Dejamos atrás la vieja Europa en busca de nada en particular con un par de bultos, bailamos Stay in the line a 11074 m de altura encima del nuevo mundo después de habernos dormido hablando de drogas y Rolling Stones. A novecientos km/h y con vaqueros rotos es difícil darnos cuenta de la situación, por lo que este viaje nos limitaremos a reírnos.
Antes de irme tuve que zanjar alguna conversación con profesores franceses, disimulando las ojeras por imprudencias a la francesa en la paralela de Champs Elysees, levanté los pies para que acabaran de cerrar la lavandería, esquivé monopatines en el metro, un intento de robo y aunque no pude librarme de veinticinco euros de multa al colarme en el torno de zona 5 detrás de una ancianita, por fin me tomo algo en el madrileño Cañas y Tapas haciendo tiempo para coger el avión.
Pisamos Sudamérica, cambiamos de horario, estación o una moneda que nos favorece y bautizamos como “Pelotos”. Cuatro agentes evaporan sosiego sentados en su silla y dos modelos uruguaxas nos dan la bienvenida a un país donde el tiempo va a otro ritmo y la brisa de veintiséis grados cargada de humedad sólo invita a relajarse y chupar algo de mate mirando faldas.
Hacia el este carretera parcheada paralelos a la costa, nos adelantan jóvenes sentados en la pick up de coches clásicos, se cruzan tres en una moto sin casco y caminos de tierra que unen casas sencillamente dispersas en el tramo desde el aeropuerto de Montevideo, capital uruguaya, pasando por Punta del Este, el destino preferido para tomar copas en vacaciones por argentinos o brasileños, hasta llegar a nuestro destino La Barra.
Todavía queda un mes para la temporada alta y el ambiente es discreto en las cuatro casas, siete bares y ocho tiendas de surf que componen este pueblo en la desembocadura al marrón río de la Plata donde por estas fechas se acercan las últimas ballenas a hacer el cortejo con alguna facilona de última hora y por donde hace muchos años entraban los gallegos buscando una salida.
Un español como se llame montó aquí su negocio con unas habitaciones y un comedor separado de la playa por el ancho de un camino donde nosotros encontramos techo por recomendaciones y olvidamos los golpes de la rutina cambiando la 1664 por una Pilsen, porque hablando de nada con mi hermano sentados en una roca surgen las mejores conversaciones.
Esta mañana el tiempo no acompañaba pero si la buena compañía, y visitamos el pueblo interior de San Carlos donde los locales no acostumbran a ver turistas. Auténticas calles sudamericanas que te llevan atrás en el tiempo por el pequeño comercio, las aceras sin acabados y los niños que corren gritando un acento fresco por calles bacheadas. Sube la temperatura y vuelve a asomar el sol suficiente para dormir la siesta española al lado de los pescadores del faro de San Ignacio, debajo de cometas de kyte y lejos de todo.
Si alguna vez no te encuentras busca por estas haciendas la solución de un nuevo emprendedor con buena filosofía o el millonario arruinado en su nueva pobreza. Esta noche perdemos el sur y pocos pueden dar con nosotros en el único chiringuito abierto de la zona con bocatas, ron colas, y una guitarra que atrae la atención de las cuarentonas porque su marido perdió hace años el rock haciendo swings.
Cantan los pájaros fuera, ronca mi hermano a mi derecha y no sé donde me he despertado hasta que tiro de la cadena, pero es un buen lugar para que suenen las ideas escritas en servilletas si el agua se ha escapado en sentido contrario.

