El camino de la excelencia

Archivado en: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 6 Febrero 2010

El camino de la oruga

MIJE, Javier

Acantilado, 2003

“Al otro lado del cristal, Bruno veía las caras brillantes de aceites, veía a los niños correr, a familias enteras que seguían una línea ordenada hasta llegar a la orilla […] Lo que veía más allá del cristal era un camino de orugas, un camino de babas, lento, seguro y feo. La vida no era más que eso, y esa era la senda de la que se había apartado. Bruno pensó que todo el secreto de vivir consistía en soportar la fealdad. Fuera de allí no había otra cosa que el caos”. Bruno y Laura, los personajes de “El color del mar”, el último relato de El camino de la oruga, primer libro de Javier Mije (1969), están persiguiéndose a sí mismos y están buscando un lugar en el mundo, pero no pueden evitar constatar que se encuentran a un lado del cristal y todo lo demás, al otro.

La literatura -parece sugerir este extraordinario autor novel- nace de un ejercicio de la mirada, como en el relato “Toda la vida”. La belleza, la felicidad y el orden, si existen, son descubrimientos de la percepción a nuestro propio lado del cristal, y por eso no hay necesariamente una correspondencia exacta con las apariencias de la realidad que se encuentra al otro lado. De la síntesis entre estas dos direcciones de ida y vuelta surge esa emoción arrasada, esa zozobra que sentimos cuando terminamos cada una de estas piezas magistrales.

El punto de partida de estos relatos es el realismo: la rutina laboral (”Sabio en esperas”), los celos (”Es por ti”), la soledad (”Grimbergen”), la memoria (”Corredor de fondo”). No obstante, si atraen de forma tan admirable, es porque ajustan el enfoque de nuestra mirada abriendo paso a lo inexplicable: el laberinto (”Un juego de espejos”), el doble (”Toda la vida”), la ironía (”El efecto mariposa”), el azar (”La furtiva”).

Quizá la aportación más significativa de Javier Mije sea haber sabido depurar sus relatos de artificiosidad. Su técnica narrativa debe mucho a la tradición de los grandes especialistas de la narrativa breve, pero resiste a la tentación de abusar de esos giros sorpresivos finales o de esas acciones que repentinamente cobran un sentido nuevo en el último párrafo. Pese a algún exceso metafórico y estilístico, debemos reconocer, por otra parte, que nos hallamos ante narraciones de gran densidad conceptual y precisión expresiva. Ojalá Mije reanude pronto este camino a la excelencia y tengamos que esperar poco para leer su próximo libro.

Por la puerta grande

Archivado en: EEUU, Poesía — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 25 Enero 2010

Raymond CarverTodos nosotros

CARVER, Raymond

Bartleby Editores, 2007

Pese al reconocimiento y la admiración creciente que ha despertado la obra narrativa de Raymond Carver (1938-1988) en los últimos veinticinco años, puede decirse que no ha ingresado en el canon de la literatura contemporánea de los Estados Unidos hasta agosto de 2009, con la publicación completa de sus relatos en la Library of America, donde por fin su pluma inconfundible se codea con la de Nathaniel Hawthorne, Henry James, William Faulkner o Saul Bellow.

En sus más de treinta años de vida literaria, Carver fue más que un gran narrador: fue también un enorme poeta. O, mejor dicho, fue siempre poeta, un poeta que unas veces escribía en verso y otras veces, en prosa. Por eso hay que agradecer a Bartleby Editores y al traductor Jaime Priede su generosidad al ofrecernos un regalo de los que llegan pocas veces en la vida de un lector: Todos nosotros, una edición bilingüe que recoge los cuatro libros de poesía de Carver y que se basa, a su vez, en la recopilación que hizo su mujer, Tess Gallagher, de sus versos en 1996 bajo el título All of us.

La poesía de Carver es poesía, sobre todo, porque no lo parece:

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

Cuatro años después de escribir estos versos pertenecientes al poema “Mi muerte”, Raymond Carver fallecía en su casa de Port Angeles, Washington, vencido finalmente por el cáncer. Junto a él estaba Tess Gallagher, a quien había conocido diez años antes y con la que se había casado hacía apenas seis semanas.

