LAS ERINIAS

Nudos

Escrito por Sonia Seijas el Lunes, 14 de mayo , 2012 a las 12:36

Llevaba días dándole vueltas a aquel trozo de cuerda y no era capaz de sacárselo de la cabeza. Por mucho que intentase que su mente se ocupase en otras cosas, siempre volvía a aquel nudo.

Lo había encontrado por casualidad en el bolsillo de un abrigo. Ahora se preguntaba si lo habría hecho ella misma tiempo atrás o si, por el contrario, alguna extraña casualidad lo había llevado allí. Tal vez lo hubiese dejado alguien… Más allá de su procedencia, lo extraño de aquel trozo de cuerda retorcido era lo hermoso que parecía al colocarlo en la palma de la mano, como si cada torsión estuviese en el lugar que debería, formando un todo uniforme y armónico. Durante esa tarde le dio vueltas en la mano, jugueteó con él con los dedos en el bolsillo del abrigo, lo sacó y lo cambió de lado, lo contempló mientras se sentaba en el asiento del autobús camino a casa… pero al final, como todo nudo que se precie, sólo cabe una posibilidad, como si de un acertijo se tratase, tenía que deshacerlo.

Y en eso había gastado los dos últimos días. Al principio, lo intentó con un poco de desidia, seguramente pensando que sería una tarea más bien rutinaria, pero al no conseguirlo en el primer par de intentos, centró toda su atención en los entresijos de la pequeña cuerda y en cómo se retorcían hasta formar esa pequeña pelotita en el medio. Poco a poco empezó a entender la “esencia” del nudo, el recorrido a través de cada nueva vuelta y la torsión que implicaba. Así que, armándose de paciencia, comenzó poco a poco y con mucho cuidado a aflojar algunos trozos aquí y allá. Aunque al principio pensó que no cederían a su presión, después de unos cuantos intentos fallidos parecía que iban aflojando.

Durante semanas, con constancia y empeño, fue dando pequeños tirones y desenmarañando el nudo en cada una de sus partes, hasta que al final, allí estaba, frente a ella. Un trozo de cuerda retorcido y un poco gastado, pero sin ningún nudo que entorpeciera su paso. Allí estaba, después de tanto esfuerzo y tantos días de tirar y aflojar, de desandar el camino a través de las vueltas… allí estaba. Y entonces llegó la pregunta… “¿Qué narices hago yo ahora con esto?

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Categoría: Historias de folletín,Palabras más o menos

Retazos

Escrito por Sonia Seijas el Martes, 6 de marzo , 2012 a las 21:10

La soledad es una amiga injusta, lo cierto es que casi nunca te acompaña cuando la deseas vehementemente y, sin embargo, en ocasiones se empeña en instalarse en tu casa a pesar de que intentes echarla con todas las indirectas del mundo. Y, luego, hay ocasiones en las que te susurra al oído y se te acerca justo cuando lo necesitas. En esos momentos la percibes como un trozo de hielo pegado a tu piel durante un día de calor sofocante. Sientes cómo se derrite a tu alrededor y va calmando tu alterado corazón.

Así, eres capaz de adentrarte en una calle llena de gente y sentir cómo eres una mera observadora, como si sus historias fuesen una película en 8 mm. que se proyectase a saltos a tu alrededor, entremezclándose entre ellas y dejando apenas unas pocas imágenes impresas en tu retina. Una multitud de cortos que tan sólo entienden sus creadores y que sólo te dejan una ligera idea y un montón de material para que la imaginación, prolífica, cree todo un universo que los contenga.

Me sorprendo, en soledad, observando a la gente que me rodea, en un restaurante cualquiera, en una ciudad cualquiera.

Una madre, preciosa, con su pareja y dos niños muy pequeños. Intenta por todos los medios parecer despreocupada y distraída, un poco acorde con la vestimenta que lleva, pero de reojo, no pierde ni un sólo movimiento de los pequeños, hasta el más breve giro despierta su atención. Sonríe y se atusa el enmarañado cabello cuando la camarera le ofrece llevarse los niños a su casa y, un poco en broma, contesta que sería su primer descanso en los últimos 5 años. Su voz suena triste, pero su mirada parece satisfecha y la caricia que le dedica el hombre sentado frente a ella contiene más complicidad que todos los textos de poesía del mundo.

Al lado, otra madre, con su hija que suenan a brasileñas por sus expresiones, susurran secretos entre ellas y se ríen, con esa risa espontánea que te da ganas de capturar en un bote, para poder recuperar más tarde cuando la necesitas realmente. La adolescente intenta que su madre aprenda a pronunciar en correcto español “Yo soy” y cada vez que esta no es capaz, estallan de nuevo las risas. Me quedo a un impulso de unirme a ellas. La hija dirige de vez en cuando furtivas miradas a su alrededor, para comprobar si están siendo observadas, como si ese pequeño placer madre-hija, fuese algo que preferiría vivir en la intimidad. Me gusta observarlas, el brasileño se me antoja un idioma musical y un poco sensual, como si te tatareasen una melodía al oído que no terminas de reconocer y tuvieses que agudizar el oído porque, por momentos, pareces hacerlo.

Un poco más allá, lo que parecen tres compañeros de trabajo, a juzgar por la conversación que están teniendo. Temas del día. La mesa parece una prolongación de la de su propio despacho. Cifras. Órdenes. Derechos. Deberes. Algún cotilleo entremezclado. Asienten unos a otros y creo que, en el fondo, sienten como si estuviesen en un submundo de la realidad, donde sólo ellos pueden entender ese juego de miradas y gestos. Aunque él no se ha dado cuenta de que una de ellas lo mira un poco distinto.

