la policía esté a punto de empezar la jornada antes de tiempo por algún percance con importancia en el primer metro.

Unos días antes de su llegada, todavía con la conciencia tranquila, empezaba la semana y la mañana en un salón cualquiera, con el último recuerdo de unos macarrones mal aliñados. Tuve que salir a la calle para preguntarme donde estaba o encontrar algún mapa. Perdido en la ciudad llamé a una francesa para situarme, y lo único que conseguí sacarle fue que ese día tampoco dormiría por veinticuatro razones.

Así fue, que las últimas noches fue complicado hasta contar ovejas. Ya instaladas, después de las dos siguientes como sardinas en lata y llegando a conciliar el sueño por la única razón de la falta de oxígeno, le entregué las llaves a mi prima sin condiciones; y asumiendo el riesgo de que cualquier Erasmus me deje la cara con mas pintura que un pasillo del Louvre, me fui a dormir a otro salón cualquiera.

Pero no todo fueron pelos largos, tampones y toallitas desmaquillantes piel seca-sensible en los lugares mas recónditos. El terremoto de grado seis en la escala Richter, además de desplazar el estudio unos tres metros, dejó el recuerdo de unos días tan fuera de lugar como divertidos, la nevera llena y el baño mas brillante que la cocina de Don Limpio.

Ahora, en la tranquilidad de una calle inclinada de Montmartre, con el café de su barrio entre las manos y siguiendo mis conversaciones paralelas: cavilo cuánto admiro al que sabe vivir sin mujeres, pero también al que consigue vivir con ellas.

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Hasta pronto !

Sexo en París

Sólo imaginar la expresión de mi abuela ha merecido la pena del título.

Todo empezó en un cine independiente, de esos que no ponen palomitas, cuando Brigitte Bardot envuelta  en una sábana blanca, sentada sobre un piano de cola, puso sus dos piernas en los hombros de Gainsbourg y los ojos en ninguna parte. El tocaba con largos dedos… cualquier acorde sonaría bien.

Esa mañana en alguna clase, leía en el periódico que seis de cada diez hombres con canas y anillo no hacen ascos a un flirteo en el parque mientras su hijo está a punto de necesitar entre seis y diez puntos en la cabeza o ahogarse en la fuente. Por cualquiera de las tres su mujer apretaría el cuello con la misma fuerza.

El caso es que mas tarde y al fondo, un poco mas al fondo del matrimonio que teníamos delante con una mano en la pierna de su señora y la vista en las de otra, un poco mas todavía que la pantalla y la voz ácida de Serge en la entrepierna  de Bardot: un ventanal tan atractivo como la rubia muestra una panorámica de esta ciudad, a la que por accidente nos hemos malacostumbrado.

Salimos corriendo del cine, antes de que el viento procedente directamente desde Siberia haga que hasta Brigitte se tape. Seas el tipo de Erasmus que seas, cuando doblas las esquinas que has visto en el cine, las noches cogen aires de película, aunque no sea Brigitte otra vez quien te espere en un ático de doscientos metros cuadrados, o desde tu habitación no puedas escupirle al monaguillo de Notre Damm.

Así es como me di cuenta, de perdidos al río y en el meollo de mi pelicula, por las calles que suenan a acordeón; parándonos por el frío en las salidas de aire caliente del metro, que huele a mierda, de vagón en vagón; comiendo la mierda que sabe a gloria; que a pesar de lo que nos contaron en el colegio, ser joven es suficiente razón para salir de tu habitación, aunque sea a un cine independiente sin palomitas o haga un frío de cojones, y acostarte todas las noches con esta ciudad,conectada por puentes, llena de hoteles llenos por el amor y sus excesos, de bares a rebosar por la ausencia de este.

Y si bien en ningún lado se pilla mas que en mi pueblo, pues “ou foden todos, ou a puta ó río”, las calles de París se hinchan de historias que cuentan amigos, a los amigos de mis amigos. Y mi habitación, además de horquillas y trozos de pizza debajo de la cama, de recuerdos y canciones del viejo canalla.

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Santo Domingo

Por la calle de las damas, la primera de América, desfilaba la esposa de Diego Colón acompañada de treinta mujeres. Ahora lo hacen mas por las perpendiculares, entre tantas terrazas y sin ella. Suben las temperaturas rozando los treinta y uno en la capital de la República Dominicana, que algún amigo llamaría Santas Domingas.