Como era de esperar en alguien que luchaba por sobrevivir al alcoholismo y la bancarrota, la muerte tenía que ser uno de los ejes primordiales de su poesía. No sólo de los últimos poemas y, en general, de Un sendero nuevo a la cascada, el magnífico libro en el que Carver trabajó al final de su vida y fue publicado póstumamente. Está presente en sus innumerables poemas sobre el alcoholismo (”Vino”), la soledad (”Miedo”), el amor (”Mi mujer”), la caza (”Límites”), la escritura literaria (”Tu perro se muere”) o las relaciones entre padres e hijos (”La cartera de mi padre”). Y la muerte es también el mejor pretexto posible para darle la vuelta al tópico latino del Ubi sunt? (”Dormir”).

Pero, al final, cuando llega la muerte, lo importante es haber amado la vida y a quienes la han compartido con nosotros, como en el poema “Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar”:

Me quedé allí un rato bajo la lluvia.
Me consideraba el hombre más afortunado del mundo.
Incluso cuando me pasó por encima una ola de pena.

O en “Último fragmento”, inscrito como epitafio en la tumba de Carver:

¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.

Construyendo país lejos de Euzkadi

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 17 Enero 2010

La patria de todos los vascos

ZALDUA, Iban

Lengua de trapo, 2009

“Al nacionalista le obsesiona la idea de que el pasado puede ser alterado. Malgasta parte de su tiempo en un mundo de fantasía en el que los hechos ocurren tal como deberían haber ocurrido”. George ORWELL

Esta cita, que abre el libro, guía los pasos de esta “nouvelle” de Iban Zaldua, una de las voces más pujantes de la literatura vasca actual, junto con Unai Elorriaga, autor de “Tranvía a SP” y el recientemente galardonado Kirmen Uribe, cuyo nombre saltó a los medios por ser el autor del poema que leyó Patxi López en su toma de posesión como Lehendakari, amén de obtener el Premio Nacional de Narrativa en 2009.

Joseba Anabitarte es un profesor que decide aceptar un puesto temporal durante un semestre en la Universidad de Anchorage (Alaska) para impartir a una docena de estudiantes la asignatura de “Introducción a la historia y cultura vascas”. Este exilio voluntario le permitirá aislarse de las tribulaciones políticas de su tierra. Tras la desidia inicial, y un poco por diversión, irá entusiasmándose con el temario hasta crear una historia alternativa anclada en la ficción, más propia de un nacionalista desquiciado y megalómano (y tremendamente cáustico) que de un serio y riguroso profesor universitario.

El asunto tiene su gracia pues con un humor corrosivo y certero, el retrato histórico del País Vasco resulta grotesco, a pesar de acumular tópicos euskaldunes y ser en ocasiones algo liviano y superficial. Ejecutada con ingenio y agilidad, algunos episodios como el divertido retrato del alumnado extranjero fascinado con la mitología euskalduna y el desarrollo de la programación de la asignatura son buenos ejemplos del enfoque humorístico del libro.

En definitiva, una novela corta en la que toda la trama, incluido el giro argumental de la última parte, no es más que la metáfora de esa distorsión de la realidad que todos y cada uno de nosotros tenemos hacia nuestra patria, con todos los condicionamientos del caso vasco en este caso, claro está, pues Iban Zaldua también es profesor de la Universidad del País Vasco y, sin duda, sabe de lo que habla.

Dos libros para aprender a “leer”

Archivado en: España, Reseñas — ernesto garcia @ 7 Enero 2010

resena-conjunta.JPGEscribir un poema

GARCÍA, Eduardo

Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2003

Un pistoletazo en medio de un concierto: Acerca de escribir de política en una novela

GOPEGUI, Belén

Editorial Complutense, 2008

A veces las cosas no son lo que parecen. A veces resulta que los libros que se dirigen a futuros escritores desbordan sus propios objetivos y acaban depositándose en la antesala de la lectura, de la simple lectura. A veces incluso el arte de escribir transmuta en el arte de leer, un desafío mucho más audaz, necesario y difícil que la propia creación. A veces los libros orientados hacia la técnica acaban por desvelar el misterio de la mirada, el sentido íntimo de la contemplación. Esto es lo que sucede, a mi juicio, con los dos textos que reseñamos hoy.