En el otro extremo del comedor, una joven pareja. Muy arreglados los dos, tal vez en algún tipo de celebración personal. Él no deja de hablar de ordenadores, mientras ella asiente, esperando que centre su atención en ella. Mimosa, coloca su cabeza en el hombro del él y suspira fingiendo cansancio. Espera que él repare en su propia soledad y simplemente la mire y sonría.

Y, al fondo, dos mesas solitarias. En una yo misma, que me entretengo en mis ejercicios de observación. En la otra, una mujer madura, que pide una comida frugal y se absorbe en sus propios pensamientos. Al teléfono, cancela una cita con una excusa nacida en el mismo instante en el que contesta. Evita mirar a su alrededor, creo que teme encontrarse miradas inquisidoras y se concentra en lo exiguo de su plato. Zapato cómodo, sin maquillaje, pero con cierto atractivo natural. La soledad parece muy fuerte en ella y, sin embargo, parece sentirse incómoda transportándola en un lugar tan lleno de gente.

Eso me hace dar vueltas una vez más a algo… ¿Por qué nos hace sentirnos tan incómodos el sentarnos solos en medio de un montón de gente? Es curioso cómo reaccionamos los seres humanos. Cuando vamos a pasear, a comer, a tomar un café… en definitiva, cuando nos encaminamos en soledad hacia sitios transitados, lo hacemos un poco para acallar esa soledad interior con los gritos de las vidas que nos rodean por un instante. Y sin embargo, el grito interior prevalece. Curioso.

Se levanta y se despide. Por un segundo, ante la franca sonrisa de la camarera, su semblante cambia y se la devuelve. Aferrándose a ese último instante, sale del restaurante y comienza a caminar. La veo pasar frente al ventanal, como mirándose los zapatos y, os lo juro, en ese instante, en un restaurante de Santander, alguien puso de fondo “Negra Sombra”.

 

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Categoría: Historias de folletín

Y si hablamos de amor…

Escrito por Sonia Seijas el Domingo, 5 de febrero , 2012 a las 14:11

La miró, extrañado, cuando ella le sonrió con aquella expresión condescendiente con la que solía obsequiarle cuando estaba segura de tener la razón en algo y él no. Después de tantos años, ya conocía cada arruga de su expresivo rostro. “No creo que sea amor -le dijo simplemente“. Y luego se quedó callada, mirando a las caras que, durante unos segundos, se veían a través de la vidriera de la cafetería. Parecía como si esperase a que él le contestase algo definitivo, una especie de verdad universal que la desarmase por completo. Sin embargo, permanecía en silencio, por un instante se había quedado sin argumentos y no tenía muy claro cuál se suponía que tenía que ser su siguiente paso con ella. Sólo se atrevió a decir un breve “¿Por qué?“. Y entonces, ella empezó a hablar:

-”No creas que es que dude de tus sentimientos, simplemente no creo en ese concepto que todos parecéis tener del amor. Sé que puede sonar extraño pero no puedo entender que puedas decir que amas a alguien sin haber pasado por las dificultades de la vida. Sí creo que puedes querer a alguien, hay muchas maneras de hacerlo, incluso desear a alguien con todas tus fuerzas, la pasión es algo que nos arrastra sin que podamos detenerlo, pero hace mucho que la vida me enseñó que el concepto de amor romántico normalmente no tiene nada que ver con la realidad a la que nos enfrentamos. Creo, más bien, en la necesidades: la necesidad de cercanía, de sentirse necesitado, de saber que cuando te sientes perdido hay una mano que alguien te tenderá para encontrar el camino de nuevo y, sobre todo la necesidad de contacto humano, que nos hace sentir por un instante que no vamos a irnos solos cuando todo termine. Todos necesitamos que alguien nos haga sentir de vez en cuando que estamos vivos, que nos recuerde que nuestros sentidos pueden llevarnos al éxtasis infinito en apenas un par de segundos. Creo, sinceramente, que si no soy yo, aunque ahora pienses lo contrario, será cualquier otra. Tenemos tendencia a pensar que te enamoras porque alguien superior lo decide así, cuando en realidad estamos en todo momento buscando la aprobación de otro ser humano, buscamos en la mirada de otro aquello que creemos que nos hará sentir especial. Y no es cierto. No necesitas que nadie te haga sentir que lo que haces está bien, ni que eres especial en algo, en realidad tan sólo necesitas sentirlo tú mismo. Supongo que la mayoría de las relaciones fracasan por esto, están tan enfrascados buscando las proyecciones de sí mismo en la persona que tienen al lado, buscando una mirada de asentimiento, que se olvidan de que lo que nos hace especiales y únicos está dentro de nosotros y de nadie más. Culpan a quien tienen delante de no proyectarlo, de no sentirlo lo suficiente y lo acusan de no amarlos, cuando en realidad, el que debe enseñarlo es uno mismo. Por eso no creo que alguien a quien apenas llegas a conocer en unos meses pueda decir un “te amo” y sentirlo realmente. Cuando es así, lo que queda patente es la necesidad inmediata de un “Y yo” para no sentir esa soledad que nos carcome por dentro. Puedes decirle a alguien que te gusta, que te apetecería intentar ver en qué puede acabar una relación, pero eso requiere trabajo y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo. La mayoría, prefiere lo inmediato y la apatía, que finalmente rompe los sueños de romanticismo y solo crea personas tristes y solitarias. Yo creo que el amor sólo puede verse a través de los años, de la vida y sólo cuando realmente eres capaz de apostarlo todo y enseñar todo lo que tienes dentro.

