Revolución de Otoño

Como nadie sabe que va a ser de nosotros, estos últimos días he tratado de perder el tiempo de una manera mas profunda, ahora estoy sobre la superficie de mi cama, como de costumbre, y mientras desaprovecho los minutos pensando las frases que voy escribiendo, ella hace sus ejercicios a mi lado despejando ecuaciones con la diestra aunque sea zurda, porque empieza a saber como manejarme con mano izquierda.

La noche anterior salí de casa escuchando algo de Oasis, toqué en las orillas francesas las canciones que una vez improvisamos a nuestro amigo Siciliano inspirados en una espléndida temporada, ahora quizás con la intención de sosegar un poco el reloj o disfrutar de lo que está siendo un buen periquete en mi vida.

Suelo equivocarme de camino en las decisiones importantes pero para resoluciones humildes soy muy diestro, y cuando me cruzo en mi recorrido a Michel Godin, el vagabundo del tercer banco empezando desde Hotel de Ville desafinando a partir de las ocho y media en el puente d´Arcole, mis determinaciones mas repentinas me obligan a ir reduciendo la distancia de los pasos delante de su bicicleta, parecía exhumada de un baúl de recuerdos y le había incorporado un carruaje simulando la popa de un añoso velero donde guarda todo su escaso pero pudiente patrimonio. Tengo que rascar un simple euro de mi bolsillo y hablar con este lumbreras barbudo.

La gente gira el cuello cuando nos rebasa porque se extrañan de ver a un joven afeitado riéndose con alguien que viste viejas mantas azul marino y unas botas mas desgastadas que las de Santiago apóstol al llegar a la catedral, y sin embargo, además de contagiarme su vitalidad y la carcajada floja aprendo esas nociones que no inculcan las pizarras.

Está empezando una revolución desde los puentes, porque sabe que todos somos inteligentes pero pocos ejercitan esta capacidad, y no se trata de estudiar la constitución, resolver un problema de optimización o engrosar los beneficios de tu empresa, sino de lo que eres capaz de ofrecer a cada uno de los que cruzan delante de tu banco. Aunque la política no sea mi guerra y el mensaje suene a clásico, le digo que me uno a su guerrilla del tercero, y después de preguntarme si estoy fumado o borracho, ante mis negativas, me da un par de papeles y me explica que esto es algo diferente, no se trata de gritos socialistas o armas fascistas. Ahora tengo que escribir una hoja fotocopiable explicándome a mí mismo lo que puedo aportar a este globo que se hincha de chapuzas con el tu a tu como única norma.

 En una hora, este tarumba ha podido ganar un euro veinte, parece que el tercer banco no es un buen negocio y que las personas no son buenos clientes, pero cuando me despido de él, me aconseja para dejar el tabaco y todavía le oigo cantar a la altura de la boca del metro, por primera vez envidio el vigor de alguien, el talento de creer en las ideas sin necesidad de vestir trajes o dar conferencias en universidades prestigiosas.

Con una manzana y las ideas en blanco espero a Amelie a la salida de la suya cuando termina sus cursos, hoy tenemos toda la tarde de gatos para que me enseñe París desde su casa.

En una calle sin escapatoria por el muro del cementerio de Montmarte, era tal como la imaginaba. Un pasillo con un perfecto desorden reflejado en un espejo enorme, una habitación pintada por ella, el piano en el salón debajo de buena música, conectado con un sencillo comedor donde duermen estanterías de libros, unas escaleras en espiral hacia el rincón de los sueños de su madre, un piso vacío empachado de vida, silencioso pero cargado de melodía.

Hacía mucho que no me cogían de la mano caminando por la calle. Dejando atrás Moulin Rouge y haciendo pan de la fría harina blanca que había la primera noche que nos vimos, me cuenta historias negras por las que cualquiera aflojaría lágrimas y a ella le han forjado esa personalidad fuerte con un carácter admirable, escucho sus cuentos de niños cuando nos paramos delante de su antiguo colegio a ver como los chavales hacen gimnasia, vemos la cartelera mensual en su cine preferido con una única sala de proyección y exposiciones de arte en la cola de las palomitas, con esa esencia de cine que perdimos los españoles en centros comerciales no hace tantos años.

Un paseo de película en Rue Lepic, aplastando la dulzura del pastel sin parar de bromear y separando los guiones a tiempo para inaugurar el piso de Marisa con mucho Champagne tratando de no perder el espíritu Erasmus dos mil nueve por mi parte.

Voy encontrando los ingredientes a mi revolución del tercer banco desde la cama escribiendo las imágenes al alcance de manos suaves, por el aliento de un mendigo chiflado, una copa de Champagne barato en oferta 2×1 con dolor de barriga rodeado de Erasmus, queso parmigiano reggiano y paseos sin precio entre dos molinos.

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