Escasea la prisa que corre por los fingers europeos. La humedad modera el movimiento y el escenario no se aleja mucho de un anuncio de Malibu. En los caminos del Nuevo Mundo faltan las farolas que le sobran a París y en cualquier momento va a adelantarnos la rueda trasera de la furgoneta si cogemos otro bache.

Haciendo un breve repaso entre cuentos locos de locales y la wikipedia, fue Bartolomé Colón quien fundó la ciudad al este del río Ozama, hasta que una tormenta perfecta peinó la zona sin raya. Entonces decidieron cambiarse al otro lado de la rivera. Llegó el pirata Drake con sus compinches ingleses y sin pata de palo, mas tarde los franceses por el oeste. Perdimos todo como de costumbre histórica. Los haitianos invaden la isla entera, hasta que el 27 de febrero de 1844 estos dominicanos consiguen la independencia. Y exactamente 166 años mas tarde, a partir del segundo ron cola, mi padre empieza a narrarme historias de abuelo, cuando vivió aquí con el mío, acentuando la justa nostalgia. El pueblo no ha dejado de bailotear desde entonces y hasta ese momento.

Dejando el otro mundo atrás y unos días antes en La Coruña, por las calles de la Plaza de Pontevedra se acercan las damas a un piso de estudiantes los miércoles cualquiera, baja la vecina y sube la policía. El mar se mueve mucho pero sigue en su sitio. Un par de días fueron suficientes  para alimentarme por los meses que quedan, o ver a los de siempre igual que siempre.

Hoy por las calles de París siguen corriendo las baguettes agarradas a las damas. El alumbrado deslumbra la ciudad de la luz por la noche, de día con el reflejo del sol frío en las paredes, y  el café mas caro se bebe rápido. Las grandes ciudades de la vieja Europa se llenan de jóvenes que persiguen o escapan. No se ve a los viejos disfrutando de la calle, ni al resto bailando en las aceras.

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Erasmus terminal

En la semana menos apropiada para escapar del país, graba la televisión local caras de perro por la huelga de aviación civil francesa. Sentado con la tensión de un enlace a Santiago que ya he perdido, en la recámara de seis días y seis aviones que me faltan por coger.

Sabiendo que no quedaba nada pendiente, a partir de la tercera pinta entre dos francesas y de firmar su bandera para despedir a Phillipp, el alemán con el que compuse mis primeras frases hechas, esta mañana me rasqué los huevos y los bolsillos para no olvidarme de nada. Dejé bien pintada la cara de las amigas que se quedan dormidas después de fiestas justas de hielo pero sobradas de buen ritmo, escuchando dos guitarras o conversaciones con vaso.

Empezaron los días con compañía y el mejor despertar para un hombre Erasmus dormido. Acabé rodeado de los que me fui cruzando, desafinando a coro los cuatro acordes de Hit the road Jack hasta que abrieron los primeros metros y se nos cerraban los ojos.

Antes de irme también, las cosas que te llevan a otras me pusieron los domingos a última hora hablando con Bertrand, que aunque duerme en la calle, se acerca con una sonrisa sincera a aceptar nuestro café, comentar que la semana ha pasado bien y preguntarnos por la nuestra. Le sugiero que me visite cuando regrese definitivamente a España, y espero conocer algún día mejor Camerún tras habernos entendido.

Haciendo la mochila y la escala inevitable por mi desfavorecida capital donde me encuentro ahora atrapado, al primer destino me llevo la sorpresa, camisetas sucias y el estómago tan dispuesto como vacío; al segundo una cámara de fotos y unos pantalones cortos.

No hay mejor momento para hacer amigos que compartiendo retrasos en un aeropuerto. Así es como conozco a Juliette, Aurélia y Benjamin, que eligieron Barcelona en sus vacaciones como la mayoría de jóvenes franceses, y el peor día para viajar como yo. Y como de las malas situaciones también se sacan buenas consecuencias, intercambiamos los números para celebrar esta huelga a la vuelta.

Aquí termina el nudo de estas páginas, desde el Wei, pasando por un salón de Montmartre hasta encima de un escritorio. A la vuelta, con escala en cuatro aeropuertos, sólo quedará por escribirse una semana fuera de lugar y el desenlace de esta historia, desde el primer avión de Coruña a París, haciendo la huelga a todo por un año.