Él  la miraba en silencio, mientras cada una de las palabras iban surgiendo de su boca. Ella miraba a la calle mientras hablaba, como si pretendiera crear una barrera invisible entre ellos, de vez en cuando le lanzaba una mirada furtiva y él le sonreía y asentía. No podía dejar de pensar cuál era la razón de tanto escepticismo, ni quién podía haber sido el causante. Ahora, que ella había hecho una especie de pausa dramática, bebiendo un par de sorbos del café que los separaba, se sintió preparado para contestar.

-”Y, sin embargo, aquí estamos, hablando de amor. Sólo porque me gusta verme reflejado en tus ojos, que me hacen ver cosas de mi mismo que ni siquiera yo puedo ver. Porque sólo con caminar a tu lado me hace olvidarme de todos lo que me preocupa y ni siquiera necesito contarte nada. Porque soy capaz de hacer el tonto una tarde entera sólo para ver una sonrisa tuya y porque, definitivamente, creo que todo eso que dices es sólo una excusa para no arriesgarte, que, al fin y al cabo es de lo que estamos hablando. Realmente el amor no es algo maravilloso que surge por arte de magia, el amor es un riesgo, como una lotería, que puedes estar jugando toda la vida sin tocarte, o vislumbrar pequeños pellizcos que te hacen sentir cosquillas en el estómago. Y a veces, sólo a veces, te toca el premio gordo y puedes disfrutarlo siempre.

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Categoría: Historias de folletín,Palabras más o menos

“Mírame mientras salto”

Escrito por Sonia Seijas el Miércoles, 20 de julio , 2011 a las 15:53

No hacían falta más palabras, lo cierto es que se habían acabado ya hacía tiempo, cuando todo le empezó a parecer más oscuro que de costumbre, como si alguna luz en algún sitio fuera perdiendo fuerza y la bombilla estuviese a punto de perder su filamento. Se sentía como esa bombilla, sólo que a ella ya no le quedaba filamento con el que producir luz propia, así que iba poco a poco absorviendo y utilzando la de los demás. Cuando algo parecía lo suficientemente interesante, se acercaba tímidamente e comenzaba a mimetizarse con el entorno y los que le rodeaban, así era capaz de vivir un poco a través de las experiencias que la rodeaban, dejando de lado la posibilidad de crear ella las suyas propias. Una vez, cuando todavía iba al instituto, su madre la había sorprendido copiando una carta de amor que había escrito una compañera. “¿Por qué no la escribes tú misma?”- le preguntó. “No sabría ni por dónde empezar, mi vida nunca ha sido tan interesante”- contestó ella, un poco incómoda con la situación. Y así había sido su vida desde entonces, un tira y afloja en la búsqueda de algo que llenase el vacío que sentía constantemente en su interior. Pero nunca conseguía llenarlo de todo, porque como un buen postre, poco a poco iba terminándose la emoción, la novedad y todos los sentimientos que traían consigo.

Y así había llegado hasta el momento, saltando de un círculo a otro, exprimiendo cada momento al máximo y desapareciendo después, al fin y al cabo, era como un parásito que tan sólo tomaba aquello que necesitaba, que ansiaba, para seguir buscando luego un nuevo huésped. Y ahora estaba en aquella cornisa, preguntándose qué hacía realmente allí, esperando a que llegase la hora, porque aunque faltaban aún veinte minutos, ya empezaba a notar movimiento abajo, en la calle y un cosquilleo empezaba a recorrerle la base del cráneo….

Hacía mucho que no os ponía una historia para continuar. ¿Alguien se anima?

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Categoría: Historias de folletín

Vendaval de microrrelatos 2011

Escrito por Sonia Seijas el Domingo, 19 de junio , 2011 a las 19:29

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No sé cómo Eva siempre consigue liarme para estas cosas, ¡y yo encantada, claro! Como es tan difícil convencerme cuandor se trata de papeles en blanco e historias inacabadas …

En fin, que os dejo el link con la imagen (picad en ella y entraréis en la web) de esta ingeniosa iniciativa para que podáis leer alguno de los relatos porque son francamente… como un soplo de aire fresco :D

Y aquí os dejo el mío, 150 palabras no dan para mucho, pero sí para una “Noche Loca”

En algún punto de no sé exactamente qué momento del día, empecé a ser consciente de la claridad que entraba por la ventana y me pregunté por qué había cambiado mi rutina de bajar la persiana, como todas las noches. Justo a un segundo de lucidez de este pensamiento recordé fragmentos de la noche anterior y también descubrí, contrariado, que no recordaba cómo había llegado a casa. Hacía demasiados años que no alcanzaba ese punto etílico, así que desperezar el cuerpo me costó más que de costumbre y sentí un dolor punzante en el omóplato derecho mientras el resto de mis músculos intentaban responder a las órdenes de mis neuronas. Veía borroso… ¿había sido capaz de quitarme las lentillas? Arrastré mi ánimo hasta el baño sólo para descubrir una banqueta colocada justo en frente del lavabo y un montón de agua por el suelo. En el espejo, con carmín, “Llámame”.”

No perdáis la oportunidad de leer alguno de los demás, estoy segura de que alguno os dejará deseando mucho más que esas 150 breves y elocuentes palabras. Y otros os dejarán un rato mirando la pantalla y observando sus imágenes.

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Categoría: De letras y viñetas,Historias de folletín

Historias de la radio

Escrito por Sonia Seijas el Martes, 22 de marzo , 2011 a las 14:27

Hace algunos meses una amiga me propuso participar en un concurso de relatos sobre la radio. Pensaba que sería divertido escribir una historia cada una y ver hacia dónde nos había llevado la imaginación a cada una de nosotras. La verdad es que me encantó la idea, pero dado lo limitado de mi tiempo ahora mismo no pude terminar la tarea a tiempo. Aún así, en honor a ella cuya serendipia hace nuestra vida un poco más interesante, dejo aquí el relato para que, aunque tarde, podamos cumplir el plan inicial.

