Occidental y refugiado. Una historia

Archivado en: Bélgica, Cómic, Reseñas — jesús e. pérez @ 12 Mayo 2012

Vanistendael y carpetaSofia y el negro

VANISTENDAEL, Judith

Norma, 2010

Este (auto)retrato sentimental y afectivo de Judith Vanistendael (Lovaina, 1974) sigue la línea de cómics escritos por mujeres con un fuerte componente biográfico. Es el caso de Persépolis o Fun Home (recientemente reseñado en este blog). La autora belga desgrana un episodio de su vida huyendo de todo patetismo y dramatización. Con un tono amable y evocador, libre de rencor y rabia, avanza en pos de una empatía cercana y no de un impacto emocional que lleve al desgarro ni al sentimentalismo.

Su formato díptico funciona por su complementariedad y ensamblaje para conformar un relato interesante y bien contado. Lo forman dos partes, editadas originalmente en dos volúmenes independientes y con dos años de diferencia, que en España se han publicado conjuntamente y que encajan como una tuerca y su arandela, abrazando un tornillo argumental, con firmeza, capaces de sujetar el armazón de la historia y de dejar la elipsis adecuada, la que omite lo prescindible, lo tangencial. Dos partes que son dos relatos de un mismo hecho con diferente narrador.

EL CUENTO DEL PADRE ESPECTADOR
Imagina que tu hija se enamora de un refugiado togolés, sin papeles, dinero ni lugar donde vivir. No hace falta que imagines (se da por hecho) que el gobierno lo perseguirá y que los prejuicios flotan en el ambiente, en todos los ambientes: familiar, social… Si eso te ocurriera… ¿cómo reaccionarías? ¿Lo aceptarías?

Tú mismo ya lo habrás podido deducir, no estamos ante un relato político ni rabiosamente reivindicativo, solo es una historia de amor entre dos personas de diferentes procedencias: una odisea sentimental, un viaje a la relación de Sofía y Abú, la occidental y el negro que busca asilo.

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EL CUENTO DE ABÚ Y LA ORUGA
– Érase una vez…
– ¿Cuándo los animales no hablaban y papá todavía no existía y cuando yo todavía no había nacido?
– Sí, entonces…
– Ah…
– Pues bien, un día mamá conoció a Abú, el príncipe negro…

Cuéntale tu historia a tu hija tras un encuentro casual con él, con Abú. Será una historia triste contada de forma alegre: dile cómo os conocisteis, pero no desveles qué os separó; los cuentos no siempre tienen final feliz y a veces los demonios nos persiguen y nos alcanzan; la realidad también está hecha de tonos grises, más allá del blanco y el negro. Para cuando llegues a esa parte del relato, quizá tu hija ya duerma y siga soñando con su oruga… y con Abú.

No importa si este cómic tiene algo de autobiográfico o no, tampoco importa el reconocimiento obtenido durante dos ediciones consecutivas en la selección oficial del festival de Angouleme. Solo hay lugar para esos cuatro años de tiempo interno, crónica de algo más que una sencilla historia de amor, y, sobre todo, la manera en la que está contada: a través de una evolución del dibujo, que pasa de un estilo más convencional y rígido hacia una mayor libertad y preponderancia del trazo sobre el texto, lo que resulta ideal para la forma de cuento infantil que adopta en su segunda mitad. El manejo del tiempo y un tratamiento exquisito, onírico a veces, visionario otras, amplio y realista en ocasiones; todo ello hace de este cómic una obra literaria sobresaliente.

Encrucijadas y recorridos incipientes

Archivado en: Chile, Cuentos, Narrativa, Reseñas — jesús e. pérez @ 30 Abril 2012

Mujer y ChileJunta de vecinas. Antología de narradoras chilenas contemporáneas

VV.AA.

Algaida, 2011

Me veo embarcado en un viaje literario por la más rabiosa actualidad del panorama literario chileno, conformado en este caso por sus escritoras, cuya obra se despliega en una muestra-abanico de su obra narrativa.