Se trata de propuestas muy distintas. En el primero el excelente poeta Eduardo García desmenuza sin ampulosidad los fundamentos del arte poético, de tal modo que cualquier potencial autor puede a través de sus páginas bucear en las contradicciones, tensiones, hábitos e, incluso, atajos por donde transcurre la labor lírica. El segundo de los textos es una conferencia pronunciada por Belén Gopegui en la Universidad de California en 2006, donde la narradora madrileña, emboscada tras la máscara de un joven militante revolucionario, da buena cuenta de las dificultades y necesidades de hablar de política en la novela. A priori nada parece unir estos dos libros. Nada parece orientarlos hacia el arte de la lectura. Sin embargo, tal y como ha sugerido Vicente Luis Mora en su estupendo libro “Pasadizos” (Páginas de Espuma, 2008), existen vasos comunicantes inconscientes entre distintas manifestaciones artísticas. En este caso, Eduardo García y Belén Gopegui más que radiografiar desde la perspectiva del escritor aspectos técnicos, dibujan todo un mapa sobre el hecho lector, sobre la necesidad de rigor en el propio ejercicio de lectura, sobre la necesidad de “ampliar” el espectro y la mirada, rescatando muchas laderas de la realidad o la imaginación escondidas o, en ocasiones, erosionadas por una educación y un pensamiento hegemónico contrario a la propia complejidad del hecho literario. Me explicaré. En su libro Escribir un poema más allá de ofrecernos una guía (que también) sintética de las herramientas conceptuales disponibles para un potencial escritor, lo que emerge es toda una panoplia de posibilidades para “descubrir” lo poético, desterrado de la temible educación “acumulativa” recibida en las aulas. Frente al poema entendido como acertijo, como objeto para iniciados, Eduardo García reivindica su carácter emocional, visual, contemporáneo y directo. La poesía no se trata de un conciliábulo para minorías, porque se proyecta hacia un campo de juego lleno de posibilidades para cualquier lector. Es, ante todo, un texto orientado a la difusión de la palabra poética y hacerla accesible a todos aquellos que deseen bucear en ella. Se evita lo retórico, lo afectado, para entrar de lleno en el mundo de la palabra libre de prejuicios y volcado hacia una generosidad de taller. El misterio de la escritura poética se pone al alcance de todos nosotros. En el mismo sentido pero en un eje conceptual diferente, Belén Gopegui, más que reivindicar (que también) la necesidad de construir propuestas narrativas que vuelvan a repensar lo político dentro de lo artístico, lo que esboza es un modo de volver a mirar la novela. A través de su intervención descubrimos hasta qué punto un personaje no es algo inocuo, alejado de su contexto. Hasta qué punto la arquitectura narrativa, la elección de las situaciones, los referentes literarios, el tipo de héroe no son meros aciertos (o desaciertos) estilísticos. Está en juego toda una concepción del mundo que habitamos y por eso es necesario posicionarse como escritores pero también como lectores.

La lectura tampoco se trata de un acto inocuo. Al elegir qué libro leemos estamos escogiendo un mundo, estamos optando por comprender o enceguecer, por huir o ser partícipes, por impregnarnos de la complejidad de lo existente o por escondernos detrás del puro placer. Decir esto no es elegir entre realidad o ficción, entre razón o emoción, ni tampoco entre estéticas realistas o imaginativas. Lo que estamos diciendo es que “la lectura”, implica un acto creativo tan importante como el propio ejercicio de escribir, y estos dos textos ponen encima de la mesa hasta dónde esta aseveración es algo más que una frase más o menos ingeniosa. Por encima de escritores una sociedad necesita lectores, buenos lectores, atentos a las tensiones de lo vivo pues no se crean que es fácil ser un buen lector. Se requiere esfuerzo, tiempo, apertura intelectual, curiosidad, disciplina, rigor, sentido crítico, generosidad… En contraprestación la lectura nos regala placer, deleite, comprensión, amplificación de la experiencia, conocimiento de lo extraño, desborde de nuestros propios límites, memoria de nosotros mismos. Eduardo García y Belén Gopegui parecen ayudarnos (o, al menos, esa ha sido mi interpretación) en este ejercicio y por eso su lectura, más que recomendable para futuros escritores, se hace necesaria para nosotros, lectores, necesitados de afianzar esta labor tan precaria pero a la vez tan imprescindible.