“Buenas noches, soñadores”. Eran las dos y media en punto y la voz grave de Samuel resonaba a través de las ondas, para ir a morir en alguna radio lejana que todavía se resistía a apagarse. Llevaba ya casi dos años en el turno de noche, un turno tranquilo, la verdad, y que tan sólo exigía el permanecer despierto, cambiar los discos y tener la capacidad para establecer un monólogo durante diez o quince minutos de vez en cuando. Algunas veces se había planteado la posibilidad de grabar parte del programa, pero de vez en cuando algún alma solitaria llamaba y se sentía en el deber de estar ahí para escuchar lo que necesitase y hacer que las noches de esas almas fuesen menos amargas. Además, la última vez que habían tenido que hacer algo así porque él se puso enfermo, la grabación se trabó a mitad de la noche y estuvo emitiendo un bucle de unos 15 segundos hasta que entró el turno de la mañana a las seis. Fueron el chiste de la semana de las otras emisoras, sobre todo porque el bucle era el sonido de una cisterna en un infocomercial de ambientadores de baño. Desde entonces, a nadie se le había ocurrido volver a proponerlo.

En realidad, ya estaba acostumbrado a su vida noctámbula y tampoco es que las horas de día le reservasen demasiados momentos especiales a un solitario como él. Como cada martes, al entrar a media noche en la redacción, Alicia le había hecho un gesto con los ojos hacia la mesa antes de marcharse y darle el relevo. Ella era la voz sensual que llevaba a los oyentes hacia la media noche, pero viéndola irse por el pasillo, con su caminar pausado, nadie podría adivinar que era parte de los sueños húmedos de muchos hombres. La magia de la radio.

Siguió el gesto de Alicia y allí estaba el sobre, puntual como siempre y, de igual modo, él, siguiendo su ritual, se sirvió un buen café en su taza con el símbolo del átomo que tanta gracia le hacía y se sentó ante el micro. Ahora, más de dos horas después, todavía notaba la sensación del papel al rasgarse y la leve ansiedad antes de leerlo. En realidad no era para tanto, tan sólo eran las peticiones de la semana, que se iban recogiendo de martes a martes… no… nunca había sido sólo eso, porque después de tanto tiempo en ese sobre siempre había una petición que se repetía invariablemente cada semana: “Por favor, ¿podríais ponerme “More than words” el martes a las dos y media de la madrugada? Es muy importante y os lo agradecería mucho”. Ese mensaje quedaba grabado en el contestador de la emisora todas las semanas, sin falta. Lo sabía porque al cabo de seis meses, después de empezar, había sentido tanta curiosidad que había oído unas cuantas de las grabaciones para ver si era capaz de adivinar algo. Pero siempre era el mismo mensaje, acompañado de una voz muy cálida y tenue, que le llenaba de una extraña sensación de proximidad.

Sin embargo, esta semana, por mucho que rebuscó en la lista, no encontró la canción. ¿Qué habría pasado? En su mente dibujó un montón de razones, un accidente, una larga enfermedad, una ruptura o incluso el aburrimiento… aunque el hecho de que “la voz” (tal y com la llamaban ya en la emisora) siempre subrayase lo importante que era parecía no apoyar esta última opción. Casi sin darse cuenta, como había hecho millones de veces, empezó a imaginarse cómo sería la portadora de tan curioso deseo, la edad que tendría, el color de su pelo, de sus ojos, incluso su forma de vestir y de moverse. Lo cierto es que esa noche parecía mucho más solitaria sin tener esa linea escrita en un papel, como si le faltase algo, así que las horas había transcurrido casi a cámara lenta hasta llegar a la hora clave.

Dos y media de la mañana. Sin pensarlo, activó el micro y comenzó a hablar. “Buenas noches, soñadores. A estas horas de la madrugada, cuando la vigilia se convierte en la única compañera para muchos, me gustaría compartir algo con vosotros. Entre todas las personas que escuchan, hay una muy especial que me ha acompañado desde el primer día en el que puse el pie en esta emisora. Aunque no nos conozcamos, su voz se ha convertido en un referente y una especie de constante en mi vida , su persistencia me ha mantenido despierto muchas noches intentando imaginarla en mi mente. Así que, para tí, desconocida, aunque esta noche no la hayas pedido ahora va tu canción, porque hay veces en las que ciertamente sobran las palabras. Si te sientes sola en una noche como esta, en la que la magia parece posible, llama a la emisora, me gustaría ponerle cara a tu voz.” Y, tras unos segundos, las notas de Extreme y su “More than words” empezaron a invadir toda la habitación.

Al otro extremo de la ciudad, una muchacha dormía de un tirón por primera vez en mucho tiempo. Al fin había comprendido que por mucho que insistiera no vivía en una película y aquel chico huidizo no se iba a acordar de ella ni de la taza de café que habían compartido mientras esperaban un avión a Bruselas. Sonaba “More than words” y nunca se había sentido tan a gusto con nadie, como si toda su vida hubiese esperado alguien como él. Pero el avión llegó y ni siquiera llegaron a intercambiar teléfonos. Meses después, cuando el insomnio empezó a afectarla, reconoció la voz en la radio y pensó que sería bonito intentar crear un poco de magia, al fin y al cabo, oportunidades así no se presentaban demasiadas veces en la vida.

