Suena música de unas vidas

Archivado en: España, Narrativa, Novela, Reseñas — jesús e. pérez @ 11 Marzo 2010

De música ligera

CRUZ, Aixa de la

451 Editores, 2009

El resultado de escribir una novela (siempre empresa titánica) con 21 años suele ser las más de las veces un fracaso, una toalla arrojada sobre la lona, y como el menor de los males, un artefacto pueril, vacuo o maniqueo de trama simple y tono adolescente. He aquí la cuerda floja de la creadora suspendida; con mayor altura si cabe al encarar una “novela adulta” escrita por una joven. Más temeraria aún al tratar de cruzar el vacío con personajes rotos y de forma fragmentaria.

Al anochecer, un encuentro casual en un pub irlandés. Solitario, sentado en la barra, Dylan, un pianista cuarentón que vive en el mutismo y se expresa y siente gracias a la música. Recién llegada, Julia, ex–alumna en la academia en la que él trabaja, una joven que rozando los 30 años, está a punto de embarcarse en una vida que no desea: hipoteca, pareja y coche. Una conversación…

… y en diez movimientos en forma de capítulos, se va desplegando el atlas vital de los dos protagonistas durante cuatro horas de conversación mezclada con flash-backs, cervezas de barril, metaficción por boca de una autora que va desembalando el puzzle, la hora del cierre que se acerca, canciones que suenan de fondo y varios textos periodísticos ficticios que difunden la importancia de la música. Juntos, en un diálogo con tragos amargos de vida, de cruel confrontación entre deseo, realidad y deriva.

Entretanto la ficción cobra vida en un texto que funde música y palabras, banda sonora de esas vidas. Aún postreramente sorprende la juventud de esta autora, su osadía, transida de bisoñez en determinados momentos, atrevida en las técnicas narrativas que emplea, en la cultura musical que tiñe todo el relato, casi temeraria por la superposición de escenas y ejes temporales, por la variedad de tipologías textuales. Esta ¡¡¡segunda novela!!! de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) muestra ocasionalmente un punto de exhibicionismo técnico pero página tras página va ganando peso el relato, al proporcionar las claves del fragmentarismo con el que suena la música de unas vidas, de las que seguro quedará un eco en nuestros oídos lectores.

El “nuevo comienzo” de una tradición literaria

Archivado en: Ensayo, Narrativa, Reseñas — Raúl Aguilera Ortega @ 28 Febrero 2010

Incisiones: panorama crítico de la narrativa en lengua alemana desde 1945

DREYMÜLLER, Cecilia

Galaxia Gutenberg; Círculo de Lectores, 2008

El tiempo es la materia prima de la crítica literaria. La recepción de una obra, un autor o un movimiento es siempre una cuestión de perspectiva. Por grande que haya sido su éxito o su fracaso, es el decurso de las generaciones lo que los integra o excluye finalmente del canon artístico. Podría sorprender, por eso, el empeño de Cecilia Dreymüller (Eifel, Alemania, 1962), doctora en Filología Hispánica, de abordar en Incisiones los últimos sesenta años de narrativa en lengua alemana, un proyecto muy ambicioso, tanto por su cobertura cronológica como por la amplia nómina de escritores reseñados.

Sin embargo, este ensayo acierta al ofrecernos una visión, a la vez objetiva y subjetiva, rigurosa y fresca, pero nunca definitiva o irrefutable, de una literatura cuya tradición quedó dramáticamente truncada por la II Guerra Mundial y que debió esbozar “un nuevo comienzo” con la referencia ineludible, pero amenazadora, de Thomas Mann, Hermann Broch o Robert Musil. Este esfuerzo de los escritores en lengua alemana ha sido no poco titánico, amén de satisfactorio a juzgar por los premios Nobel que ha recibido su literatura en los últimos años: Nelly Sachs (1966), Heinrich Böll (1972), Elias Canetti (1981), Günter Grass (1999), Elfriede Jelinek (2004) y Herta Müller (2009).

