
EL LONDRES CANALLA DE GUY RITCHIE
Con RocknRolla Guy Ritchie regresa a ese cine de pulso eléctrico y diálogos oscuramente cómicos que le consagró, en los comienzos de su carrera, como una especie de alternativa londinense a Tarantino. Vaya por delante que este crítico había decidido no mencionar las evidentes similitudes que abundan en la obra de ambos realizadores, por aquello de no redundar en el tópico. Pero uno también es consciente del impepinable deber de informar al eventual o habitual lector de estas crónicas y potencial espectador de las películas reseñadas en ellas. Y estarán conmigo que, en ese caso, incidir en la comparación entre Tarantino y Ritchie es bastante más efectivo que divagar en unas cuantas líneas sobre las cualidades o carencias cinematográficas del filme.

La idea en cuestión tiene el impacto de un titular. De hecho, de no haber sido por esa voluble y ya olvidada (o pisoteada) intención de obviarla, hubiera sido el encabezamiento perfecto de esta columna. Pero en fin, a lo hecho pecho y, además, ese paradigma de la concreción crítica seguramente hubiera provocado que muchos de ustedes no leyeran una palabra más. E, incluso, que ya no necesitaran ni ver RocknRolla para poder soltar, en alguna improvisada tertulia cinéfila (con aire estudiadamente distraído, eso sí), una contundente opinión sobre el filme de Ritchie que consiguiera impresionar al personal y, sobre todo, a esa mujer u hombre que, justo un instante después de terminar la sesuda sentencia, usted miraría expectante por el rabillo del ojo.

Confiando pues en que haya llegado hasta aquí, y como todos sabemos que en ese tipo de conversaciones siempre aparece el típico listillo con ganas de contraatacar (las más de las veces un enconado rival por conquistar la atención y los ojos de la misma persona que usted), necesitará un poco más de artillería para defenderse del acoso. En ese caso puede comentar, por ejemplo, que el director británico elabora un retrato entre cómico y sórdido de los bajos fondos londinenses, aunque su cinta sea tan chispeante como efímera y no deje ningún rescoldo de reflexión en nuestra memoria. O que si en Lock & Stock (1998) la trama giraba en torno a dos escopetas y en Snatch. Cerdos y diamantes (2000) alrededor de un diamante, ahora lo hace en torno a un cuadro. O también puede hablar del excelente trabajo de todos los actores. O, si la cosa se pone frívola, puede reseñar lo rentable que ha resultado para Guy Ritchie divorciarse de Madonna. Aunque, definitivamente, lo mejor que puede hacer es ver la película. Se divertirá y, además, comprobará que lo más seduce es pensar por uno mismo.