Pero después de tanto tiempo, se había dado por vencida. Él no daba muestras de reconocimiento alguno, así que esa noche había decidido empezar a tomar las pastillas para dormir que le había dado el médico. Mañana, al fin y al cabo, sería otro día… aunque hoy sonase su canción y ella estuviese dormida”

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Categoría: Historias de folletín

Un traje nuevo

Escrito por Sonia Seijas el Viernes, 22 de octubre , 2010 a las 14:15

Bueno, esta historia la escribí un día a raíz de una idea que tuve mientras conducía. Tengo que decir que la inspiración me vino gracias a Atenea y a lo que se dedica. Así que aprovechando que ayer fue su cumpleaños, quiero reproducirla aquí y tener un detalle con ella. Además, hoy tenemos otro cumpleañoso, Jordi, que estoy segura de que todavía se está preguntando cómo sabía que hoy era su cumpleaños y sí, es cierto, lo sé porque me lo dijo hace mucho tiempo y yo tengo una agenda mágica en la que lo apunto todo. Así que esto va para ellos dos, por distintos motivos, pero con mucho cariño. Espero que me perdonen porque no sea nada demasiado brillante, pero las historias son así, algunas son mejores y otras peores, pero siempre son historias.

Menos-tres era un tipo huraño, no demasiado sociable, según la opinión de los naturales que vivían en la ciudad de Z-ity. No hablaba con casi nadie y estaba casi todo el tiempo refugiado en su casa viendo por la televisión cómo sus convecinos vivían sus vidas disfrutando de las ventajas de no llevar la marca de nacimiento que él llevaba. A todos los reclutaban de vez en cuando, para aparecer en alguna etiqueta de alimentos, en algún listín telefónico o en alguna cartilla de banco, donde los más codiciados eran los que vivían el los pisos más altos, aquellos que habían conseguido el estatus de unidad-de-millar o superior; cuando lo contrataban a él para este trabajo, normalmente lo vestían con un traje rojo y la gente siempre se asustaba al verlo. En realidad, se conformaba con aparecer en un marco de una puerta, escrito con letra de madre, para indicar que su retoño ya no medía 1.27 m sino 1.30. Pero incluso eso le estaba vedado.

Las únicas ofertas de trabajo que recibía eran de hombres y mujeres que habían dedicado su vida al estudio de su vida, que querían meterlo y retorcerlo en sus ecuaciones y experimentos y que lo utilizaban para sus propósitos sin atribuirle ningún sentimentalismo. Al fin y al cabo, ese era su sentido. Pero menos-tres deseaba algo más. Lo había deseado desde siempre, pero con el paso de los años había empezado a desistir y su humor iba empeorando. Como tenía varios hermanos gemelos, dejaba que ellos hicieran siempre los trabajos y él simplemente paseaba por las calles de la ciudad admirando las grandes hazañas de sus congéneres.

Hoy, Infinito, su vecino, había conseguido por fin salir de la indeterminación en la que le había metido aquella novia tan extraña que lo había dejado tan indeciso y a la que todos llamaban “límite”, claro que viendo los problemas y rodeos que daba siempre, en realidad él creía que tendrían que haberla llamado “limi-trona” por los efectos secundarios que producía su compañía. Un poco más abajo, algunos de sus primos menos-ocho, menos-cinco,… intentaban practicar la torre con algunos otros compañeros; esta vez era una matriz bastante grande y el trabajo tenía que quedar perfecto porque era para algo que llamaban “selectividad”, que a él en realidad le recordaba más a una caja de galletas.

Cuando llegó a casa de nuevo, la luz del contestador parpadeaba constantemente. Un primer impulso le hizo llevar la mano al botón de borrar, como siempre, pero sin embargo, le dió al botón de revobinar y después de un molesto pitido se oyó la voz de una operadora que lo emplazaba en el edificio de Geometric-Corps para un pequeño trabajito de unas horas. Tuvo que repetir la misma operación un par de veces más, porque no daba crédito. ¿Un trabajo de distancia? ¿En serio? No podía creerlo, pero al día siguiente se encaminó hacia el enorme y anguloso edificio dispuesto a intentarlo una última vez, aunque pensando que tenía que tratarse de un error. Al llegar, una amable señorita le indicó que tenía que ponerse un traje especial, dada su condición de negativo, para poder llevar a cabo el trabajo correctamente. Le llamó al traje “valor absoluto”, un nombre un poco ostentoso en opinión de menos-tres, pero que, en cuanto se lo puso, lo hizo sentir como un enorme y gran más-tres, algo que no había sentido nunca antes en su vida. Y no sólo eso, sino que, terminando el trabajo, el resultado había sido un flamante 3.55 m. de modo que su carácter negativo y huraño no había perjudicado para nada al resto de los compañeros. Todos le hablaban ahora, todos querían compartir algún otro trabajo con él. Gracias a ese maravilloso traje que le habían prestado.

Moraleja: Si no tienes traje…. ¡búscalo!

Espero que Atenea me perdone si he metido la pata, matemáticamente hablando :D

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Categoría: Historias de folletín

Olor a muerte

Escrito por Sonia Seijas el Sábado, 18 de septiembre , 2010 a las 1:02

Hasta el miércoles no estaré de vuelta, me voy unos días a la montaña, a ver cielo azul, verdes prados, roca emergente y, si puedo, unos preciosos lagos de montaña. No hay línea, ni red, ni estoy muy segura de que haya cobertura, así que no podré leer nada de lo que escribáis hasta el miércoles. Por eso, como hace mucho que no juego a esto con vosotros y ya está terminando el verano, voy a proponeros un nuevo relato para que vosotros le déis continuación, así podré leerlo cuando vuelva y ver a dónde ha llegado la semillita que plante hoy.