En un intento de periodización de la narrativa reciente en alemán, Dreymüller distingue una primera etapa entre 1945 y 1968, centrada en el intento de autores como Heinrich Böll, Günter Grass o Elias Canetti de depurar la lengua alemana de la contaminación nazi; una segunda etapa entre 1968 y 1989, marcada por los destellos anti-sistema -social, cultural, literario- de Thomas Bernhard, Peter Handke o Elfriede Jelinek; y una tercera etapa, tras la caída del muro de Berlín, en la que destacan nombres como Winfried Georg Sebald o Reinhard Jirgl, no menos atractivos que sus predecesores.

Dreymüller evalúa, por otra parte, la influencia de la diversidad política y geográfica en una literatura que integra a autores salidos de las democracias occidentales, así como de los regímenes comunistas orientales; de mayorías lingüísticas en Estados consolidados, así como de minorías en Estados surgidos de la desintegración del Imperio Austrohúngaro tras la I Guerra Mundial.

En definitiva, Incisiones es una estimulante invitación a la lectura y a la reflexión que nos permite comprobar, con alivio, el alto grado de disponibilidad de la mayoría de las principales obras reseñadas en el catálogo de las editoriales españolas.

La clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí

Archivado en: Poesía, Reseñas — ernesto garcia @ 11 Febrero 2010

poesia_valerie_.jpgDe la ola, el atajo

MEJER, Valerie

Amargord, 2009

Hay muchas formas de estar en la palabra. Para algunos este territorio inquietante se transforma en perplejidad, en sustancia agujereada por donde se cuelan y abisman buena parte de las elucubraciones humanas. Para otros, simplemente, se trata de un medio con el que traducir la realidad objetiva, la que presuponen existe con independencia del lenguaje. Incluso hay algunos, como muy acertadamente nos indica Miguel Casado en su La experiencia de lo extranjero parafraseando a Gilles Deleuze, para quienes la imagen poética levanta acta del carácter no instrumental de la escritura, que no usa para transmitir algo que la precede, sino que existe en cuanto lugar de acontecimiento, donde se abren grietas en aquello que antes vedaba el conocer. Y por abundar aún más, también hay otros para quienes el lenguaje se convierte en una región fronteriza, de proyección y alcance de extrañamientos que reactivan su capacidad de vislumbre. El panorama, como podemos intuir, es variado. Ahora bien más allá del papel que otorguemos a lo lingüístico en la poesía actual escrita en castellano (asunto, por cierto, que tiene más de revisitación de viejas disputas filosófico-filológicas que de auténtico replanteo de la actividad poética), se barrunta en las últimas promociones una sobreabundancia de textos alejados de aquello que Raúl Zurita en el prólogo de este libro denomina “su sentido más urgente”, es decir, su relación con la vida. Desconozco si es signo de los tiempos o hartazgo de una figuración autoritaria. Por favor, no se me malinterprete, no quiero decir que las poéticas, llamémoslas así, de corte ideacional, decididamente metalingüísticas, estén gastadas en el panorama literario. Todo lo contrario, frente a épocas pasadas (especialmente en nuestro diminuto país) podemos celebrar hoy la convivencia de una enorme diversidad de líneas de fuga. Sin embargo, por decirlo vulgarmente, con la que está cayendo, con el mundo que hemos heredado y que seguimos contribuyendo a escribir, con el insoportable dolor social que nos rodea, hay autores y autoras que se han conjurado para recuperar una de las capacidades más insurgentes de la palabra, a saber: su “volverse” a vincular con la vida, su “volverse” a convertir (desde un planteamiento ético y estético) en territorio de disputa. ¿Quiere esto decir hacer una literatura “materialista” en el sentido clásico y periclitado del término? Entiendo que no. Pero sí, quizá, una poesía que se “abra hacia la alteridad”, que recoja con más complejidad las difíciles relaciones existentes entre poesía y realidad. Hacer extraño lo familiar para convertir en familiar lo extraño, hermanar el “viaje interior” con el “viaje exterior” a través de un lenguaje encarnado, visceral, emotivo y con capacidad para producir diálogo e intersubjetividad. Pues bien, en mi opinión, Valerie Mejer y su de la ola, el atajo constituye un ejemplo cuajado y vigoroso de este tipo de búsqueda. Un linaje que la emparenta, creo yo, con lo más perturbador de la poesía contemporánea. Para todos los interesados pueden encontrar este libro en la colección de poesía latinoamericana Transatlántica (http://amargordtransatlantica.blogspot.com).