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Se lleva en la sangre

 Parece que hemos sobrevivido. Mi hermano da la espalda a una caja de pizza y a París, que asoma con miedo por la ventana. Hoy, su último día me huele a victoria y a comida rápida tirados sobre la cama, y si bien no hayamos pasado ni por la torre Eiffel, creo que le he enseñado todo.

Repaso los apuntes antes de que no me deje tiempo. Llega tan impasible como siempre, porque todo le es indiferente, siempre con alguna lección y mas canciones, esta vez Kurt le pregunta a su novia donde ha dormido la última noche. En el RER desde el aeropuerto le doy las primeras indicaciones: atención al bajar del metro, y al subir mujeres de noche.

 Aunque no me vaya a sorprender con novedades, le pregunto cómo se vive en el piso mas perturbado de la plaza de Pontevedra, y pese a que no me preste atención, voy narrándole donde compro el pan porque me sonríe la dependienta, la carne que mejor sabe de la calle con la salsa de humor que le pone el carnicero, y la camarera de Chez Justine por ser la única que me vio estudiar. Para aplaudir mi arrebato le invito a un crepe jambon fromage, que no es poco, y así puedo enseñarle lo que no debe comer si vuelve tarde a casa.

Para tirarlo del nido le suelto  en medio del Erasmus bajando las escaleras de Back Up. Parece que no hace estragos del todo, y el resto se persiguen como locos, porque esta noche entre otras, han salido pocas para quedarse con sus amigas. Creo que llegando se vio la torre Eiffel al fondo, no estoy seguro si a la vuelta también, porque los dos nos dormimos en el segundo metro de la mañana.

Al día siguiente conoce a la francesa que se lleva las horas de mi año Erasmus. En el local de una asociación de su universidad acepta un vaso y brindamos; le miro, y le digo que no se preocupe, que yo también me pregunto a veces que pinto aquí, brindando con franceses. Para mas inri, nos subimos a un autobús repleto, viajamos mas lejos de lo que había pensado. Y después de perder el norte un par de días, dos mecheros naranjas y un guante,  el arco del triunfo se hace mas grande caminando por av.foch a las cuatro y media am de vuelta  a casa. En pocas horas le dejo durmiendo, me voy a clase, y esta mañana se me olvida como se llamaban mis compañeros.

Repasos, café y apuntes por el día, porque la International no va a fallarme ninguna noche, como cualquier lunes por ejemplo. Sabía que estas guitarras iban a conseguir seducirle, poniendo difícil el entorno desprendido del martes en Duplex, que deja el ambiente incierto por un beso en la mejilla y mujeres en tarimas, bailando Sexy Bitch poco antes de mi examen.

Con la calculadora de los chinos en las últimas y yo en las siguientes, llegaron las respuestas que necesitaba cuadrando el balance del examen. Ahora todo huele bien  porque el tiempo pasó raudo y eficaz, porque hay restos de comida rápida entre las sábanas y se ve París por la ventana, sobre todo porque volveremos a contarnos esta semana algún día, en cualquier bar de La Coruña.

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Perdona por tardar en contestar mamá, pero he estado perdido en la ciudad, dando cabezadas en el noctilien y corriendo por los pasillos de la facultad. Cuando quería sentarme en la silla, los días pasaban tan rápido que la apartaban  como en las bromas del colegio, caía sobre la cama y perdía las horas y todos los papeles, a veces sólo.

Sigo leyendo el libro que me dejaste cuando no me apetece el día o el trayecto de metro es muy largo, por el resto atiendo a las posibilidades de la ciudad a ritmo de algunas canciones de Lou Red que me pasó Guillo, sino estaba en clase despistándome o durmiendo en el suelo de algún salón después de una fiesta de disfraces.