“La noche era húmeda y fría, con un rocío que parecía cubrir de un manto plateado toda la calle y las casas adyacentes. El silencio dominaba el ambiente, aunque un perro lejano, furioso con algo o alguien, aullaba de vez en cuando para dejar constancia de su estado. La rata asomó su hocico por el desague, parecía una buena noche para salir a dar un paseo porque no le gustaba cruzarse con nadie. Cuando esto sucedía, siempre salía magullada; bastones, zapatos, piedras e incluso algún que otro bolso siempre aterrizaban demasiado cerca de ella y no estaba dispuesta a comprobar cómo se sentiría si alguna vez acertasen la diana. Con lo que esta era la noche perfecta. No había objetos voladores, ni humanos que chillasen a su paso. Olfateó un poco el aire y percibió un pequeño olor dulzón y acre, no sabría definirlo, pero tenía un algo tentador que la hizo salir inmediatamente de su escondrijo. Intentó decidir la dirección, olfateando arriba y abajo las corrientes que traían ese extraño aroma y, aún insegura de su decisión, optó por el callejón de la derecha en el que se adentró cautelosa, mientras sus patitas arañaban el empedrado. La verdad es que las calles estaban muy sucias, todo el mundo dejaba tirados desperdicios por todas partes y, por un instante, se paró a roer un trozo de pollo que alguien había dejado abandonado. Un auténtico banquete para ella.

Pero el olor volvió a golpearle el hocico y abandonó el manjar, grabando su localización en su cabeza para poder volver y rematar la faena un poco más tarde. Ahora, el aroma era mucho más fuerte y tenía algo de familiar, aunque no sabría decir lo qué. Poco a poco se adentraba más en la zona más profunda de la parte antigua de la ciudad, donde cada vez se sentía más segura, porque aquello era zona de sus compatriotas y al resto de seres vivos no les gustaba demasiado su compañía. Olfateó el suelo, parecía como si algo viscoso y oscuro viniese serpenteando hacia ella, un olor que ya había retenido en su memoria en alguna otra ocasión. El olor de la muerte…”

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Categoría: Historias de folletín

Juego del verano: historia

Escrito por Sonia Seijas el Miércoles, 4 de agosto , 2010 a las 21:12

Pues bien, aunque sea miércoles y no martes como prometí (me ha costado un poco más de lo esperado) y es hora de que monte la historia del juego de verano que os propuse el otro día, con todos los slogans que habéis puesto y que, al final, más que un juego ha resultado ser todo un reto para mí. Espero que el resultado os guste, porque ha sido realmente complicado el poder unirlos todos y que tenga algo de sentido la historia. Así que… ¡va por ustedes!

Toda gran historia tiene un comienzo y esta empieza con un sueño. La verdad  es que desde que era pequeña tuve la impresión de que cada vez que subes a un tren, comienza una aventura, pero nunca podía imaginarme que la mía empezaría con una cabezadita en un pequeño viaje de a penas un par de horas. Habíamos decidido entre todos hacer una escapada de fin de semana, ahora que Takichan había aprobado la oposición después de tantos años. Sabíamos que le había costado muchísimo y que antes de un mes estaría volando a su destino en España, así que queríamos crear algunos buenos recuerdos antes de que se marchase. Ya sabéis algunos de esos momentos redondos que todos recordamos con cariñocuando estamos lejos y tenemos morriña de la casa y de nuestros seres queridos. En fin, el caso es que habíamos salido muy temprano y yo no había sido capaz de dormir la noche anterior, dejando listos muchos temas de trabajo, así que a media mañana, con el sol entrando por la ventanilla del vagón, cerré los ojos y poco a poco, con el traqueteo de las vías meciéndome, me quedé dormida. No recuerdo todos los detalles del sueño, pero sé que tenía una sensación de prisa que me acompañó durante todo el proceso, es como si tuviera que llegar a algún sitio y no supiese cómo. Paseaba por calles que estaba segura de haber visto en alguna ocasión pero no era capaz de distinguir donde, lo que sí llamaba mi atención era la gente que las pisaba. Todo era de un gris apagado, pero la gente tenía colores sepia, como antiguos y su ropa podría haber sido una mezcla en entre las borlas del siglo XIX y el estilo tweed londinense. Y todos, absolutamente todos, se movían con una lentitud pasmosa. Pero yo sentía que tenía prisa y me movía entre ellos intentando hacerles ver que necesitaba llegar rápido a alguna parte que aún no tenía clara. Hasta que choqué con una señora rechoncha que me sonrió y me susurró al oído: “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Y con esa frase todavía resonando en mi cabeza me desperté con un salto. 

Todos en el vagón me miraban.

- No he gritado, ¿verdad?- pregunté preocupada.

- No- contestó Chema- pero con la cara que te has despertado parece como si te persiguiesen los marcianos, la próxima vez igual es mejor que cojamos el coche, total, a tí te gusta conducir y así evitamos que nos mates de un susto al despertar.

Todos nos reímos un buen rato. La verdad es que era estupendo poder tener una última excursión todos juntos, a lo mejor pasaba mucho tiempo antes de pudiésemos repetirla. Sin embargo yo seguía con esa intranquilidad en el cuerpo que no me dejaba estar del todo cómoda. Al cabo de un rato, paramos en una estación durante 20 minutos y decidimos desayunar algo rápidamente, porque Pili tenía antojo de dulce y todos teníamos un poco de hambre. Justo cuando nos sirvieron el café, sonó la señal de la estación que marcaba que el tren saldría en unos minutos, así que salimos corriendo, aunque Pili frenó en seco cuando se dió cuenta de que se había dejado algo: “Aivá,  los donuts- gritó”, “Aivá, la cartera- dijo Eulogio que también se dió cuenta de que también se había dejado algo atrás”. Sonreímos porque la fama de Eulogio le precedía a todas partes y todos sabíamos que siempre tenía mil cosas en la cabeza.