Pero vayamos a la propia obra. De inicio, la autora mexicana propone siete secciones (de la ola, el atajo; Números rotos; En corto; Dos poemas sobre el salto que dio mi hermano en Edimburgo el 14 de diciembre del 2005; Tres para Z; Unheimliche y Radiación de fondo) cuya arquitectura nos proyecta, como lectores, hacia escenarios diferentes y en tensión. Lo urbano, la naturaleza, las ensoñaciones, los hechos biográficos, el dolor íntimo y colectivo, la imaginación, el recuerdo, la irracionalidad, la figuración, el universo alucinado, la coloquialidad… se vuelven polos de atracción entre medio de los cuales la palabra poética y sus imágenes glosan la discontinuidad. Valerie Mejer, sabedora de la frágil posición del escritor, percute contra el cuerpo de esos mundos diferentes que la rodean con el único instrumento que posee, la palabra, como si en ese gesto estuviese buena parte de la capacidad consciente e inconsciente del sujeto.

Los instrumentos que están cerca de colapsarse

son los más dóciles a la música.

Y es en ese sonoro

               ser casi derruido

que se abre una puerta a la sucesiva llanura.

Porque la palabra de Mejer, por encima de cualquier paradigma, es ante todo pulso vital, desnudez de la propia vivencia, y del mismo modo que el devenir de los seres humanos parece a veces articularse en torno a la relación, la transformación y la desencialización, en su trabajo nos topamos con un fraseo roto, deshilachado, una versificación trimembre asentada en el verso libre, el poema en prosa y la brevedad del metro corto. Los poemas de la autora mexicana son una extensión parpadeante de todo lo humano, sin menoscabo de temas ni emociones. Poesía meditativa (inquiridora) en las tres primeras secciones del libro. Poesía elegíaca en la cuarta estancia dedicada a su hermano. Poesía irracionalista, narrativa, hermosamente surrealizante en sus tres últimos momentos. De la ola, el atajo da cuenta de la multiplicidad de lo vivo, rastrea las inconsistencias del sujeto contemporáneo, arma y rearma la posibilidad de actuar, de ser en la palabra “acontecimiento” como ya dije al principio de esta reseña recordando las palabras de Miguel Casado; interpela a un “otro” que puede ser ella misma o cualquiera de nosotros, pues la “alteridad” parece un viaje de ida y vuelta condenado a transformarnos de raíz. De todos modos cada marbete, cada etiqueta con las que codificamos el decir poético de Valerie Mejer apenas da cuenta de la multiplicidad de registros que este poemario dispersa.

No quisiera acabar sin esbozar el carácter potentemente intersubjetivo de este libro. En él, más que levantarse la voz de un sujeto, lo que se articula es una especie de trama dentro de la cual es posible el orden dialógico, la voluntad de conexión, porque los poemas de Mejer disfrutan de una estructura abierta, atenta a las tribulaciones de un “tú” (o, incluso, un tercero en la sombra) que permanece al acecho, siempre vivo en el texto ya sea de manera presencial, directa, ya sea emboscado tras una inquietante abstracción. En ocasiones esa alteridad puede ser interpretada como un trasunto de la propia voz poética, pero otras muchas, y ahí radica, creo, la intensidad de este libro, mana como una “posibilidad de mutualismo” más allá de la presencia obvia de dos cuerpos en diálogo.

Hace rato hubo relámpagos y ahora la luz se desplaza

y tú, ausente, pareces el fenómeno puro.

Hay un tercer que lo sabe todo. Que se burla.

Si está aquí que se vaya.