Siempre por el lado salvaje del río, el año Erasmus, además de las posibilidades de una cama y un máster en papeleo, te enseña a estar sólo y acompañado, sobre todo a conocer a los desconocidos. Lo sé cuando el alemán Philipp dice que nos echará de menos, en un bar de Mouffetard agarrado a un vaso, hablando de la fiesta de la música, París o Sudamérica con el vecino francés de Lourdes mientras para ella pasaban los años. O después de cargar mi horario desarmado, que decidí pasarme por el local de relaciones internacionales para ver a los nuevos. Miraban con ojos de gato sin dejar escapar detalles de cualquier explicación, tan atentos como perdidos, en su mejor momento y sin saberlo. Así volvía cuando para mi terminaba el día, por el interminable itinerario a casa, con la agenda multiplicada de apellidos raros o la cabeza llena de pájaros, y esta vez no me apeteció coger tu libro.

El fin de semana me di cuenta que echaré de menos a esos que el próximo año sólo veré en un par de eventos puntuales que te envía alguien por facebook. Porque empiezan a ser como esas amistades que se hacen en la mili, en los recreos del colegio o campamentos de verano, por la ley del roce y la experiencia. Ve preparando un buen menú porque quiero invitarles a todos a casa este verano.

No te hice mucho caso, y sigo con la chica francesa, pues tenía que seguir indagando en cuestiones locales. Mas divertida que cualquiera y tan inteligente como peligrosa, para no perder el riesgo de la situación. Esta noche viene a cenar, por suerte hoy he recibido tu libro de recetas, y espero que  evolucione pronto mi arte culinario, antes de que se canse de mis espaguetis,  sino lo hace de mi acento o mi afición a no estresarme ni por el futuro mas próximo. Pero no te preocupes mamá, porque no quiero catorce de febreros, ni París nublado o tener vecinos franceses. Volveré a casa.

También he recibido tu carta y las fotos, pero tuve que guardarlas rápido no vaya a ser que me puedan dos recuerdos. Quizás sean estas las mejores alturas para una buena vista de París, porque todavía queda tiempo para mear a los barcos desde Pont des Arts, hacer la conga en un piso de estudiantes o quedarse dormido en todos los noctilien de martes a domingo pasando por Champs Elysees. Está comprobado que cuando llegue el final caeremos todos al vacío desde la torre Eiffel con el empujón de las últimas despedidas.

El jueves viene Guillo a visitarme, sólo espero que llenes bien la mochila de tu hijo pequeño con queso de Manuela, jamón del tío Santi, ensaladilla del chiringuito de Jose, calzoncillos sin romper y libros por todos los metros que me quedan por coger. Habla también con mis amigos si puedes, diles que le den esos consejos que tú no deberías oír, o un mechero para quemar esta ciudad.

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Me paso el examen con Federico, el Erasmus italiano que tengo delante. Su paisano Ivan hace dibujitos, de vez en cuando copia los resultados desde mi derecha. Hacia abajo en diagonal una francesa rebosa inteligencia, y levantando el culo unos centímetros puedo completar la parte de test. Con los repasos en la cafetería Chez Justine, una calculadora de los chinos con sonido, un poco de aquí y un poco de allí, acabo el último examen escribiendo Erasmus como titular de portada. Subrayo, subrayo, y me marcho dispuesto a encontrar el desastre que este término implica.

Empezamos con pasta sin aliñar de primero y nada de segundo. El martes, todo vale en el amor, la guerra, y el plan de acción de la comunidad europea para la movilidad de estudiantes universitarios. Algún vecino se plantea tirarse por la ventana, otro baja por las escaleras a gritar en francés, pero apoyados en el marco de la puerta, no entendemos el acento porque no queremos. El afecto a la imprudencia por un año dispar baila en las plataformas, ves el Erasmus paseando por la pista, y hay ofertas dos por uno en las barras fomentando la cohesión entre las nuevas generaciones Europeas. Corro de madrugada por Chatelet y cuando pierdo el Noctilien 96 en medio de París, apoyado en mis rodillas levanto la cabeza, puedo ver a Erasmo de Rotterdam caminando por rue Rivoli, probablemente le echaron de Duplex esta noche.

A la mañana siguiente arrastro 45 kilos de salsa para contestar al despertador sin decirle mentiras. Debuta L´auberge espagnole, el equipo de futbol Erasmus equipados con una 1664 en el palo de la portería y resaca por las bandas. Poco pudieron hacer siete franceses del club de matemáticas para que tengamos otra excusa que celebrar.