¿Notas comunes? La mayoría de las 17 autoras chilenas que conforman con sus relatos este libro, han nacido en la década de los 70 y casi todas ellas son santiaguinas, con formación superior y lazos académicos en EEUU.

¿El libro? Una antología sugerente y heterogénea; es una prueba evidente de que las mujeres escritoras en Chile forman un colectivo muy activo, renovado e inquieto, una manera de comprobar algo que ya sospechábamos: que más allá de Gabriela Mistral y de Isabel Allende hay otra literatura menos complaciente y lírica, más convulsa y que mira con ojos curiosos el mundo que le rodea. Nos encontramos ante relatos muy diversos, con cierta tendencia a recoger en sus tramas la figura de la madre, a desarrollar la materia narrativa en entornos y ambientes urbanos y a recrear lo evocado: el recuerdo íntimo y personal, rescatado de la memoria, que se convierte en materia literaria. Además también puede apreciarse cierta querencia por la narración en primera persona; un ligero grado de abstracción y la frecuente aparición del flujo de conciencia son otros de los rasgos que consiguen que aflore el subconsciente más íntimo de los personajes, al modo psicoanalítico.

Este muestrario y panorama de las mujeres escritoras del “país-pasillo” presenta una notable diversidad en las propuestas narrativas, que alternan entre la personalidad propia y la búsqueda de su identidad como creadoras. Es pues, una aproximación a una obra en marcha, a unas trayectorias que, en la mayoría de los casos, no han hecho más que comenzar, a recorridos incipientes en construcción, muchos de ellos tan prometedores como desconocidos en España. Y lo cierto es que el panorama parece más sugerente que el de nuestro país, lo que vuelve a confirmar que quizá debamos centrar la mirada de la literatura en español en las literaturas de ultramar, con las que compartimos idioma y de las que nos separa la displicencia del que cree que mira por encima del hombro, con ojos de “la madre patria”.

Caben muchas temáticas en esta miscelánea, en este escaparate diáfano elaborado con pulcritud por una de las escritoras, Claudia Apablaza, autora también de un interesante prólogo que bajo el título de “Infancia y desarraigo” pulsa con acierto la cuestión, para después ordenar a las escritoras alfabéticamente y comenzar cada relato con una biografía sintética de su autora.
En estos cuentos la amargura del desamor vive al lado de una crónica de viajes, de una apelación a mundos oníricos o de la soledad de la enfermedad. A la vanguardia, autoras como Andrea Jeftanovic o Andrea Maturana comparten páginas con las inéditas Carolina Melys y María Paz Rodríguez. Todas más o menos embarcadas en encrucijadas y recorridos incipientes, a lo que Junta de vecinas permite aproximarse con ojos curiosos y mirada reveladora.

Buscar, confesar, desconocer.

Archivado en: Cómic, EEUU, Reseñas — jesús e. pérez @ 20 Abril 2012

Ícaro. Dédalo. Ian Francisco SorianoFun Home

BECHDEL, Alison

Mondadori, 2008

Confieso que no sé cuál es la diferencia entre un cómic y una novela gráfica. A veces yo mismo también he usado la denominación historieta, sin valor peyorativo.

Desconozco si esta forma de narrar es el noveno arte. >< Descreo de aquellos que piensan que es un género menor.

… Y disfruto de mis esporádicas incursiones en este difuso coto literario que enriquece la palabra con expresión gráfica. Así lo siento, y creo que lo logra, al menos, este álbum que tiene forma de heptágono emocional paterno-filial.

 

Avalada por la crítica, Fun Home es una “Bildungsroman-Grafik” que supone una mirada a la búsqueda y construcción de la identidad de su protagonista, un retrato de la relación de la propia autora con sus padres. El tema no es nuevo, pero sí lo es el calado y la eslora de lo que navega en estas procelosas aguas de la evocación.