(del poema “Pie de página”)

Quizá esa “clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí” sea la propia posibilidad de comunicación, el propio reconocimiento de la palabra como escenario para lo yermo y también para lo habitado, de ahí que cada poema de Mejer tiemble entre los límites de la condición de estar vivos o, como iluminadoramente nos señala Raúl Zurita en su prólogo, la urgencia de que la vida quepa en los escenarios claustrofóbicos de las palabras.

El camino de la excelencia

Archivado en: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 6 Febrero 2010

El camino de la oruga

MIJE, Javier

Acantilado, 2003

“Al otro lado del cristal, Bruno veía las caras brillantes de aceites, veía a los niños correr, a familias enteras que seguían una línea ordenada hasta llegar a la orilla […] Lo que veía más allá del cristal era un camino de orugas, un camino de babas, lento, seguro y feo. La vida no era más que eso, y esa era la senda de la que se había apartado. Bruno pensó que todo el secreto de vivir consistía en soportar la fealdad. Fuera de allí no había otra cosa que el caos”. Bruno y Laura, los personajes de “El color del mar”, el último relato de El camino de la oruga, primer libro de Javier Mije (1969), están persiguiéndose a sí mismos y están buscando un lugar en el mundo, pero no pueden evitar constatar que se encuentran a un lado del cristal y todo lo demás, al otro.

La literatura -parece sugerir este extraordinario autor novel- nace de un ejercicio de la mirada, como en el relato “Toda la vida”. La belleza, la felicidad y el orden, si existen, son descubrimientos de la percepción a nuestro propio lado del cristal, y por eso no hay necesariamente una correspondencia exacta con las apariencias de la realidad que se encuentra al otro lado. De la síntesis entre estas dos direcciones de ida y vuelta surge esa emoción arrasada, esa zozobra que sentimos cuando terminamos cada una de estas piezas magistrales.

El punto de partida de estos relatos es el realismo: la rutina laboral (”Sabio en esperas”), los celos (”Es por ti”), la soledad (”Grimbergen”), la memoria (”Corredor de fondo”). No obstante, si atraen de forma tan admirable, es porque ajustan el enfoque de nuestra mirada abriendo paso a lo inexplicable: el laberinto (”Un juego de espejos”), el doble (”Toda la vida”), la ironía (”El efecto mariposa”), el azar (”La furtiva”).

Quizá la aportación más significativa de Javier Mije sea haber sabido depurar sus relatos de artificiosidad. Su técnica narrativa debe mucho a la tradición de los grandes especialistas de la narrativa breve, pero resiste a la tentación de abusar de esos giros sorpresivos finales o de esas acciones que repentinamente cobran un sentido nuevo en el último párrafo. Pese a algún exceso metafórico y estilístico, debemos reconocer, por otra parte, que nos hallamos ante narraciones de gran densidad conceptual y precisión expresiva. Ojalá Mije reanude pronto este camino a la excelencia y tengamos que esperar poco para leer su próximo libro.

Por la puerta grande

Archivado en: EEUU, Poesía — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 25 Enero 2010

Raymond CarverTodos nosotros

CARVER, Raymond

Bartleby Editores, 2007

Pese al reconocimiento y la admiración creciente que ha despertado la obra narrativa de Raymond Carver (1938-1988) en los últimos veinticinco años, puede decirse que no ha ingresado en el canon de la literatura contemporánea de los Estados Unidos hasta agosto de 2009, con la publicación completa de sus relatos en la Library of America, donde por fin su pluma inconfundible se codea con la de Nathaniel Hawthorne, Henry James, William Faulkner o Saul Bellow.

En sus más de treinta años de vida literaria, Carver fue más que un gran narrador: fue también un enorme poeta. O, mejor dicho, fue siempre poeta, un poeta que unas veces escribía en verso y otras veces, en prosa. Por eso hay que agradecer a Bartleby Editores y al traductor Jaime Priede su generosidad al ofrecernos un regalo de los que llegan pocas veces en la vida de un lector: Todos nosotros, una edición bilingüe que recoge los cuatro libros de poesía de Carver y que se basa, a su vez, en la recopilación que hizo su mujer, Tess Gallagher, de sus versos en 1996 bajo el título All of us.

