Me paso el examen con Federico, el Erasmus italiano que tengo delante. Su paisano Ivan hace dibujitos, de vez en cuando copia los resultados desde mi derecha. Hacia abajo en diagonal una francesa rebosa inteligencia, y levantando el culo unos centímetros puedo completar la parte de test. Con los repasos en la cafetería Chez Justine, una calculadora de los chinos con sonido, un poco de aquí y un poco de allí, acabo el último examen escribiendo Erasmus como titular de portada. Subrayo, subrayo, y me marcho dispuesto a encontrar el desastre que este término implica.
Empezamos con pasta sin aliñar de primero y nada de segundo. El martes, todo vale en el amor, la guerra, y el plan de acción de la comunidad europea para la movilidad de estudiantes universitarios. Algún vecino se plantea tirarse por la ventana, otro baja por las escaleras a gritar en francés, pero apoyados en el marco de la puerta, no entendemos el acento porque no queremos. El afecto a la imprudencia por un año dispar baila en las plataformas, ves el Erasmus paseando por la pista, y hay ofertas dos por uno en las barras fomentando la cohesión entre las nuevas generaciones Europeas. Corro de madrugada por Chatelet y cuando pierdo el Noctilien 96 en medio de París, apoyado en mis rodillas levanto la cabeza, puedo ver a Erasmo de Rotterdam caminando por rue Rivoli, probablemente le echaron de Duplex esta noche.
A la mañana siguiente arrastro 45 kilos de salsa para contestar al despertador sin decirle mentiras. Debuta L´auberge espagnole, el equipo de futbol Erasmus equipados con una 1664 en el palo de la portería y resaca por las bandas. Poco pudieron hacer siete franceses del club de matemáticas para que tengamos otra excusa que celebrar.
En la fiesta de Lourdes no hay sorpresas, las conversaciones especiales se fuman en la cocina y podemos comprobar que se ha acabado el vino por la cara de los franceses. Un grupo de españoles con las escopetas cargadas iniciamos la expedición para cazar bares perdidos en las calles que nos miran como forasteros. Después de bailar con las celebridades del barrio, seis, Erasmo y yo, cantamos la raja de tu falda desde mi ventana. A las siete de la mañana sentados en la moqueta, el equilibrio es imposible para unos piratas la noche del miércoles, y aunque Cheve diga lo contrario, muchos saben que el orgasmus no eran los padres.
Tres horas mas tarde y de sueño me dejan en calzoncillos sobre la cama de un apartamento con un piano en el salón. Y mientras ella estudia para no descuidar el futuro de Francia, yo remarco nuestra reputación entre dos almohadas. Con el buen sabor de la derrota en los labios, hecho un desastre, batido en una habitación de Montmartre, paralela a la realidad y muy lejos de tu barrio, sin perder el buen ritmo del programa Erasmus.
Película L´auberge espagnole