Eco de tragedias silenciosas

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 21 Diciembre 2009

Inquietud

LEIGH, Julia

Mondadori, 2009

Cierro el año lector con una novela breve que bebe de Coetzee; un intenso trago en forma de relato duro, seco, austero y realista hasta la crudeza que narra de forma magnética y perturbadora. El licor viene destilado por las manos de Julia Leigh, una joven escritora australiana muy reputada en los círculos críticos anglosajones pero prácticamente desconocida en nuestro país. Este es su segundo libro nueve años después de El cazador, su debut literario.

Inquietud nos traslada a un castillo aislado en medio de la campiña francesa, próximo a un lago, entre vastas praderas y bosques y alejado de otros núcleos de población. Este entorno de ambiente oscuro está poblado por los secretos de los personajes y cuajado de ausencias y recuerdos. Sobre todo los que habitan en las mujeres protagonistas; por un lado la del pasado de Olivia, que persigue incansablemente a la protagonista en forma de hematomas en el cuerpo y heridas en el alma; por otro la de su cuñada Sophie, que recorre la casa con un fardo en el que lleva a su hija Alice muerta nada más nacer.

El castillo es una suerte de Brideshead, que “revisita” Olivia con sus dos hijos viajando más de 10000 kilómetros para huir de su verdugo y refugiarse en el rancio abolengo de su familia, que dejó atrás hace casi 12 años. Allí encuentra a su anciana madre postrada en una silla de ruedas, fatigada de vivir. También habitan la casa el hermano de Olivia y su esposa, que acaban de regresar del hospital.

La atmósfera densa, opresiva, los silencios, la contención y el secreto en el que viven todos los personajes da lugar a escenas hipnóticas que inquietan y sobrecogen a este lado de las páginas. Y es que detrás de los comportamientos, las miradas y las palabras, gravita algo inquietante y turbador. Bien dosificadas, las elipsis narrativas articulan un texto en forma de episodios o secuencias, teselas de un mosaico que revelan una sombra deformada que deja muchas cosas fuera de cuadro, pero en el que hay sitio para la maternidad, la huida, los recuerdos y la desolación. Sobre todo para esas mujeres heridas, las golpeadas brutalmente por un drama que saben que marcará el resto de sus vidas. En estas páginas resuena en su interior el eco de tragedias silenciosas.

Últimos fulgores de una época

Archivado en: Hungría, Narrativa, Novela, Reseñas — Etiquetas: — Raúl Aguilera Ortega @ 10 Diciembre 2009

Los días contados

BÁNFFY, Miklós

Libros del Asteroide, 2009

La historia del siglo XX no se entiende sin la desintegración del Imperio Austrohúngaro en 1918 al finalizar la I Guerra Mundial. Forjado en 1867, el Imperio tenía la forma de una monarquía dual, pero en realidad integraba numerosos territorios, como Bohemia y Galitzia al norte y los fragmentados Balcanes al sur. La Europa de hoy en día es heredera de las contradicciones de este polvorín que no tardó en saltar y, de un modo u otro, sigue dando coletazos, como se pudo comprobar a raíz de la proclamación de independencia de Kosovo en 2008.

Hacernos comprender el alcance de la disolución política, social, económica e incluso moral del Imperio Austrohúngaro a comienzos del pasado siglo es el gran acierto del aristócrata, diplomático y novelista húngaro Miklós Bánffy (1873-1950) en Los días contados (1934). Ambientada en los primeros años del siglo XX, esta obra es una creación portentosa que nos acerca a los últimos fulgores de una época. Sin embargo, su valor como obra de arte va mucho más allá, puesto que nos enfrenta a la realidad de cualquier sociedad al borde del abismo, de cualquier momento histórico, pasado, presente o futuro.

Al fresco incomparable de la Hungría rural y urbana de hace ya un siglo, que late en carne viva en el escalpelo estilístico de Bánffy, se superponen diversos argumentos entrecruzados con extraordinaria maestría entre banquetes y neveros, entre bailes y cabañas, ente duelos de honor e ilusiones campesinas. En ellos, los avatares que zarandean a los personajes nos van revelando poco a poco su compleja psicología de funambulistas de la Historia, incapaces de reconocer los signos de que el final de su tiempo acecha dramáticamente: las camarillas que conspiran en los pasillos del Parlamento y tratan de arrastrar a Bálint Abády o las interminables partidas de póker de las que Lászlo Gyeroffy no se retira casi nunca o el matrimonio sin amor y el amor sin matrimonio de Adrienne Miloth.