 

Solo así se revela una trama de aprendizaje y descubrimiento a través de un texto y unas imágenes muy personales, construidas en negro y verde, casi como aquellos monitores monocromos de finales de los 70. Más allá del código binario, el de aquí no está hecho de ceros y unos (de encendidos y apagados), sino de lectura(s) e identidad(es) sexual(es), piedras angulares de una historia que se abre con un vuelo que se prolonga en el final hasta convertirse en inmersión. No es Ícaro surcando el cielo junto a Dédalo, son ambos confundidos. Alison Bechdel de la mano de Bruce, y viceversa: un padre de la mano de su hija.

Buscar en la memoria empuja al buceo en fotos, cartas, diarios y recuerdos personales que encuentran una coherencia; guiada por Proust y Joyce, la autora establece una mirada privilegiada con su familia y consigo misma, un recorrido en un universo íntimo que es, al mismo tiempo, reflexivo y recíproco; un zoom óptico en 7 movimientos progresivos que rompen la barrera del tiempo y sus desencuentros, que son capaces de ser, casi a la vez, severos y comprensivos con lo evocado.

Admirable autoprospección: retrato de un padre embebido en pasiones silenciosas y clandestinas… Fun [/ eral] home es minuciosa y entretenida, profunda y sugerente, tan honesta como el recuerdo sincero y tan tramposa como la memoria y la evocación. Siete lados que tratan de cerrar un espacio propio difuso, a través de unas imágenes que articulan un hilo de “flash-backs”, que trascienden lo lineal… hacia lo esencial.

Universales del aprendizaje

Archivado en: EEUU, Narrativa, Novela — jesús e. pérez @ 9 Abril 2012

Una temporada para silbar

DOIG, Ivan

Libros del Asteroide, 2011

“Estaba en ese momento de la vida en que uno todavía es un niño pero ya empieza a ser un hombre: de repente, tuve conciencia de todo a mi alrededor”

Casi puede tocarse este retrato del noroeste americano a principios del s. XX. Vemos resbalar el sudor de los colonos y rancheros, su mirada desconfiada hacia un cielo cargado de sequía y ante una tierra que se anega de esperanzas y de esfuerzo. Son los mismos que contemplan el horizonte y porvenir del pequeño pueblo de Marias Coulee: la escuela rural unitaria, poblada por dos docenas y media de niños y niñas entre los 7 y los 16 años de edad. Todos hijos de familias provenientes de otros estados de la Unión e incluso de diversos países europeos.

Pronto se palpa la solidez de Ivan Doig, su rigor narrativo y su brillante capacidad para contar historias; solo así el autor es capaz de encontrar la tecla adecuada en la infancia de tres hermanos huérfanos de madre. El tacto lo halla en la voz narrativa del mayor de ellos, Paul, que 45 años después e inmediatamente antes de tomar una importante decisión en su trabajo como superintendente educativo del estado de Montana, recuerda el curso escolar 1909-1910. Lo hace con una mezcla de nostalgia y descubrimiento, de aprendizaje y de adquisición de madurez y responsabilidad.

Sin preámbulos, el detonante de la trama es un hecho cambia la vida de la familia Milliron y la de todo el pueblo: la llegada de Rose, un ama de llaves, y de su hermano Morris, que tras la fuga de la maestra, pasará a ser el profesor sustituto en la escuela del pueblo. Ambos provienen de Minneapolis y, como antes lo hicieran muchas otras familias, acuden a la llamada de Montana para comenzar una nueva vida desde cero.

Con solidez y emoción, con una soberbia capacidad para crear un ambiente y unos personajes que se corporeízan ante nosotros, rememorando la infancia y dando un salto desde el papel, se entrecruzan el aprendizaje, el sentido de las palabras, la búsqueda del significado contextual y el paso del cometa Halley en la primavera de 1910 frente al lanzamiento del Sputnik en 1957. Anteayer y ayer en Montana. Esa es una de las claves del relato, acaso la más importante: el retrato de la vida y la naturaleza de este agreste estado, un marco incomparable para la historia, una región de soberbios paisajes en la que nació el propio autor y en la que está ambientada casi toda su obra. Y justo ahí, vemos abierta la ventana a lo que trasciende, a los universales del aprendizaje y del sentimiento, a la emoción que supura el recuerdo, a la mirada que contempla vida y entorno… y definitivamente ocurre uno de los milagros narrativos más esperados y esporádicos: lo local, el particular aprendizaje emocional, se convierte en universal.