La poesía de Carver es poesía, sobre todo, porque no lo parece:

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

Cuatro años después de escribir estos versos pertenecientes al poema “Mi muerte”, Raymond Carver fallecía en su casa de Port Angeles, Washington, vencido finalmente por el cáncer. Junto a él estaba Tess Gallagher, a quien había conocido diez años antes y con la que se había casado hacía apenas seis semanas.

Como era de esperar en alguien que luchaba por sobrevivir al alcoholismo y la bancarrota, la muerte tenía que ser uno de los ejes primordiales de su poesía. No sólo de los últimos poemas y, en general, de Un sendero nuevo a la cascada, el magnífico libro en el que Carver trabajó al final de su vida y fue publicado póstumamente. Está presente en sus innumerables poemas sobre el alcoholismo (”Vino”), la soledad (”Miedo”), el amor (”Mi mujer”), la caza (”Límites”), la escritura literaria (”Tu perro se muere”) o las relaciones entre padres e hijos (”La cartera de mi padre”). Y la muerte es también el mejor pretexto posible para darle la vuelta al tópico latino del Ubi sunt? (”Dormir”).

Pero, al final, cuando llega la muerte, lo importante es haber amado la vida y a quienes la han compartido con nosotros, como en el poema “Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar”:

Me quedé allí un rato bajo la lluvia.
Me consideraba el hombre más afortunado del mundo.
Incluso cuando me pasó por encima una ola de pena.

O en “Último fragmento”, inscrito como epitafio en la tumba de Carver:

¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.

Construyendo país lejos de Euzkadi

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 17 Enero 2010

La patria de todos los vascos

ZALDUA, Iban

Lengua de trapo, 2009

“Al nacionalista le obsesiona la idea de que el pasado puede ser alterado. Malgasta parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que los hechos ocurren tal como deberían haber ocurrido”. George ORWELL

Esta cita, que abre el libro, guía los pasos de esta “nouvelle” de Iban Zaldua, una de las voces más pujantes de la literatura vasca actual, junto con Unai Elorriaga, autor de “Tranvía a SP” y el recientemente galardonado Kirmen Uribe, cuyo nombre saltó a los medios por ser el autor del poema que leyó Patxi López en su toma de posesión como Lehendakari, amén de obtener el Premio Nacional de Narrativa en 2009.

Joseba Anabitarte es un profesor que decide aceptar un puesto temporal durante un semestre en la Universidad de Anchorage (Alaska) para impartir a una docena de estudiantes la asignatura de “Introducción a la historia y cultura vascas”. Este exilio voluntario le permitirá aislarse de las tribulaciones políticas de su tierra. Tras la desidia inicial, y un poco por diversión, irá entusiasmándose con el temario hasta crear una historia alternativa anclada en la ficción, más propia de un nacionalista desquiciado y megalómano (y tremendamente cáustico) que de un serio y riguroso profesor universitario.

El asunto tiene su gracia pues con un humor corrosivo y certero, el retrato histórico del País Vasco resulta grotesco, a pesar de acumular tópicos euskaldunes y ser en ocasiones algo liviano y superficial. Ejecutada con ingenio y agilidad, algunos episodios como el divertido retrato del alumnado extranjero fascinado con la mitología euskalduna y el desarrollo de la programación de la asignatura son buenos ejemplos del enfoque humorístico del libro.

En definitiva, una novela corta en la que toda la trama, incluido el giro argumental de la última parte, no es más que la metáfora de esa distorsión de la realidad que todos y cada uno de nosotros tenemos hacia nuestra patria, con todos los condicionamientos del caso vasco en este caso, claro está, pues Iban Zaldua también es profesor de la Universidad del País Vasco y, sin duda, sabe de lo que habla.