Aunque nos dimos bastante prisa, cuando volvimos al andén el tren estaba justo saliendo y nos encontramos compuestos, sin maletas y sólo con la cartera en el bolsillo. En la estación no parecían tener una solución razonable para nosotros y, después de mucho discutir, sobre todo Iñigo, que no entendía cómo no podían llamar a la siguiente estación para que alguien recogiera nuestro equipaje, el revisor se quedó con nuestro teléfono y prometió hacer todo lo que pudiera para remediar el tema de nuestras pertenencias. “Be water, my friend- le dijo Atenea a Iñigo- enfadándonos más no vamos a solucionar antes el tema.” Él se encogió de hombros porque sabía que no podía llevarle la contraria y metió las manos en los bolsillos mientras el resto decidíamos hacer un poco de turismo por el pueblecito que teníamos justo al otro lado de la estación. La verdad es que tenía algo extrañamente familiar, pero yo no tenía todavía muy claro el qué. 

Las calles parecían desiertas, con esa arquitectura antigua y pasos estrechos propios de la zona y, aunque debería haberme dado cuenta desde el principio, tardé un poco en recordar las calles de mi sueño como aquellas que estaba pisando en ese mismo momento. A lo lejos empezamos a oír algunos cánticos y voces que parecían provenir de un edificio en la plaza principal. Un lugar que en algún momento debió ser una iglesia, pero que ahora era algo indefinido, aunque no sabría decir por qué, parecía como si la arquitectura misma se hubiese retorcido y hubiese dado lugar a lo que teníamos delante. “Si eres, respiras…. “-se oía dentro y cuando penetramos en el interior, nos encontramos con un individuo enjunto que estaba hablando a una multitud de cuerpos que permanecían balanceantes en los bancos del edificio “…si respiras, hablas. Si hablas, preguntas; si preguntas piensas. Si piensas, buscas; si buscas experimentas. Si experimentas, aprendes; si aprendes, creces. Si creces, deseas; si deseas, consigues. Y… quizás no consigas; y si no consigues, cuestionas. Si cuestionas, entiendes; y si entiendes, sabes. Y si sabes, vas a querer saber más. Y si quieres saber más, estás vivo. Pero nosotros no cuestionamos, porque nuestras preguntas tienen respuesta ahora, nuestra ansia de saber, de aprender, de crecer y desear tiene ahora un nuevo objetivo, ya que ELLOS están ya cercanos a venir a iluminarnos con toda su sabiduría y nuestra mente nunca más tendrá hambre de saber, ni habrá anhelo no conseguido…” Y en ese momento, levantó la mirada y la clavó en nosotros que seguíamos allí sin creernos lo que estábamos viendo. Era como si, de repente, nos hubiesen colado en una película de serie Z de los ochenta o algo así.

El supuesto predicador abrió la boca, pero el sonido que salió de ella no era exactamente humano, sino una especie de grito gutural, como antiguo, que hizo que todos los presentes girasen la cabeza y nos mirasen fijamente, antes de empezar a levantarse y caminar hacia nosotros. Todos tenían la mirada como perdida y cristalina. Cristina me zarandeó para que me moviera, porque me había quedado pegada al suelo mientras ellos empezaban a salir corriendo, siempre había tenido la mente mucho más lúcida que la mía y esta situación era un perfecto ejemplo de ello. Mientras yo muchas veces me pasaba el día ensimismada en mis cosas, pensando en a qué huelen las nubes, ella se aplicaba en sus métodos de automotivación con su eslogan “just do it” y siempre conseguía todo lo que se proponía. Así que tiró de mí con la suficiente fuerza como para que mis piernas recuperasen el movimiento y echamos a correr otra vez hacia la estación. De camino pasamos al lado de una gasolinera en la que se oía en la radio el viejo anuncio de “Mamá, mamá. ¡La película!-Menuda película tengo yo aquí, ¡pero de grasa!… Na…na…nanas!” Y pensé en aquel cuento lovecraftiano en el que alguien se perdía en un pueblo lleno de acólitos de un ser de más allá del umbral de lo conocido y que siempre había despertado en mí la sensación de ser un cuento que podría haber incluído un salto temporal al pasado sin haber perdido ni un ápice de fuerza. ¿Podría ser que nos encontrasemos una novela de Lovecraf? ¿O tal vez en algún cuento siniestro de Poe? O… ya que donde caben dos, caben tres… ¿Podría ser un agujero temporal del estilo de Michael Moorcock y su efecto Morphail? Por un momento pensé que este era nuestro final y todas las películas y libros aterradores que había leído durante años volvieron a mi mente uno por uno, haciéndome imaginar mil finales a cada cual más sangriento y horrorífico para mis amigos y para mí. Corriendo detrás de ellos, pensé en que las cosas no siempre salen como  a uno le gustaría y que aquello de “lo bueno, sale bien” no puede aplicarse siempre a la vida real. Un viaje, que Pepito había organizado desde el principio con tanto cariño para todos, parecía ir a tener un final bastante malo con toda aquella gente corriendo detrás de nosotros.

Agotados, llegamos a la estación que ahora parecía estar desierta y, en apenas unos segundos, que me parecieron eternos, estábamos rodeados por una marabunta de gente y, entre ellos salió el predicador, con aquella cara descompuesta y que … ¡estaba arrancándose por momentos!… Pero… ¿qué era aquello? Ahora que los miraba bien, todas las personas que teníamos a nuestro alrededor parecían mirarnos como si no tuviésemos que estar allí.