Los días contados es la primera parte de la Trilogía transilvana, publicada entre 1934 y 1940 por Miklós Bánffy y que Libros del Asteroide acaba de empezar a editar con cuidado primoroso. Ojalá salgan pronto de las prensas Las almas juzgadas y El reino dividido.

Cajón desastre

Archivado en: Sin categoría — jesús e. pérez @ 2 Diciembre 2009

Soy una caja

CARRERO, Natalia

Caballo de Troya, 2008

Debuta Natalia Carrero con esta novela siguiendo una premisa clara que siembra en una de sus páginas: “tú, lector del siglo XXI, observas las huellas que voy dejando en el papel y con ellas te formas una idea que nada tiene que ver con lo que te cuento”.

En primera persona, la narradora y coprotagonista, Nadila, es una insegura escritora primeriza que quiere crear y confía en la fuerza imparable de la literatura. Un día encuentra casualmente un libro de Clarice Lispector y la prosa de la escritora brasileña la atrapa irremisiblemente. También la fascinación por la mujer que está detrás del texto, por la creadora y por sus circunstancias vitales. A raíz de este acercamiento ambas mantendrán tres sustanciosos diálogos sobre vida y literatura.

Nadila busca conocerse a través de la inmersión en la obra y biografía de Lispector, y cualquier soporte es útil para lograrlo. Precisamente por eso en el interior de este libro caben desde textos de correos electrónicos, hasta fotografías de cajas decoradas, pasando por cartas, dibujos esquemáticos, notas manuscritas y minipoemas. Es esta “novela posmoderna”, un collage, un trasunto de ficción, biografía ajena y autobiografía propia dominada toda ella por el fragmentarismo y la introspección. Autobiografía porque Nadila es un alter ego de la propia Natalia Carrero, biografía porque sigue episódicamente la vida de Lispector y realismo mágico en los ya mencionados diálogos entre ambas o en las apelaciones a los lectores.

“Soy una caja” es para muchos críticos una de las más destacadas novedades del pasado año, “una novela del siglo XXI”. Ciertamente así parece, pues muchas de las narraciones que reciben este calificativo son, por lo general, obras en las que la historia no importa, en las que no hay trama. En la caja de estas novelas posmodernas hay sitio para muchas cosas, albergando en su interior materiales gráficos y materias primas narrativas, pero el hilo argumental no aparece por casi ningún lugar, carecen de historia. Eso mismo ocurre en este caso.

Se agradece la audacia de tratar de romper fronteras entre ficción y realidad (narrar de otra forma es posible), pero el texto resulta desigual y alterna momentos de intensidad (por lo general relacionados con las circunstancias biográficas de Lispector) con pasajes tediosos, protagonizados generalmente por Nadila y sus reflexiones. Es lo que tienen las cajas: en ellas cabe casi de todo, pero luego las cosas pueden salir algo dañadas si no se colocan siguiendo algún orden o criterio, más allá de la hagiografía como eje conductor.

Sangre, sexo, política y exotismo

Archivado en: Narrativa, Novela, Reseñas — jesús e. pérez @ 22 Noviembre 2009

Un reptil por habitante

Anannisoh, Théo

Alpha Decay, 2009

Théo Ananissoh es un profesor togolés que vive en Alemania (trabaja como profesor de Literatura Africana en la Universidad de Colonia) y escribe en francés. La editorial Alpha Decay ha tenido a bien publicar ésta su segunda novela corta, que apareció el año pasado en Continents Noirs, una colección de la editorial Gallimard que recoge nuevas voces narrativas de procedencia africana.

En las apenas cien páginas del libro encontramos un vigoroso y exótico cóctel de sangre (un asesinato es el eje argumental de la novela), sexo (las aventuras de alcoba del protagonista) y política (la convulsa situación del imaginario país del África tropical donde transcurre la acción).

Sin tregua, en secuencias de unas pocas páginas, seguimos el asesinato del general Katouka, un importante preboste del ejército que detenta el poder en el país. Nos lleva de la mano Narcisse, el protagonista, profesor de un Liceo y activo amante, que por casualidad se ve implicado en el descubrimiento del cadáver. Pero la trama inicial de novela negra, de asesinato sin autor y crimen debidamente oculto, abre la caja de los truenos: una operación de depuración política en el país y acusaciones de alta traición. Todo derivará en un intento de golpe de estado y disturbios en las calles; bajo un argumento policiaco más o menos convencional se camufla una profunda crítica social de la situación de un país cualquiera del África subsahariana.