Dos libros para aprender a “leer”

Archivado en: España, Reseñas — ernesto garcia @ 7 Enero 2010

resena-conjunta.JPGEscribir un poema

GARCÍA, Eduardo

Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2003

Un pistoletazo en medio de un concierto: Acerca de escribir de política en una novela

GOPEGUI, Belén

Editorial Complutense, 2008

A veces las cosas no son lo que parecen. A veces resulta que los libros que se dirigen a futuros escritores desbordan sus propios objetivos y acaban depositándose en la antesala de la lectura, de la simple lectura. A veces incluso el arte de escribir transmuta en el arte de leer, un desafío mucho más audaz, necesario y difícil que la propia creación. A veces los libros orientados hacia la técnica acaban por desvelar el misterio de la mirada, el sentido íntimo de la contemplación. Esto es lo que sucede, a mi juicio, con los dos textos que reseñamos hoy.

Se trata de propuestas muy distintas. En el primero el excelente poeta Eduardo García desmenuza sin ampulosidad los fundamentos del arte poético, de tal modo que cualquier potencial autor puede a través de sus páginas bucear en las contradicciones, tensiones, hábitos e, incluso, atajos por donde transcurre la labor lírica. El segundo de los textos es una conferencia pronunciada por Belén Gopegui en la Universidad de California en 2006, donde la narradora madrileña, emboscada tras la máscara de un joven militante revolucionario, da buena cuenta de las dificultades y necesidades de hablar de política en la novela. A priori nada parece unir estos dos libros. Nada parece orientarlos hacia el arte de la lectura. Sin embargo, tal y como ha sugerido Vicente Luis Mora en su estupendo libro “Pasadizos” (Páginas de Espuma, 2008), existen vasos comunicantes inconscientes entre distintas manifestaciones artísticas. En este caso, Eduardo García y Belén Gopegui más que radiografiar desde la perspectiva del escritor aspectos técnicos, dibujan todo un mapa sobre el hecho lector, sobre la necesidad de rigor en el propio ejercicio de lectura, sobre la necesidad de “ampliar” el espectro y la mirada, rescatando muchas laderas de la realidad o la imaginación escondidas o, en ocasiones, erosionadas por una educación y un pensamiento hegemónico contrario a la propia complejidad del hecho literario. Me explicaré. En su libro Escribir un poema más allá de ofrecernos una guía (que también) sintética de las herramientas conceptuales disponibles para un potencial escritor, lo que emerge es toda una panoplia de posibilidades para “descubrir” lo poético, desterrado de la temible educación “acumulativa” recibida en las aulas. Frente al poema entendido como acertijo, como objeto para iniciados, Eduardo García reivindica su carácter emocional, visual, contemporáneo y directo. La poesía no se trata de un conciliábulo para minorías, porque se proyecta hacia un campo de juego lleno de posibilidades para cualquier lector. Es, ante todo, un texto orientado a la difusión de la palabra poética y hacerla accesible a todos aquellos que deseen bucear en ella. Se evita lo retórico, lo afectado, para entrar de lleno en el mundo de la palabra libre de prejuicios y volcado hacia una generosidad de taller. El misterio de la escritura poética se pone al alcance de todos nosotros. En el mismo sentido pero en un eje conceptual diferente, Belén Gopegui, más que reivindicar (que también) la necesidad de construir propuestas narrativas que vuelvan a repensar lo político dentro de lo artístico, lo que esboza es un modo de volver a mirar la novela. A través de su intervención descubrimos hasta qué punto un personaje no es algo inocuo, alejado de su contexto. Hasta qué punto la arquitectura narrativa, la elección de las situaciones, los referentes literarios, el tipo de héroe no son meros aciertos (o desaciertos) estilísticos. Está en juego toda una concepción del mundo que habitamos y por eso es necesario posicionarse como escritores pero también como lectores.

