
TERROR RECICLADO
Wes Craven se ha ganado merecidamente el ansiado y respetado sobrenombre de director de culto firmando varios títulos imprescindibles del cine de terror que se ha realizado en los últimos treinta años: Las colinas tienen ojos (1977), Pesadilla en Elm Street (1984), o las tres cintas que completan la saga de Scream (1996, 1997, 2000). Aunque ya en su primera película se insinuaba ese retorcido talento para perturbar al espectador. La última casa a la izquierda (1972) aterrizó en las pantallas de la época causando un gran revuelo y cierta conmoción (llegó a prohibirse en algunos países), debido en parte al tratamiento áspero y crudo de los paradigmas clásicos del género, pero sobre todo por unos excesos formales que entroncaban su visceral propuesta con el cine gore.
Ahora llega un innecesario remake de aquella cinta que el propio Craven justifica, con cierta demagogia, en una reciente entrevista: “Al producir la película original con un presupuesto tan restringido, muchos aspectos de la historia quedaron sin explorar”. El caso es que Craven se ha unido a otra mítica personalidad del género, Sean Cunningham, realizador de la sobadísima Viernes 13 (1980) - hasta el momento, y si no he perdido la cuenta, el cada vez menos malvado y más grotesco Jason ha regresado hasta en diez ocasiones - para este nuevo proyecto. Juntos desempeñan labores de producción y padrinazgo, delegando la dirección en el griego Dennis Iliadis. Y lo que nos encontramos en la versión actualizada de La última casa a la izquierda es un filme tan correcto como insustancial, tan depurado en la forma de armar las escenas de violencia como poco perturbador, y con unos giros de guión tan evidentes como sonrojantemente elementales. Es curioso también comprobar como la cinta de Iliadis no tiene ningún pudor para recrearse con obsesiva meticulosidad en la sangre y, en cambio, se retrae con puritanismo trasnochado a la hora de filmar un desnudo.

El cine de terror maneja unos resortes narrativos y formales absolutamente reconocibles y poco dados a la experimentación. Se trata de asustar al personal, y el fin último de cualquier producción de este tipo es ese, dar miedo. Es un género tan menospreciado por la crítica como seguido por el público. Y me aventuro a afirmar que, los motivos que han condenado históricamente a las películas con grupo de adolescentes perdidos en algún misterioso paraje donde les espera un asesino desquiciado, residen precisamente ahí: en su falta de originalidad, en la reiteración abusiva de ese modelo estándar y de rentabilidad contrastada. Es más, en muchas ocasiones vemos como la única diferencia entre unas y otras son los rasgos que adornan al malo malísimo de la historia, o sus distintas y macabras formas de acabar con los incautos y guapos efebos que le han tocado en suerte.

Pero decir que el cine de terror se acaba en los estereotipos citados es, cuando menos, temerario y falso, además de un claro síntoma de ignorancia. Porque conseguir despertar en los espectadores esa excitante turbación que llamamos miedo no es moco de pavo. Estamos en lo de siempre: hay gente que se ríe con Groucho y compañía (Una noche en la ópera), y quien lo hace con Los Morancos; hay a quien le asusta ver como matan a un personaje a hachazos (pero no uno, ni dos…, se derrochan los que hagan falta, hasta empapar la pantalla de sangre y de gritos, hasta que la víctima sea la imposible suma de sus vísceras esparcidas por el, generalmente, sucio suelo de un tétrico sótano), y a quien le atemoriza pensar en lo que le espera a nuestro protagonista al fondo de un silencioso e inquietante pasillo. Pongamos un ejemplo, ¿recuerdan la ópera prima de Alejandro Amenábar? Bien, pues en Tesis (1996) encontramos una escena que a este espectador le acojonó especialmente. Hablo de cuando el personaje interpretado por Eduardo Noriega tiene atada y preparada para ensañarse con ella a la estudiante caracterizada por Ana Torrent. Él enciende su cámara, y le dice algo parecido a esto: ”Ahora voy a explicarte lo que voy a hacer contigo a continuación…”

Ese momento es infinitamente más terrorífico que mostrar unas cuantas y explicitas escenas de la snuff movie que se aprestaba a rodar el cruel y frío Bosco con Ángela, su desdichada compañera de facultad. Las emociones sugeridas o insinuadas, sean de la naturaleza que sean, siempre serán más sofisticadas y profundas que las mostradas o impuestas abiertamente. Estas últimas, además de simples y efectistas, son tan superficiales y efímeras como la alegría que esconde la cocaína, o como la tristeza contagiosa e irreal que nos invade en el funeral de un desconocido. El miedo puede adoptar infinitas formas. Una de ellas es esta que describió Truman Capote en su libro Retratos: “En presencia de los muy bellos, como en presencia de los inmensamente inteligentes, el miedo forma parte de nuestra reacción global, y es tanto el temor como la admiración lo que causa ese escalofrío semejante a una punzada de carámbano que durante un instante nos deja anonadados cuando un cisne aparece nadando ante nosotros”.