Entre los aciertos de la obra está su estilo ágil y fluido, que utiliza hábilmente la elipsis intersecuencial, el dinamismo en el cambio de escenarios y el uso del diálogo con inteligencia. Por el contrario, quizá la perspectiva y elección del narrador no sea muy acertada. Parece imposible que un alumno de Narcisse, encargado de contar la historia, pueda conocer las inquietudes tan íntimas del profesor, su activa y clandestina vida sexual y la trama del asesinato con tanto detalle.

Con todo, lo más interesante es el último tercio de la novela, cuando la narración se entremezcla con el retrato del país y la reflexión sobre las causas que lo han llevado a su situación de populismo y dictadura, diseccionando su descomposición social. También el final, inexorable y suspendido en el abismo de un callejón sin salida, de un país que alberga un reptil por habitante, en el que todos son cómplices y a la vez víctimas de los que están encima de la pirámide. Justo entonces, apenas Zupitzer, un compañero de Narcisse, se erige en justiciero, en vengador, en suicida dispuesto al sacrificio baldío, aunque una muerte no cambiará las cosas, igual que un ladrillo menos no hará caer la estructura.

“África bulle de traidores como un animal podrido. Castigarlos, suprimirlos… Porque le quitan a la vida colectiva todo su sentido, anulan una sociedad.”

En el origen fue el Bien

Archivado en: Argentina, Poesía, Reseñas — ernesto garcia @ 12 Noviembre 2009

mercedes-roffe.jpg
Las linternas flotantes

ROFFÉ, Mercedes

Bajo la luna, 2009

Más que una reseña se trata de un adelanto. El pasado cuatro de noviembre se presentó en Buenos Aires (en el barrio de San Telmo) el nuevo libro de la argentina Mercedes Roffé que, muy pronto, llegará a las librerías españolas de la mano del sello Bajo la luna. Para quiénes anden despistados decirles que esta editorial constituye una referencia ineludible dentro del panorama argentino y latinoamericano, con nombres que van de César Aira a José Watanabe, pasando por Alda Merini, María Negroni, Lorenzo García Vega y un largo etcétera de autores de ancho registro. Pues bien, en ese marco podemos contextualizar el nuevo y desasosegante poemario de Mercedes Roffé.

Empezaremos diciendo que Las linternas flotantes es un libro-poema. Una torrentera que va desnaciéndose de los efectos a las causas en un viaje germinal de enorme potencia simbólica. Porque antes que nada, este libro parece un llamado desolador sobre las infamias del mundo que se proyectan ante nosotros. La poesía de Mercedes Roffé huye de lo figurativo, evita poner un rostro específico a las cosas pues prefiere rondar lo oculto, rebuscar la verdadera faz del dolor detrás de la apariencia de lo real. Toda la primera parte del poema-libro se articula en torno a la consciencia del mal, la notación exacta de lo abyecto y su impacto sobre la vida. La poeta no levanta distancias entre esa realidad y ella, muy al contrario, se funde, evita la evitación y sabe de su completa residencia en ella: No hay distancia / Soy ella / soy la insomne / la reencontrada maltratada en el desierto / soy sus ojos / soy su espejo / soy su distancia de mí y de sí misma. Cada verso es un zarpazo lacerante que nos desvela la auténtica dimensión del derrumbe ético y social. Ahora bien Las linternas flotantes es, ante todo, un viaje interior-exterior hacia el Bien, hacia las parcelas intocadas de lo humano que pueden reverdecer en forma de liberación o, simplemente, de consciencia.

Sin embargo la consciencia es un hábito que se trabaja. La consciencia no parece ser un don ni una operación epidérmica. Lejos de este aserto, el viaje que late detrás de las Linternas flotantes supone una verdadera vivisección interior (individual y colectiva) hacia las entrañas de lo intocado. Por ahí camina toda la segunda parte del libro. Porque sólo desde la contemplación del origen y su desnudez es posible la expiación. Poesía-llama que va hacia el adentro sin olvidar el afuera. Poesía-llama que repite y repite (multiplica) las palabras como conjurándolas contra su desgaste. Poesía-llama que aprieta los nombres, los lanza, los proyecta contra el lector que deja (por un instante) de ser lector para fundirse en ese cuerpo. Si alguna virtud atesora este libro (y son muchas) sería el perfecto ensamblaje entre emoción y hallazgos estilísticos. Ningún poema desfallece. Ninguna fase del texto traiciona su mecanismo original: seguir buceando en apnea hasta las fuentes del Bien. Porque Mercedes Roffé no se deja atrapar por el nihilismo ni por el acabamiento de los grandes relatos. Ella refuerza el “gran relato” del ser humano en su propia consciencia viva (ya sea precaria o generosa).