“Buena parte del trabajo de mi vida ha consistido en separar el aprendizaje de la ilusión, y en la infinita galería de imágenes que se extiende tras los ojos, he aprendido a confiar en el brillo de ciertos detalles a la hora de rescatar un momento con exactitud”.

Extensión y herida

Archivado en: España, MEMORIAS, Narrativa, Novela, Reseñas — jesús e. pérez @ 29 Marzo 2012

Ora pro nobis (2000). Juan GiraltTiempo de vida

GIRALT TORRENTE, Marcos

Anagrama, 2010

Resulta curioso comparar el Premio Nacional de Narrativa 2010, Anatomía de un instante (Javier Cercas; Mondadori, 2009) con este Tiempo de vida, ganador del mismo galardón en 2011. Ambos son dos libros que manejan lo híbrido magistralmente: la materia de vida (histórica, en un caso –el 23-F–, y personal –la muerte del padre–, en el otro) transida de subjetividad. Asimismo ambas emplean el filtro de un narrador muy tangente al autor, y que solo es lo primero gracias a la experiencia real del segundo. De lo general a lo particular, que es individual y vuelve a ser colectivo: galardones pendulares  y parte de un mismo movimiento.

Porque el gran tema de este libro es, quizá, el gran tema de la literatura moderna: la identidad, la búsqueda y repaso de los hechos, pensamientos, acciones y omisiones (ligadas en este caso a la figura y a la relación con el padre); y cómo configuran nuestra personalidad… y, por supuesto, de qué forma la literatura ejerce como caleidoscopio de esa realidad/ficción.

Contextualizo: Marcos Giralt Torrente es hijo del pintor Juan Giralt, fallecido en 2007 y (co)protagonista de este inventario de recuerdos organizados en una cronología lineal con algún receso para la caracterización y la autoexploración. No estamos ante una ficción clásica, transimos territorios pantanosos, aquellos que tienen mucho de autobiografía, de ensayo íntimo, de memorias, de crónica de la relación entre un padre y un hijo. Pero el verdadero valor de este tortuoso viaje se halla en una voz narrativa que consigue ser personal, firme, severa e indulgente al mismo tiempo, tan crítica (y autocrítica) como serena…

…Alguien que huye del maniqueísmo y de la dramatización gratuita. Con un discurso honesto, conciso y capaz de aflorar y hacer aflorar ante nosotros un minucioso y emocional almanaque de hechos, algo más que un registro paterno-filial, acta de revelaciones y detalles que son a un mismo tiempo causa, síntoma y placebo de la relación.

Pero tortuoso es el camino que lleva hasta uno mismo, a escribir de uno, a sortear el pudor sin caer en el patetismo. Por eso las dudas jalonan el terreno: “Me pregunto si mido bien el carillón de recuerdos con los que pretendo acercarme a una objetividad imposible.”

La ausencia deliberada de nombres propios evita la identificación inequívoca, aleja el dedo acusador de personas en concreto, con un gesto que parece partir de un deíctico Yo-Tú-Los otros, tan universal como objetivo. Pronto se aprecia que resulta sintomático que la segunda mitad de este libro esté dedicado a los últimos dos años de la vida del padre, de 2005 a 2007. Desde el diagnóstico de la enfermedad, a contrarreloj, la relación se intensifica.

Consciente de saber que trasciende el ámbito particular, este Tiempo de vida se plantea preguntas que no tienen una respuesta, cuestiones aparentemente individuales que resultan indudablemente universales: “Nuestras cuitas no son nuestras en exclusiva. Quien más y quien menos, en mayor o menor grado, de una forma o de otra, se ha enfrentado a ellas”.

La extensión de la herida tiene forma de interrogación. El tratamiento literario no borra la cicatriz y alterna lo cauterizante con lo balsámico.