En la fiesta de Lourdes no hay sorpresas, las conversaciones especiales se fuman en la cocina y podemos comprobar  que se ha acabado el vino por la cara de los franceses. Un grupo de españoles con las escopetas cargadas iniciamos la expedición para cazar bares perdidos en  las calles que nos miran como forasteros. Después de bailar con las celebridades del barrio, seis, Erasmo y yo, cantamos la raja de tu falda desde mi ventana. A las siete de la mañana sentados en la moqueta, el equilibrio es imposible para unos piratas la noche del miércoles, y aunque Cheve diga lo contrario, muchos saben que el orgasmus no eran los padres.

Tres horas mas tarde y de sueño me dejan en calzoncillos sobre la cama de un apartamento con un piano en el salón. Y mientras ella estudia para no descuidar el futuro de Francia, yo remarco nuestra reputación entre dos almohadas. Con el buen sabor de la derrota en los labios, hecho un desastre, batido en una habitación de Montmartre, paralela a la realidad y muy lejos de tu barrio, sin perder el buen ritmo del programa Erasmus.

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Película L´auberge espagnole

Noir Désir Erasmus

Ya  lo advertía mi madre cuando salía por la puerta de casa con las maletas,

- cuidado con las francesas hijo.

 Pero acostumbrado a una infancia gallega con muchas borrascas, preste la atención del que oye llover.

Caminando con los pies mojados por el jardín de Luxemburgo  por llevar las zapatillas con agujeros que tantas veces intentó tirar a la basura, le voy contando a la francesa cosas de Erasmus. Le detallo la facilidad con la que una fiesta de  españoles  puede destrozar una casa, parte del rellano y algunas caras, o cuanto tiempo llevo fregando platos con restos de espaguetis.

Un poco mas adelante el cielo sigue gris, el sombrero que nunca se quita la ciudad, y sin embargo, es difícil imaginar un paisaje mejor.

Dios los cría y Lourdes nos junta, habrá que tomar café barato con ella si pasamos por el Pantheon. Parece mentira siendo Erasmus, pero la interceptamos de camino a la biblioteca. Mientras hablábamos de palabras clave francesas, la diferencia entre b y v , o recapitulamos lo que ya podríamos considerar viejas historias, voy haciendo cuentas en la cabeza, pues hasta ahora el viento ha soplado de popa.

Continuamos otra vez solos por rue Mouffetard siempre a la deriva, con parada obligatoria en los mejores crepes del Petit Grec, buscando los negros caprichos por la misma calle del pistoletazo de salida Erasmus haciendo de toro el día de San Fermín. A tres trasbordos naufragamos en casa a ritmo de Van Morrison y la chica de los ojos marrones. Ahora explico como de rico estaba el queso de las vacas de mis vecinos o me aclara canciones de Noir Desir después de tomar el postre y antes de cenar. 

El resto lo pone París, y la tilde el mal acento.

No son necesarios cuatro mojitos  para hacer de Travolta en el bar de la esquina, solo necesito saber repasando estadística que aún no aprendí las lecciones de mi madre, que todavía estamos bailando en una ciudad de locos. Y por todo lo demás, “le vent nous portera”.

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Un suçon de París

 Se movía provocando, apretaba los dientes detrás del micrófono y rayaba su pelo con los dedos. Intrigándonos a todos, soltando la melena de todas. Llevaba un tatuaje, besaba al guitarrista, sonreía al batería y cantaba una garra que desgarraba el bar. Un guiño al público bailaba esta noche, bailaba el espíritu de International bar.

Poco antes de conocer este lugar daba el último repaso en Chez Justine, la añosa cafetería, primicia como biblioteca. Y un café au lait caliente sin pedir nada por entrar para quedarme un par de veces al día.

Estamos en una época para decir no a los planes y en tiempos dulces para ir contra las reglas, por lo que aceptamos las noches como animal de compañía. Buscando las llaves de la ciudad rodeamos las mesas de madera, con un descuidado juicio en los bares mas agrios del quartier.

Doblando la esquina de mi calle, en el International solo se quedan los altavoces a dormir después de que pasen por el bajo los grupos que no suenan en la radio, el ambiente rebuscado francés va rotando como los músicos, vuelves a tu casa con tres nuevas melodías y cerveza en la barriga. Esta noche me acuesto con el ambiente del International, por lo menos esta vez seguro de que mañana volverá a llamarme.