-Siento habéros asustado- dijo el hombre ahora con otro rostro distinto- estamos rodando un nuevo reality sobre sectas en este pueblo y se supone que tenía que estar cerrado a cualquier presencia externa, por eso nos ha sorprendido tanto veros y hemos salido corriendo cuando hemos visto que os asustábais tanto.

Después de tanto susto, al final no pasó nada y todo quedó en una anecdota más de un viaje que realmente sí fue inolvidable y que quedaría en nuestro recuerdo para siempre. Tan sólo fue un ataque de esa imaginación que tengo tan viva… aunque pensándolo bien, no es lo que tengo, es lo que soy. Soy un trozo de imaginación con patas.”

Buf! He sudado para meterlo todo y el resultado no me convence del todo, pero es lo que hay!!! :D

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Categoría: Freak's World,Historias de folletín

Relato de verano

Escrito por Sonia Seijas el Martes, 13 de julio , 2010 a las 12:54

“Cuando se levantaron por la mañana todavía era muy temprano. El sol apenas se desperezaba en el horizonte y sacaba algunos de sus rayos para saludar a los más madrugadores y darles la bienvenida a un nuevo día. Sabían que si no salían temprano de casa, el viaje podía ser un suplicio así que apuraron a recoger lo que necesitaban, en silencio, hasta que estuvieron seguros de que podían salir sin olvidarse nada. Aquel era un viaje especial. Él, que cumpliría 50 años ese mismo día, seguía echando de menos el olor a hierba mojada y el sonido del mar de su Galicia natal, la morriña se hacía más palpable en sus ojos verdes porque a ella le recordaban aquel mar que le había enseñado una vez, hacía ya más de 30 años, cuando había comprendido que nunca más querría estar con ninguna otra persona. Así que, para celebrar su cumpleaños, le había propuesto un viaje a Portugal, para escapar un poco de las áridas tierras extremeñas y que se sintiese un poco más cerca de casa. Al principio se hizo un poco el remolón, como siempre, era un hombre de los de antes y aunque lo echase de menos, le gustaba estar en la casa que habían compartido las últimas tres décadas, cerca de sus hijos y sus nietos y le costaba mucho decidirse a viajar si la carretera no le llevaba rumbo norte. Aún así, consiguió convencerlo, ella sabía que lo disfrutaría y sonreía para sus adentros mientras le discutía porque sabía que a pesar de llevarle la contraria siempre le concedía lo que quería. Sentía tanto amor, incluso cuando parecía que llegaban a un punto de la discusión en el que no conseguían ponerse de acuerdo, que comprendía que aquel era un punto del que sólo podrían salir con el beso que venía a continuación. Esa era su magia. La que no habían sabido ver sus padres cuando se quedó embarazada con 15 años; ni los padres de él que la veían como una extraña y una oportunista. A pesar de todo siguieron adelante y no se arrepentía ni por un momento del sitio donde se encontraban tantos años después.

El viaje fue todo lo que esperaban. Discutieron por dónde comer, se reconciliaron, admiraron el verde paisaje portugués, se perdieron por las estrechas calles de Braga y se alojaron en un hotelito que les recordaba a la primera pensión donde habían pasado la noche juntos. Así que, extenuados pero felices, volvieron a casa, a su hogar y, con el vaivén del coche, ella fue poco a poco cerrando los ojos, pensando en cómo su vida había ido subiendo y bajando con el pasar de los años, mientras el sol mecía su adormecida mente y se abandonaba en los brazos de Morfeo.

Apenas un instante después intentó abrir los ojos, pero notó que le costaba muchísimo. Sentía el cuerpo dolorido y pesado y tenía la sensación de estar tumbada, aunque no podría precisarlo con seguridad. Con mucho esfuerzo lo consiguió y se encontró en una habitación de hospital, no podría ser otra cosa con tanto aparato rodeándola, llena de tubos y cables. Su hija estaba al pie de la cama, con la mano en la boca y los ojos llorosos, de modo que apenas pudo oir un breve “mamá…” de su boca. No entendía nada y tardó un rato en ser dueña de todo su raciocinio para temerse lo peor.

Más tarde le contaron que en el camino de vuelta, él, aquello que representaba toda su vida, había sufrido un infarto durante el trayecto y eso había desencadenado en un accidente en el que temieron perderlos a los dos. No supieron decirle por qué el cuerpo de su marido había tapado el suyo propio y había absorvido parte del golpe, ni cómo, con el cuerpo maltrecho y destrozado por dentro, ella había sido capaz de sobrevivir, pero sabía que era, en parte, porque él siempre estaría con ella, a su lado a cada paso del camino. Casi un mes en coma la había librado del sufrimiento de ver su cuerpo inerte en una caja, de sentir el dolor de la pérdida mientras lo abandobaba en su última morada, pero también le hacía sentir que todo aquello tenía un aire de irrealidad que tardaría en superar.

Y ahora, apenas unos meses después, sentada en aquel autobús camino a la playa gallega que tantas veces había acompañado sus paseos matutinos, miró a la joven que tenía al lado. La música que salía de su ipod tenía un tono apagado, como un lamento y reconoció la triste cantinela de los fados portugueses. Era una chica extraña, con el pelo muy rojo y un aire un poco desgarbado. Cuando vió que la miraba, le sonrió con franqueza y ella sintió que era el momento de contarle a alguien su historia. Alguien que no la mirase con ojos lastimosos, sino con aquellos ojos saltones con los que la miraba ella. Y, lentamente, comenzó a hablar…”

No he podido eviatarlo. Tenía que escribirlo, porque me llenó el alma.

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Autor

"Estamos hechos de la materia
de la que están hechos los sueños,
y nuestra corta vida se cierra con un sueño"

William Shakespeare