Mi(s)tificación de la farmacopea lectora

Archivado en: Ensayo, España, Reseñas — jesús e. pérez @ 19 Marzo 2012

Xmark.noLa manía de leer

MORENO, Víctor

Caballo de Troya, 2009

Aprehender y delimitar en su justa medida algo tan etéreo e inconcreto como son las causas, consecuencias, motivaciones e implicaciones del acto lector en la persona y en la sociedad es la hercúlea tarea que se propone en este libro Víctor Moreno, un autor con una dilatada trayectoria en publicaciones centradas en la animación a la lecto-escritura. Bueno, esa y de paso combatir contra el fundamentalismo lector que saca de derechas e izquierdas su artillería apologética basada en tópicos, lugares comunes y efectos milagrosos.

Con este objeto de estudio tan escurridizo y de difícil concreción, es comprensible que, en ocasiones, el Moreno de esta copla vuele en círculos concéntricos sobre la cuestión y le cueste tomar tierra, pues el temita se las trae. Hartos y hartas (va por ti, Bosque) estamos de escuchar todo tipo de afirmaciones categóricas sobre los inagotables beneficios que “proporciona” la lectura: que si cura la intolerancia, que si nos hace ser mejores personas, que si nos convierte en más demócratas, que si es la mayor y mejor portadora de valores universales, que si es el único medio para bucear en nuestra realidad interior… Se/Nos lo hemos oído decir a leyes, medios de comunicación, intelectuales de todo pelaje y condición, ministerios de cultura, profesorado, planes de fomento de la lectura e industria editorial; con un mismo resultado: la metáfora concluyente (“habitar otros mundos y vivir otras vidas”) sustituye a la reflexión y lo hace con resultados infructuosos. No, así no se ganan adeptos a la causa.

El caso es que a nuestro alrededor vemos y convivimos con muchas personas que no leen (más del 50% de los y las que nos rodean) porque no les gusta, no les apetece o vaya a usted a saber el motivo. Sin embargo, no cejamos en nuestro empeño de evangelizarlos en el milagro lector desde, por qué no decirlo, un punto de vista algo elitista y pretendidamente intelectual que nos lleva incluso en ocasiones a mirar por encima del hombro a la masa no lectora. Es ridículo (y contraproducente) atribuir cualidades milagrosas a los libros… ¿por qué no hacerlo con la música, la pintura, el cine o las nuevas tecnologías?

Y como bien apunta Víctor Moreno con acierto y colmillo, la cuestión no radica en la cantidad de lecturas ni en su condición de clásicos literarios o no, sino más bien en el aprovechamiento y la reflexión que le demos a lo que leemos; ya saben, aquello de que el libro pase por nosotros y no nosotros por las páginas del libro. En su recorrido por el bosque (esta vez no el académico -obsérvese que ahora lo he escrito con minúscula-), son muchos los lobos que amenazan a caperucita-libro: los prejuicios de la crítica, las gafas de la ideología, la soledad y el esfuerzo que comporta, las lecturas impuestas en la época de escolaridad obligatoria, los problemas de comprensión lectora… Y la conclusión no puede ser otra que la siguiente: el conocimiento no solo está en los libros [la realidad se empeña en demostrarlo continuamente], aunque nos empecinemos en defender numantinamente al libro en su soporte y contenido tradicional, como si nos fuera la vida intelectual y la cultura de la humanidad en ello. Quizá cuanto más amenazada se siente una forma de cultura (y por extensión, sus miembros), más feroz (y en este caso además baldía) resulta su resistencia como se demuestra al comprobar que la mayoría de los “popes” del libro contemplan con horror el ascenso de otras formas de cultura sin páginas de papel y sin lectura lineal. Es fácil llegar a la conclusión de que, ante la amenaza de la red y el hipertexto, entre otras muchas, los conservadores se encastillan y lanzan gruesos volúmenes del canon literario desde la almena más alta… ¿cómo vas a poder vivir sin haber leído El Quijote, un libro en el que está todo? Pues ahí te va la primera parte… ¡600 páginas directas a la cabeza!

