Mi curriculum de alquilado pasa por el barrio de Elviña con tres guitarristas, dos portuguesas y un ferrolano al límite de Monte Alto, un siciliano, una chica y tres gallegos con sus parejas, rompiendo la cabeza a la vecina en el cuarto derecha de la Plaza de Pontevedra.
Tengo que mirar el calendario si Jose Carlos, la persona que mas facilidades me ha dado para compartir un pasillo, me cuenta que mi hermano también cocina huevos con salchichas cuando canta el gallo, me acuerdo de mis compañeros a la hora de comer porque bailábamos delante de las sartenes, nadie reía mas alto que nosotros los tristes domingos. No suelo acordarme ni del nombre de mi padre, y eso que es el mío, pero todavía tengo en la memoria la primera carta que les escribí o el sabor de esa ensaladilla, y cualquiera que haya pasado por ese piso sabe que no existe un rincón mejor en la pequeña ciudad de La Coruña.
Allí dejé a mi hermano y una señal de tráfico robada un jueves clásico como otro cualquiera, ahora compro las salchichas en francés, me cuelo en el metro o vuelvo a casa en circulares sin haberme bañado antes en la playa, cambio los desayunos de la internacional por crepes de jambon, bebo vino peleón caliente en lugar de roncolas con mucho hielo y doy besos cargados a una extranjera. Sin embargo, las cosas esenciales no han cambiado tanto y el tiempo sigue pasando mas rápido que una noche de San Juan con cinco copas, llueve como en la tierra de las rías y tipos aburridos siguen explicando balances sin sustancia en las pizarras.
En la noche con banda sonora de Tété o Serge Gainsbourg y ella, traté de explicarle en imágenes desde lo grande que es el mundo hasta lo bien que se puede vivir en una sencilla localidad como La Coruña desenterrando su orgullo de parisina, su carácter de mujer férrea por dormir poco en una ciudad complicada que no se duerme.
Y aunque París me siga sorprendiendo trasnochando con personalidades pintorescas, cruzando puentes históricos o coincidiendo en misa de siete menos cuarto con mi prima argentina, su marido e hija en potencia, después de hacerme medio entendido de esta ciudad y una parisina, cuando cuelgo el teléfono por habernos dado las buenas noches o bonne nuit me apetece enseñarla como en España comemos mas que una vaca por cuatro euros en la Bombilla, que un vistazo desde el Monte de San Pedro dobla en magnificencia las vistas en Sacre Coeur, nunca sentirá nada igual si algún día deambula descalza por la playa dando la espalda a una ciudad realmente dormida delante del océano mas despierto del mundo, puede que no quiera volver a coger el metro cuando pruebe los callos del Moderno con pulpo del Pirri, si consigue escuchar el pitido del silencio tirándose en la hierba de mi casa.
Nadie apaga el ruído ni la luz en París, las cenas modificaron el menú con fromage de entrante y papel de fumar al postre, la energía me la da otra noche lejos de la playa con ella, el deseo que pedí cuando salté la hoguera de San Juan o que mi hermano tenga un hueco en su sartén para ser mi socio y no admirar a nadie como dijo el viejo, echándole todas las mañanas un par de huevos con salchichas a los buenos días.

