Agitado entre días sombreados por apuntes, con una tortícolis de “couille” que limita mis movimientos de cabeza en cuarenta y cinco grados a la izquierda. Mientras el telediario anuncia menos quince a la sombra y al final de la página veinticinco de Cien años de Soledad, bajo el libro sobre mi pecho en señal de empezar a pensar, porque de distraerme va la cosa últimamente. Y empiezo a considerar que clase de tropiezos he dado yo para llegar hasta el punto de que haya una francesa durmiendo a mi derecha, si ni siquiera la entiendo del todo.
Razonando paso por paso, le dí la vuelta a García Márquez, perdiéndome de lleno en lo absurdo de mi despiste.
Todo empezó cuando la cigüeña me trajo de París, que si lo llego a saber me quedaba por lo menos unos meses, para coger el acento. Un enrevesado de simples sucesos me pone en La Coruña y una bifurcación marca el camino; la moralidad en pareja durante años y el libertinaje excesivo de un piso de estudiantes.
Cojo los dos caminos a la vez, incompatibles pero decisivos, pues de la primera travesía de flores deduje que tenía que escaparme, y parecía que Londres tenía las calles para esconderse y encontrarse, o eso decían algunos. Allí convergimos los que nos necesitábamos, y fue unos meses después cuando Laura me propuso un fin de semana Erasmus en Italia, durmiendo entre desconocidos y ratones en Milán, trasnochando con mi prima María por las calles de Firenze. Sumado al caos organizado del segundo camino, en el cuarto derecha termine de infundir el espíritu que necesitaba y rellené la solicitud Erasmus.
Por el donde y darle emoción, me ocupé de escoger el idioma que no supiera decir si con la cabeza, un país enemigo de historia y la ciudad opuesta a todo lo cotidiano. Como la mayoría, creí volverme loco buscando alojamiento por un exceso de demanda, pero en una casualidad durante el último intento parece que quedó algo libre en rue Oberkampf con la condición de adelantar el principio del Erasmus. Cuando la anterior generación perdida se despedía, yo estaba pidiendo la primera pinta.
Así fue como conocí el calor de la línea 11, los bares refrescantes con Cecilia y a mi vecina Rocío, la veterana Erasmus que me dejó el cuarto lleno de cosas que no cabían en su maleta, y unas cajas para la novata Ana, con la que mas tarde sentaríamos grupo donde estaba Isa, la gemela de una buena compañera universitaria en La Coruña, presentándome a Lourdes, una amistad especial en París que dejó las cosas claras en una mirada de luz verde para poder acercarme a la francesa que duerme al lado. Es normal que te hayas perdido, el caso es que tras chapurrear unos combinados de francéspañol y ayudado de algunas artimañas internacionales, conseguí convencerla como un italiano para que me enseñase la ciudad.
Desde entonces han pasado como un par de meses, y entre que empecé a escribir la primera línea y esta frase, hemos comido ribs en place Republique, bebido un par de mojitos en el bar de abajo, mal dormido por hablar mas de la cuenta, y ella acaba de cerrar la puerta por fuera. Quizás en mi cuarto no hay ambiente de estudio, pero que le pides a un Erasmus que le ha pillado el toro como cualquier español.
Ha vuelto a nevar en París, y bajo a Place Verte para no perder la perspectiva del caluroso día que llegué, pueda pasar apuntes entre mis despistes, encontrarme con otro tropiezo que me lleve a otro, o conformarme por hoy con ver el frío en las caras de los que pasan.

