
¡RAFA, NO ME JODAS!
Imagino que muchos de ustedes recordarán la jugada que originó uno de los latiguillos futboleros más celebrados de los últimos años. El diálogo entre Mejuto González y su asistente, un impagable Rafa Guerrero, pasó a formar parte del imaginario colectivo al instante. Y todo el surrealismo castizo que encierra el momento fue reproducido hasta la saciedad por los aficionados, en bares o estadios, hasta convertirse en motivo de descojone nacional. Sucedió en Zaragoza, en septiembre de 1996. Cuando el portero se disponía a reiniciar el juego después de haber atrapado el balón, vemos como el inefable Rafa levanta el banderín y, impasible ante los silbidos y abucheos del respetable, se mantiene firme en esa posición hasta que el colegiado decide acercarse para averiguar qué ocurre:
- Penalti y expulsión – suelta Rafa a las primeras de cambio.
- Vaya, joder Rafa, me cago en mi madre, ¿expulsión de quién? – le espeta entonces el pobre Mejuto, visiblemente nervioso y sin poder dar crédito al embrollo que le estaba organizando su fiel ayudante.
- Del número 6 - responde él.
Luego, definitivamente superado por las circunstancias, nuestro juez de línea asume que no hay marcha atrás y resuelve morir con las botas puestas. De perdidos al río, debió pensar justo un instante antes de lanzarse a fabular una justificación mínimamente coherente para tan drástica decisión:
- Le da un golpe en la cabeza por detrás, claramente, a Couto… – comienza a explicar, con convincente determinación, eso sí.
Aquí tienen las imágenes de la delirante conversación que transcurrió a partir de entonces y que el cachondeo patrio terminó sintetizando en aquella popular exclamación: ¡Rafa, no me jodas!
Y en fin, ya lo han visto: Mejuto expulsa al número 6, pita penalti y arma una gordísima que sirve, entre otras muchas cosas, para que Álvaro Fernández Armero haya escrito y dirigido esta película inspirada vagamente en aquellos hechos. Una cinta previsible y convencional que podría haber ganado enteros si, en vez de visitar múltiples lugares comunes, hubiera apostado por un humor más absurdo y disparatado que redundara en la innegable comicidad de los hechos que evoca. Aún así, el buen trabajo de Guillermo Toledo y Javier Gutiérrez o las apariciones de ese segundo juez de línea que responde al nombre de Juan Francisco, un personaje que actualiza con gracia al patético ligón ibérico de toda la vida, consiguen que Salir pitando se vea con naturalidad y como lo que es: una comedia intrascendente.