Fuego terruco y milico

Archivado en: Cómic, Perú, Reseñas — jesús e. pérez @ 8 Marzo 2012

RupayRupay

ROSSELL, Luis; VILLAR, Alfredo y COSSÍO, Jesús

La oveja roja, 2009

Y de repente toparse en una estantería con este sobresaliente cómic que repasa los años duros del conflicto entre Sendero Luminoso y el estado peruano (1980–1984); durante la lectura, arrancar a mordiscos páginas fabricadas de viva memoria histórica, de testimonio de ignominia, muerte y brutalidad. Segadas a bayoneta y hoz 55.000 vidas de campesinos quechuahablantes peruanos, mientras el campo se tiñe de sangre en lo remoto, lejos, más lejos de las ciudades.

Darse de bruces así con historias de extrema violencia política, con una partida de ajedrez sobre un tablero indígena en el que los peones de ambos bandos son las víctimas: integrantes todos de las capas inferiores, de la carne de cañón y del sudor de la tierra. Una partida jugada ante la indiferencia de la burguesía urbana y de la clase política que la contempla en lontananza; barbarie sin sitio en los medios, gritos sin eco.

Desapariciones, ejecuciones, matanzas indiscriminadas, violencia sexual, torturas, extorsiones… y en medio de todo, los rehenes de siempre: ciudadanos pobres, anónimos y despreciados que se tiñen de rojo en las páginas. Nueve episodios que comienzan con un cómic en blanco y negro, en el que el único color que aparece resulta de tres rojos distintos que son el mismo: el de la bandera peruana, el de la bandera comunista y, sobre todo, el de la sangre de víctimas inocentes. Tras cada uno de los episodios, aparece el título y un texto de dos páginas que ayuda a contextualizar los hechos históricamente y que muestra claridad, contundencia y voluntad de denuncia. Detrás de esta sólida estructura hay un guión bien documentado que se apoya en una amplia bibliografía sobre la cuestión: informes de derechos humanos, actas de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Todo con un punto de vista sin pretensiones de neutralidad, que huye del maniqueísmo y que subraya el sinsentido de una lucha sin vencedores y con miles de víctimas de la misma mísera ralea… la que toma forma en dibujos de trazo firme, retrato de los sin nombre, de los indígenas.

Porque Rupay en quechua es fuego y ardor, ese en el que se consumen cadáveres con vistas a las cloacas impunes de un país; dentro de fosas comunes las llamas devoran cuerpos sin identificar. Y aquí también Rupay es asomarse a una ventana de cómic documental que maneja hábilmente escalas de plano; un texto que esgrime con vigor un discurso incómodo, sin falsas equidistancias, lejos de echar cal a los cuerpos de la memoria, Rupay mira cara a cara a la sinrazón y la violencia extrema, con justicia a huesos y ceniza con rostro e historia “terruca y milica”.

Simas del recuerdo y música perdida

Archivado en: España, MEMORIAS, Reseñas — jesús e. pérez @ 27 Febrero 2012

De una edad tal vez nunca vivida

URRUTIA, Jorge

Bartleby, 2010

“Perdónenme que vuelva la vista atrás y busque las imágenes en mi propio crisol. Cualquier reflexión sobre el presente exige la conciencia del pasado y, para mí, hacerlo texto”.

Precisamente eso; halos del pasado, el recuerdo sentimental de una niñez, se erigen aquí en materia de prosa poética depurada y plena de evocaciones. El escultor que transforma la remembranza (cincel en mano sobre materia inmanente) en mausoleo y monolito familiar se llama Jorge Urrutia (Madrid, 1945). Es hijo del poeta Leopoldo de Luis, pero al que retrata aquí no es al creador literario, sino al hombre, al padre y a la huella indeleble que arrastra: la cadena de la derrota, de la ignominiosa condena que supone formar parte del bando de los vencidos.

“¿Puede el arte ser superior a la realidad? ¿Y si es así, dónde queda el dolor, en qué vertiente, del lado de la forma o del lado de la idea?”.