Les dije que ésta no iba a ser una reseña sino más bien un adelanto. Déjenme pues que haga, si quiera por un momento, de antólogo. Aquí les dejo algunos versos que anticipan este magnífico libro:

Residir la vida toda en duermevela.

*

Residamos la noche en el seno urgente del día

*

Porque el Ángel vigila.

Vela.

Alerta está sobre un costado del hombre.

Ángel-lechuza.

Sutil está.

Ve sin ser visto.

Trabaja.

Los ángeles trabajan.

A veces

una bala perdida los hiere

—primero a ellos—

luego se abre camino y mata.

*

Somos aún ese alba.

*

No hay traducción posible.

—o sí la hay:

de lo uno a sí mismo,

de lo uno a aquello que tantea y vence

de lo que sabe de sí

—su pobre imperio.

*

Tú en la guerra

Tú en la miseria

Tú apedreador

Tú constructor de casas

Tú que insistes en que busquen tu nombre

en el registro de lo humano

Tú que buscas o finges que buscas un nombre que no encuentras

Tú que sabes que te humillan hasta cuando pronuncian tu nombre

Dime que la gracia

al menos

no nos separa

*

Otro tono. Otra

modulación de la luz.

Allá en origen.

Después no me digan que no les avisé.

Hiroshima y los sueños del futuro

Archivado en: Narrativa, Novela, Reseñas — Etiquetas:, , , , — Raúl Aguilera Ortega @ 6 Noviembre 2009

Lluvia negra

IBUSE, Masuji

Libros del Asteroide, 2007

Recuerda el escritor mexicano Jorge Volpi en su desesperanzado prólogo a Lluvia negra, del japonés Masuji Ibuse (1898-1993), que hemos sido capaces de repetir Auschwitz, pero Hiroshima y Nagasaki no, “todavía”. Ojalá ese “todavía” sea “nunca”, porque cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y, tres días después, sobre Nagasaki, la historia del ser humano cambió para siempre. A partir de ese momento, tras el horror del paisaje calcinado, del espanto de los cuerpos carbonizados y de la agonía de la muerte demorada por la radiación, nuestra especie aprendió una verdad aterradora: podía aniquilarse a sí misma con sólo pulsar un botón y esperar el silencio eterno.

Para Ibuse, sobrevivir no está muy lejos de haber muerto. Por eso esboza en Lluvia negra la historia de los Shizuma, una familia de un pueblo cercano a Hiroshima que, pese a sobrevivir a la bomba atómica, queda marcada para siempre por una precisa cartografía de la devastación, a caballo entre la enfermedad del cuerpo y la mutilación del alma. Shigematsu, porque resulta herido y manifiesta leves síntomas de la “enfermedad de la radiación”; su mujer Shigeko, porque asiste a los escenarios de la destrucción con aparente estoicismo; y su sobrina, Yasuko, en edad casadera, porque vive asediada por la incertidumbre después de que la lluvia tóxica le manchara la piel.

Aunque una parte mínima de la novela tiene como voz a un narrador omnisciente, lo más importante es el protagonismo de las palabras de las víctimas, ya sean las de Shigematsu o las del soldado Iwatake en su carta después de curarse milagrosamente. Esta vertiente testimonial de la novela, que no ahorra detalles por crueles, inhumanos y duros que parezcan, lejos de ser un lastre para la narración le otorga una terrible sobrecarga de realidad y crudeza que nos desarma como lectores, nos sobrecoge como personas y nos rebela contra la condición humana.

No deja de ser curioso comprobar cómo Ibuse, que trabajó como propagandista al servicio del gobierno japonés durante la II Guerra Mundial, utilice como detonante del relato el intento de Shigematsu de acallar los rumores sobre la salud de su sobrina. Al final lo de menos es maquillar la verdad o la mentira y averiguar si huyen o no todos los pretendientes de Yasuko. En el fondo, con Hiroshima ya se han hecho trizas todos los sueños del futuro.