
VÍCTIMAS Y VERDUGOS
Hay una frase que no consigo recordar donde leí o a quien escuché pero que, en cualquier caso, me parece oportuno rescatar de la memoria y compartir con ustedes. Dice más o menos así: “Una cebra no tiene que correr más que un león, tiene que correr más que otra cebra”. Sobran comentarios. La incontestable idea que esconde y que le confiere el exclusivo rango de verdad absoluta tiene, además, el suficiente poder de persuasión como para frenar cualquier ridícula pretensión discursiva que convertiría a este columnista, sin duda y definitivamente, en un falabarato de tres al cuarto. Aunque, un momento, volviendo sobre la frase me ha venido a la cabeza un comentario. Ya ven que poco ha durado la contención verborreica. En fin, desnudando una vez más esa patológica indecisión que gobierna mis impulsos o decisiones (valga la redundancia o la paradoja, a gusto del lector), y acercándome temerariamente a esa otra sentencia que nos avisa sobre lo atrevida que puede llegar a ser la ignorancia, no he podido resistirme a añadir algo más. En la carrera por la supervivencia que resume con exquisita precisión el aforismo en cuestión late otra idea: todos tienen (tenemos) que correr.

Cuando somos niños, o adolescentes, la carrera o la lucha por asumir nuestra identidad y encajarla en el grupo desvelan nítidamente esa épica de la supervivencia (no de forma tan literal como en el caso de la cebra) y es inherente al aprendizaje vital. Y en ocasiones aparece el acoso, el ejercicio de esa tremenda crueldad infantil sobre el débil, el zangolotino, el gordo, el cuatro ojos o, como en la cinta de Corbacho y Juan Cruz, sobre Gabriel, un niño con el pelo rojo. Ahora llaman bullying a este maltrato físico o psicológico que recibe un niño por parte de otro u otros de forma deliberada y continuada. Pero siempre ha existido y todos hemos sido, en alguna ocasión, víctimas, verdugos o callados y vergonzantes espectadores. El colegio acostumbra a ser el escenario, un universo hermético e invisible para los adultos que, como el carcelario, está regido por sus propias leyes y por un atávico código de valores en el que la distancia entre el respeto y la exclusión adquiere dimensiones colosales y, a veces, trágicas.

Cobardes aborda el tema con grandes dosis de oportunismo. Y lo hace con esa limpia y natural forma de retratar lo cotidiano que ya demostraron sus directores en Tapas (2005). Pero, en cambio, se distancia de aquel notable filme al pecar de cierto afán moralizador y de un exceso de clichés que lastran una historia que, por otra parte, es bastante simplista.