La lectura tampoco se trata de un acto inocuo. Al elegir qué libro leemos estamos escogiendo un mundo, estamos optando por comprender o enceguecer, por huir o ser partícipes, por impregnarnos de la complejidad de lo existente o por escondernos detrás del puro placer. Decir esto no es elegir entre realidad o ficción, entre razón o emoción, ni tampoco entre estéticas realistas o imaginativas. Lo que estamos diciendo es que “la lectura”, implica un acto creativo tan importante como el propio ejercicio de escribir, y estos dos textos ponen encima de la mesa hasta dónde esta aseveración es algo más que una frase más o menos ingeniosa. Por encima de escritores una sociedad necesita lectores, buenos lectores, atentos a las tensiones de lo vivo pues no se crean que es fácil ser un buen lector. Se requiere esfuerzo, tiempo, apertura intelectual, curiosidad, disciplina, rigor, sentido crítico, generosidad… En contraprestación la lectura nos regala placer, deleite, comprensión, amplificación de la experiencia, conocimiento de lo extraño, desborde de nuestros propios límites, memoria de nosotros mismos. Eduardo García y Belén Gopegui parecen ayudarnos (o, al menos, esa ha sido mi interpretación) en este ejercicio y por eso su lectura, más que recomendable para futuros escritores, se hace necesaria para nosotros, lectores, necesitados de afianzar esta labor tan precaria pero a la vez tan imprescindible.

Eco de tragedias silenciosas

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 21 Diciembre 2009

Inquietud

LEIGH, Julia

Mondadori, 2009

Cierro el año lector con una novela breve que bebe de Coetzee; un intenso trago en forma de relato duro, seco, austero y realista hasta la crudeza que narra de forma magnética y perturbadora. El licor viene destilado por las manos de Julia Leigh, una joven escritora australiana muy reputada en los círculos críticos anglosajones pero prácticamente desconocida en nuestro país. Este es su segundo libro nueve años después de El cazador, su debut literario.

Inquietud nos traslada a un castillo aislado en medio de la campiña francesa, próximo a un lago, entre vastas praderas y bosques y alejado de otros núcleos de población. Este entorno de ambiente oscuro está poblado por los secretos de los personajes y cuajado de ausencias y recuerdos. Sobre todo los que habitan en las mujeres protagonistas; por un lado la del pasado de Olivia, que persigue incansablemente a la protagonista en forma de hematomas en el cuerpo y heridas en el alma; por otro la de su cuñada Sophie, que recorre la casa con un fardo en el que lleva a su hija Alice muerta nada más nacer.

El castillo es una suerte de Brideshead, que “revisita” Olivia con sus dos hijos viajando más de 10000 kilómetros para huir de su verdugo y refugiarse en el rancio abolengo de su familia, que dejó atrás hace casi 12 años. Allí encuentra a su anciana madre postrada en una silla de ruedas, fatigada de vivir. También habitan la casa el hermano de Olivia y su esposa, que acaban de regresar del hospital.

La atmósfera densa, opresiva, los silencios, la contención y el secreto en el que viven todos los personajes da lugar a escenas hipnóticas que inquietan y sobrecogen a este lado de las páginas. Y es que detrás de los comportamientos, las miradas y las palabras, gravita algo inquietante y turbador. Bien dosificadas, las elipsis narrativas articulan un texto en forma de episodios o secuencias, teselas de un mosaico que revelan una sombra deformada que deja muchas cosas fuera de cuadro, pero en el que hay sitio para la maternidad, la huida, los recuerdos y la desolación. Sobre todo para esas mujeres heridas, las golpeadas brutalmente por un drama que saben que marcará el resto de sus vidas. En estas páginas resuena en su interior el eco de tragedias silenciosas.

Últimos fulgores de una época

Archivado en: Hungría, Narrativa, Novela, Reseñas — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 10 Diciembre 2009

Los días contados

BÁNFFY, Miklós

Libros del Asteroide, 2009

La historia del siglo XX no se entiende sin la desintegración del Imperio Austrohúngaro en 1918 al finalizar la I Guerra Mundial. Forjado en 1867, el Imperio tenía la forma de una monarquía dual, pero en realidad integraba numerosos territorios, como Bohemia y Galitzia al norte y los fragmentados Balcanes al sur. La Europa de hoy en día es heredera de las contradicciones de este polvorín que no tardó en saltar y, de un modo u otro, sigue dando coletazos, como se pudo comprobar a raíz de la proclamación de independencia de Kosovo en 2008.

