EL IDIOTA FELIZ
Después de mostrarnos, en la aplaudida La cena de los idiotas (1998), cómo un grupo de cínicos burgueses competían por encontrar y llevar a una cena colectiva al mejor idiota posible; o de ironizar sobre lo rentable y glamurosa que puede ser la homosexualidad en estos tiempos de discriminación positiva en el trabajo, en Salir del armario (2001); ahora, el escritor y director francés Francis Veber, recupera de nuevo a su personaje más entrañable: Francoise Pignon. En esta ocasión, el idiota feliz que nos recuerda con cada uno de sus actos que los verdaderos cretinos somos los demás, nuestro antihéroe humano y bonachón, es un aparcacoches que sólo pretende el amor de su chica. El lío comienza por culpa de una desafortunada fotografía en la que aparece, por casualidad, junto al presidente de una gran multinacional y a su amante. A partir de ahí, Francis Veber vuelve a demostrar su talento para gobernar los mecanismos de la sátira social y ligera, para manejar los tiempos de la comedia clásica y teatral con una sencillez apabullante y, en definitiva, para hacernos sonreír. Y es que El juego de los idiotas es sobre todo eso: pura y limpia sonrisa, sin efectos secundarios.

La presencia entre el reparto de dos intérpretes por los que siento una debilidad especial, un actor y una actriz capaces por sí solos de provocar el deseo de ver sus películas, Daniel Auteuil y Kristin Scott Thomas, ha influido sin duda en que mi opinión sobre esta comedia de enredos ya estuviese condicionada favorablemente antes de acudir a la sala. Pero luego, al valorar el trabajo de todos los actores, al ver el resultado final, me queda la sensación de que ésta es una película en la que los secundarios tienen tanta o más importancia que los principales. Porque lo cierto es que gran parte de los mejores gags están protagonizados por ellos: el abogado del multimillonario infiel, el médico hipocondríaco, el anciano que pide chuletas en la librería, el ridículo vendedor de teléfonos móviles… Todos ellos discurren con naturalidad por el trazado exquisito que les marca el guión de Veber, un estupendo guión para una estupenda película que ha conseguido que el que suscribe este artículo recupere las ganas de pasar el rato en una sala oscura, al amparo de una buena historia. Si encima, como en este caso, te ríes, mejor que mejor.

