Cuando parecía que todos los caminos llevaban a ninguna parte llegó el último día.
En la residencia no me echaron de una patada, pero si dos días antes por querer volver a casa en fin de semana, de mes; a última hora del domingo, como haría cualquier español. Cerré por fuera, dejé las llaves y cogí la línea 2 como pude, de la que podría recitar todas las paradas de memoria por orden alfabético.
Michelle es la madre de Flora. Flora, la parisina que me encontré en la calle hace unos ocho meses para dominar un poco la cultura autóctona. Cuando llegué al 2 de la rue Camille con cinco bultos y cuarenta y cinco grados en mi camiseta, era la primera vez que Madame Michelle conocía novio a su hija pequeña.
Puse cara de muchos amigos, buscando por un techo. Me estaba dando pena a mí mismo, y como la figura de la madre no cambia vayas por donde vayas, en seguida se me ofreció asiento, una ducha, zumo fresco, algo de picar y sonrisas francesas entremedias.
Cuando creía que ya estaba totalmente aclimatado en esta familia de Montmartre, tomando una cerveza con el hermano mayor, descalzo, a punto de quitarme los pantalones y vocear que había para cenar, como éramos pocos apareció la abuela. Por suerte, su acento del sur me echaba un cable para seguir el hilo de la conversación, porque insisto, la figura de la abuela tampoco cambia vayas por donde vayas, y con unos pastelitos y a dos historias por minuto, uno pasa la tarde en cualquier salón del mundo.
A mí me empezaba a dar un poco de vergüenza la situación, pero como los franceses son muy flamantes en esto del amor, insistieron en que durmiese en la habitación con mi novia. Era la última noche y entre otras cosas, quería pensar un poco, hacer un balance del año. El caso es que con los pastelitos de la abuela, la carne con patatas, el queso de postre y las siete cervezas del hermano, no conseguí pasar del primer día.
Pasé a limpio en el metro con faltas de ortografía esta mili del siglo XXI, pero en vez de armas, con apuntes y cubatas; y en lugar de Paco Pérez de Badajoz está Mariya Yefremova de Russia, por ejemplo.
El final se asomo del todo en rue Lepic, y se nos caían las lágrimas comprando el pollo para su madre. En el aeropuerto, una chica del check-in preguntó con ánimo de dar coraje a la situación cuánto tiempo me iba: -señora, que me voy para siempre-.
En el avión viéndolo con perspectiva, cada vez que pensaba desde la primera persona que me indicó la calle hasta la abuela del sur, bajaba la mirada confundido. Cuando salí de dudas era tarde, volvía a estar en otra habitación.
Hago la mochila y continúo por otro camino, de París a La Coruña.