Hacernos comprender el alcance de la disolución política, social, económica e incluso moral del Imperio Austrohúngaro a comienzos del pasado siglo es el gran acierto del aristócrata, diplomático y novelista húngaro Miklós Bánffy (1873-1950) en Los días contados (1934). Ambientada en los primeros años del siglo XX, esta obra es una creación portentosa que nos acerca a los últimos fulgores de una época. Sin embargo, su valor como obra de arte va mucho más allá, puesto que nos enfrenta a la realidad de cualquier sociedad al borde del abismo, de cualquier momento histórico, pasado, presente o futuro.

Al fresco incomparable de la Hungría rural y urbana de hace ya un siglo, que late en carne viva en el escalpelo estilístico de Bánffy, se superponen diversos argumentos entrecruzados con extraordinaria maestría entre banquetes y neveros, entre bailes y cabañas, ente duelos de honor e ilusiones campesinas. En ellos, los avatares que zarandean a los personajes nos van revelando poco a poco su compleja psicología de funámbulos de la Historia, incapaces de reconocer los signos de que el final de su tiempo acecha dramáticamente: las camarillas que conspiran en los pasillos del Parlamento y tratan de arrastrar a Bálint Abády o las interminables partidas de póker de las que Lászlo Gyeroffy no se retira casi nunca o el matrimonio sin amor y el amor sin matrimonio de Adrienne Miloth.

Los días contados es la primera parte de la Trilogía transilvana, publicada entre 1934 y 1940 por Miklós Bánffy y que Libros del Asteroide acaba de empezar a editar con cuidado primoroso. Ojalá salgan pronto de las prensas Las almas juzgadas y El reino dividido.

Cajón desastre

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 2 Diciembre 2009

Soy una caja

CARRERO, Natalia

Caballo de Troya, 2008

Debuta Natalia Carrero con esta novela siguiendo una premisa clara que siembra en una de sus páginas: “tú, lector del siglo XXI, observas las huellas que voy dejando en el papel y con ellas te formas una idea que nada tiene que ver con lo que te cuento”.

En primera persona, la narradora y coprotagonista, Nadila, es una insegura escritora primeriza que quiere crear y confía en la fuerza imparable de la literatura. Un día encuentra casualmente un libro de Clarice Lispector y la prosa de la escritora brasileña la atrapa irremisiblemente. También la fascinación por la mujer que está detrás del texto, por la creadora y por sus circunstancias vitales. A raíz de este acercamiento ambas mantendrán tres sustanciosos diálogos sobre vida y literatura.

Nadila busca conocerse a través de la inmersión en la obra y biografía de Lispector, y cualquier soporte es útil para lograrlo. Precisamente por eso en el interior de este libro caben desde textos de correos electrónicos, hasta fotografías de cajas decoradas, pasando por cartas, dibujos esquemáticos, notas manuscritas y minipoemas. Es esta “novela posmoderna”, un collage, un trasunto de ficción, biografía ajena y autobiografía propia dominada toda ella por el fragmentarismo y la introspección. Autobiografía porque Nadila es un alter ego de la propia Natalia Carrero, biografía porque sigue episódicamente la vida de Lispector y realismo mágico en los ya mencionados diálogos entre ambas o en las apelaciones a los lectores.

“Soy una caja” es para muchos críticos una de las más destacadas novedades del pasado año, “una novela del siglo XXI”. Ciertamente así parece, pues muchas de las narraciones que reciben este calificativo son, por lo general, obras en las que la historia no importa, en las que no hay trama. En la caja de estas novelas posmodernas hay sitio para muchas cosas, albergando en su interior materiales gráficos y materias primas narrativas, pero el hilo argumental no aparece por casi ningún lugar, carecen de historia. Eso mismo ocurre en este caso.

Se agradece la audacia de tratar de romper fronteras entre ficción y realidad (narrar de otra forma es posible), pero el texto resulta desigual y alterna momentos de intensidad (por lo general relacionados con las circunstancias biográficas de Lispector) con pasajes tediosos, protagonizados generalmente por Nadila y sus reflexiones. Es lo que tienen las cajas: en ellas cabe casi de todo, pero luego las cosas pueden salir algo dañadas si no se colocan siguiendo algún orden o criterio, más allá de la hagiografía como eje conductor.