Al día siguiente, pelando patatas como un soldado español castigado para una francesa,  mirando por la ventana, me ví en lo mas alto que podía darme una ciudad que solo deja moverte en los extremos. Caminando por una cuerda tan frágil como comer fondue en algún bar de St Michel, pues cuando estas apunto de saborearlo todo, este se descuelga y vuelve a hundirse en el queso fundido, cayendo sobre el suelo frío del carácter de una mujer. Es por eso que vuelvo en noctilien pensando en pasarme mas por la International para perder  la parte de mi personalidad que le da demasiada importancia a como ha salido la tortilla de patata, o que habrán cenado hoy en casa.

La marca que le pueda dejar a París en el cuello se borra como arena de orilla o con dentífrico. Pero la que va a dejarme a mi va a necesitar muchas horas de mar en La Coruña, sabiendo que es París lo que se nos está yendo de las manos.

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Gainsbarre por la línea 2

 Si has cerrado el último bar Erasmus o la mayoría desde hace unos meses, tienes un problema. Cuando te ha dejado los apuntes la chinita de la primera fila y quedan un par de días para el examen, entonces tienes otro problema. Descendiendo por las hojas sin pararme en detalles, se van cerrando las paredes como  en una trampa. No puedo evitar irme por las ramas, pensar cualquier otro plan B o escaparme por la línea dos. 

Subiendo hasta el final de la calle Oberkampf, escondido en los cuellos de una chaqueta francesa porque las camareras comentan con su cigarro que no se recuerda tanto frío, puedes entrar en Ménilmontant a la línea azul que peina la rive droite de París por la mitad en un imperfecto semicírculo. Una de las pocas que te deja respirar por fuera para que sepas en la ciudad que estás, y te vuelve a enterrar para que te lo pienses mejor. Esperando en el andén, puedes ver debajo de la brocha del chino agarrando un cubo como Google no se conforma, o se estrena el día veinte la película de Gainsbourg, que resonó en mi habitación durante los mejores momentos que puede darte una ciudad sucia.

 Durante las primeras paradas repaso lo reciente, la primera cerveza de ayer en un pequeño bar de Montmartre, donde las francesas en pareja son mas mironas que las solteras, las paredes están empapeladas con caras en blanco y negro hasta el bajo techo soportando el fuerte murmullo del suave francés, dejándome llevar por los gritos españoles desde Champs Elysees hasta el final de las breves pero intensas noches de París. En unas paradas llego todavía mas lejos, hasta que por la ventana de mi cuarto entraba neblina cargada de salitre, entonces se escuchaba la puerta corrediza de Jose y sus zapatillas arrastrando otra noche coruñesa que terminó cuando ya era mañana, sonaba en la habitación de Alessio “I´m only sleeping” de los Beatles.

En el momento que mas hundido estás en la distancia, es la línea 2 que sale a flote. Te enseña desde arriba lo que vas pasando, alguien tirando piedras al canal de St Martin, el principio de un camino desde Gare du Nord donde corrí con mi hermano detrás de un tren o sólo y todas las mañanas a ninguna parte, las calles con fruterías en las aceras llenas de gente y luces que se pierden de vista. Vuelve a enterrarse la línea 2, dentro se queda el ruido en tu cabeza y fuera una mezcla de idiomas. De Anvers a Blanche pasando por Pigalle, cruzas por debajo de souvenirs, sex shops y cabarets, el final de las cuestas del quartier por donde bajaban los viejos artistas  para gastarse los francos que daban cuadros o  acordes.

La ruta que sigo acaba en Place de Clichy, para morder los restos de un costillar sin futuro, que no importa si yo tampoco te quiero, y es suficiente con pedir la cuenta por favor después de que me detalles la vida de Gainsbourg en francés. Puede ser porque mis abuelos no me contaron esta historia ya que Jane Birkin tenía los labios censurados en España a final de los sesenta, o ahora me hace gracia tu acento.

De todas formas, solo me bajé en esta parada para dejar atrás unos apuntes que para mi están en chino, no contaba con abrir el portal con la espalda, perder el equilibrio especulativo después del postre como hiciste con la conversación durante toda la cena, o hablar de Gainsbourg y Sabina. Ahora tengo otro problema. Sólo dejar claro desde la línea dos que estoy mas perdido que cuando llegué, a ver cómo te explico que yo he venido para decirte que me voy a ir.

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