Con mirada lírica y límpida, estos recuerdos se estructuran en escenas breves que fijan la atención en lo cotidiano. El decorado alterna entre Madrid como residencia habitual y las vacaciones andaluzas en Córdoba y Cádiz, también encuentran cabida los largos viajes en tren y las escenas familiares más íntimas. Nos encontramos ante un texto maduro y reposado, como único camino para lograr la honda emoción y el sentir del que escribe a partir del recuerdo propio revestido de un ropaje poético; retratando a su propia familia en su íntima niñez, siempre marcada por su condición de represaliada.

“No importan mis memorias, sino los protagonistas que contemplo y los retazos del ambiente en que me hice”.

Y en su núcleo atávico se aprecia el epicentro de una pulsión literaria unida indisolublemente a la vida, al entorno familiar, a los espacios y a un tiempo en los que la mirada importa tanto como lo que se mira. Se concatenan pequeñas secuencias rememoradas, entre la turbación, las brumas del tiempo y la emoción abisal. Estas simas del recuerdo trascienden los hechos y ahondan en la esencia que retrata a una familia y, por extensión, al propio autor. Sirvan como ejemplo dos excepcionales pasajes convertidos en formidables relatos: Ensueño, una secuencia onírica de escasez y música que brota de la ausencia o Valery en la fonda, la captura del emocionado e imaginado primer encuentro de los dos abuelos consuegros confinados en un cuadro de posguerra.

“Mi padre sonrió y me dijo que las cosas conocen una música perdida. […] Sé muy bien que mi padre tenía muy pequeños los ojos y sólo desde dentro miraba”.

Veneno por licor süave

Archivado en: ALEMANIA, Cómic, Reseñas — jesús e. pérez @ 11 Febrero 2012

veneno.pngVeneno

METER, Peer y YELIN, Barbara

Sins Entido, 2011

“Beber veneno por licor süave, olvidar el provecho, amar el daño”. De Lope de Vega a Gesche Gottfried: 200 años de diferencia y 1700 kilómetros; esto es lo que separa al “Monstruo de la Naturaleza” del “Ángel caído de Bremen”. Por lo demás no tienen mucho más en común. Volvamos a lo que nos ocupa: la historia de esta mujer de 43 años que dio de “beber veneno por licor süave” a sus vecinos, familiares y amigos, se difundió por toda Europa por su particular crueldad y su macabro saldo de víctimas y afectados. Así pues, el argumento de este cómic, con guión voluntariamente lacónico y estética oscura, tiene un carácter totalmente histórico: el juicio, condena y ejecución de Gesche Gottfried por el envenenamiento y asesinato múltiple entre 1813 y 1827 de 15 personas de su entorno más cercano: esposos, vecinos e incluso sus propios hijos. Además otras 19 personas resultaron también afectadas por la letal combinación de matarratas y comida, que la asesina brindaba a sus víctimas.

Con una estética adecuada y deliberadamente oscura, los dibujos al carboncillo logran su propósito de sordidez e insertan eficazmente a los protagonistas en la ciudad de Bremen, donde sucede toda la acción. Utiliza Veneno una estructura clásica basada en un largo flash-back, que narra la historia a partir del regreso casual, 50 años después, de una escritora inglesa (única concesión a la ficción) que conoció el caso y presenció la ejecución pública de la Gottfried durante un viaje de juventud por Europa. El retorno a Bremen le hará recordar su dura estancia en la ciudad y su evocación de unas jornadas en las que conoció a los protagonistas de la investigación: el juez, el abogado y el confesor del caso. Un trío de hombres que proyectan las sombras y fantasmas del caso Gottfried, un crimen múltiple escalofriante protagonizado por alguien con un claro trastorno psíquico que la convierte de mujer ejemplar, atenta con sus vecinos y protectora de su familia, en una envenenadora silenciosa, fría y calculadora.

