Esta mañana de cielo gris y ojos caídos me he levantado en el sofá de Rue Choron en el 9e arrondissement con los vaqueros puestos. Aunque tendrían que confirmármelo, creo que fue una velada de vasos con hielo, humo y buen humor, ahora vuelvo sin lentillas por una calle cortada para el comercio callejero, con la vista mas nublada que el techo de París cubierto a tormentoso encima de pequeños clientes comprando tomates, llevando a su hijo en brazos o mirando el precio del pescado. Por debajo de todos, vuelvo a relajarme en el metro y comprobar dos cosas, esto son dos días y el mundo no es un pañuelo.

 La dependienta del tabac en Parmentier me dijo hace mucho que a todo hay que habituarse cuando disculpaba mi mal acento pidiendo un par de sellos. Ya me acostumbré a vadear las calles sin cruzarme con conocidos, a dejar de pedir una tapa cuando entro en los bares, no gritar a mi madre donde está el calcetín antes de mirar en el tambor de la lavadora donde suelo perderlos de vista, besar a una parisina en Galeries Lafayette o que las luces de navidad te pillen por sorpresa.

“Daremos una vuelta por ahí” son los buenos planes, me gusta no entenderla del todo, es lo que mantiene vivo ese misterio que siempre buscamos en los desconocidos y es ella la que pide la cena para los dos a esta japonesa porque no acabo de comprender del todo el acento francés oriental. Deberían adjuntar un manual a estos dos palillos, sólo me dieron un par de arcadas con el primer trozo de Sushi en la historia de mi paladar, y todo por querer sentarnos en una mesa para celebrar que no nos conocemos del todo.

 Todavía tengo el sabor aromático del pescado crudo en la garganta y las ganas de volver a los seis años cuando paramos en los escaparates navideños a hacer el crío o leyendo Asterix y Obelix antes de volvernos jóvenes escuchando “Daiquiri Blues” la noche del viernes. La luz de Eiffel cruza la ventana indicando que han vuelto a pasar diecisiete segundos. 

En un abrir y cerrar de ojos estaré dándole el toque de humor que le faltan a estas fechas cantando el carapuchiño en familia, las empresas encajaran sus balances, ajustaré mis pantalones en las comidas reencontrándome con los viejos amigos comentando que no ha ido tan mal, seguiré sin acordarme del nombre de mis primos o vomitaré el pavo en el traje de fin de año.

 Hasta entonces pasa la estación del otoño línea 3 despiertos en la cama, dormido con la cabeza en los apuntes o en sillones de algún bar, quizás volviendo a bailar en mi habitación o amaneciendo en otro salón, es esa incertidumbre la que le da sustancia a París, y las luces de El Corte Inglés volverán a pillarnos a todos por sorpresa.

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