Entonces decidí no casarme.
Los recuerdos de mi infancia se rodean de primas por los pasillos de la abuela. Mis tías, desde un porche de verano, badajeaban que de ahí no podía salir nada bueno. Ahora que a mis amigos y a mí nos gustan las mujeres mas que los coches, pensamos que de la visita de mi prima mayor con cinco amigas no podría salir nada malo.
Seis mujeres con seis maletas. Las estadísticas dicen que al menos dos tienen la regla.
Redondeando por lo bajo, los expertos aseguran que cada una necesita sesenta minutos para “estar lista”. A la velocidad de seis por hora en el circuito cerrado de un solo baño, ni Alonso sabría como escaparse de esta.
Cuando cae la noche en París las ecuaciones se complican, mas aún si se trata de un boliche Erasmus, donde por la ley de Stereotipos tocan a doscientos buitres por cabeza que persiguen como argentinos. Siguiendo los cálculos de un grupo de españolas dispuestas a saltarse las leyes, a una de ellas la echan a la calle con la mitad del cuarto cigarro en la boca. Arrastrada desde mitad de la pista, nadie cuenta con que termine abofeteando al gorila mientras sus compañeros de puerta se descojonan de él, o que la policía esté a punto de empezar la jornada antes de tiempo por algún percance con importancia en el primer metro.
Unos días antes de su llegada, todavía con la conciencia tranquila, empezaba la semana y la mañana en un salón cualquiera, con el último recuerdo de unos macarrones mal aliñados. Tuve que salir a la calle para preguntarme donde estaba o encontrar algún mapa. Perdido en la ciudad llamé a una francesa para situarme, y lo único que conseguí sacarle fue que ese día tampoco dormiría por veinticuatro razones.
Así fue, que las últimas noches fue complicado hasta contar ovejas. Ya instaladas, después de las dos siguientes como sardinas en lata y llegando a conciliar el sueño por la única razón de la falta de oxígeno, le entregué las llaves a mi prima sin condiciones; y asumiendo el riesgo de que cualquier Erasmus me deje la cara con mas pintura que un pasillo del Louvre, me fui a dormir a otro salón cualquiera.
Pero no todo fueron pelos largos, tampones y toallitas desmaquillantes piel seca-sensible en los lugares mas recónditos. El terremoto de grado seis en la escala Richter, además de desplazar el estudio unos tres metros, dejó el recuerdo de unos días tan fuera de lugar como divertidos, la nevera llena y el baño mas brillante que la cocina de Don Limpio.
Ahora, en la tranquilidad de una calle inclinada de Montmartre, con el café de su barrio entre las manos y siguiendo mis conversaciones paralelas: cavilo cuánto admiro al que sabe vivir sin mujeres, pero también al que consigue vivir con ellas.
Hasta pronto !