Dentro de un oscuro siglo XIX, la enfermedad mental, la superstición, el morbo o la falsa moral giran en torno a una crónica negra alimentada por procedimientos judiciales inquisitoriales que dan de comer a una sociedad burguesa hipócrita y paralizada por la brutalidad de los crímenes. La desenvoltura y eficacia del resultado final solo puede explicarse por el talento y conocimiento del tándem creador. Al mando del guión se encuentra Peer Meter, profundo conocedor del caso que ha trabajado con criterio histórico en los documentos originales y monografías que se publicaron al respecto durante la época. A las ilustraciones, la joven y brillante Barbara Yelin que, carboncillo y lápiz en mano, consigue una inteligente integración de fondos urbanos y trazos algo esquemáticos con un notable manejo de la perspectiva y de los escenarios de la acción. Con apariencia de boceto trabajado y oscuro, la imagen se funde con diálogos y acotaciones escasas plasmadas en una original rotulación y tipografía. La buena edición y el interesante epílogo histórico y documental sobre el caso, resultan estupendos, aunque en el debe quedan, sin embargo, esporádicos errores orto-tipográficos como tildes sin poner y una selección del vocabulario mejorable, que empañan ligeramente el continente de este veneno suave y letal.

Noches de negro satén

Archivado en: España, Narrativa, Novela, Reseñas — jesús e. pérez @ 31 Enero 2012

Terciopelo en las alcantarillas

TORREJÓN GARCÍA, Antonio

Atlantis, 2011

En el difícil mundo literario español, donde la publicación y edición aparecen como una quimera para recién llegados, siempre resulta aún más saludable y esperanzador aproximarse a obras de debut de jóvenes autores en pequeñas editoriales. Todo, pese a que la ópera prima de este escritor toledano, acude a demasiados lugares comunes: garitos nocturnos, drogas, rocanrol, lumpen noctámbulo y bajos fondos. Y a que, en buena lógica, el resultado sea desigual, pues resulta infrecuente el caso de una primera novela excelsa y deslumbrante, ya que los caminos de la creación exigen reposo y largo recorrido (aquello de quemar etapas) y en este sentido parece indudable que Antonio Torrejón ha quemado la primera de ellas.

Entre las bazas y potencialidades que presenta este cuero novelesco, se encuentra la alternancia y convergencia de dos líneas narrativas separadas por siete años y protagonizadas por un veinteañero adicto a las drogas y a la música que abandona su casa como consecuencia de un arrebato y de su rechazo al entorno familiar y vital en el que habita. Resulta un acierto explotar una estructura que transmite un movimiento pendular y que genera interés por comprobar la sinergia de la trama, del tejido narrativo que lleva al protagonista a enfrentarse con aquello de lo que huyó. Por otro lado, la inserción de referencias musicales, si bien no resulta muy original, sí proporciona una banda sonora de calidad y un buen fondo dentro de la ambientación, además de ser uno de los ejes que vinculan a Tinín, el protagonista, con cada uno de los personajes y espacios que recorre.

Más débil parece en cambio el recurso a un narrador autobiográfico que hace gala de una prosa ciertamente previsible, visitando todos los tópicos del ambiente canalla. Aún más al fondo, se aplasta un léxico tedioso que por momentos abusa y ahonda en caminos demasiado trillados, en asociaciones de palabras cien veces oídas. Se echa en falta un lenguaje propio que consiga dar un giro a la historia del joven “destroyer”; también una mayor continuidad y originalidad en la simbología empleada, una ruptura argumental que nos sacuda más allá del correcto y brillante manejo de la descripción rápida y certera y de unos diálogos que van ganando en solidez a medida que avanza el libro.

Definitivamente, ni cierta trama sentimental en forma de espejismo, ni el menudeo de droga, las pensiones baratas, los ajustes de cuentas o la hipocresía de la institución familiar consiguen elevar más allá de los zócalos un relato que en ocasiones desciende a las alcantarillas y que, por lo común, apenas despega más de un palmo de la acera. A estas noches de negro satén aún les faltan para llegar a ser terciopelo, tersura que elimine erratas y calidad textil en forma de un estampado narrativo más atrevido y sorprendente.