Una historia de censura y un destino moral
Aunque en la Unión Soviética de los años sesenta del siglo XX parecían soplar vientos más favorables para la libertad, Vasili Grossman no consiguió que el régimen de Nikita Jruschov autorizara la publicación de Vida y destino. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero en 1961, tres años antes de su muerte, la KGB confiscó las copias de su manuscrito, los papeles carbón e incluso la cinta de su máquina de escribir. Le dijeron que su obra no sería publicada durante doscientos o trescientos años.
Afortunadamente, Grossman había realizado dos copias más que burlaron la censura, lo que hizo posible la primera edición de Vida y destino en Francia en 1981 y por fin, siete años más tarde, en la URSS. En España apareció una traducción del francés en 1985 y ha sido publicada en 2007 por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores por primera vez en versión directa del ruso.
Carmen Giussani, en su introducción a ¿Quién decide el destino de los hombres? (Madrid: Ediciones Encuentro, 2008), de Marcelo López Cambronero, recuerda cómo Efim Etkid, el prologuista de la primera edición de Vida y destino, decía que “requisar una novela es la más alta distinción que el Estado puede conceder a una obra literaria: la imaginación del autor se sitúa a nivel de la realidad, las reflexiones del escritor se convierten en divulgación de secretos de Estado”.
Una dimensión moral subyace a este acercamiento a la realidad. Robert Chandler, traductor de Vida y destino al inglés, en un artículo publicado en 2006 en la revista Prospect, sugiere que ésta podría ser la razón por la que Grossman, que hasta ahora había interesado sobre todo a historiadores como Anthony Beevor, editor de sus diarios, cada vez atrae a más lectores. Entre ellos, a ese sector de la crítica, ya sea marxista o incluso católica, que espera del arte “que no sólo sea una fuente de alegría, sino también que provea una guía moral y una mayor comprensión de la realidad”. No es de extrañar, por ello, que la URSS considerara Vida y destino una obra peligrosa; esto es precisamente lo que haría muy poco después con Archipiélago Gulag, de Alexandr Solzhenitsyn.
Pero escuchemos la voz de Vasili Grossman, una voz “en nombre de los que yacen en la tierra”:
…sin darse cuenta de que en lo más profundo de su alma ya conoce el significado de la vida que le ha tocado vivir, a ella y a los suyos. Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es ya forjador de su propia felicidad y que sólo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos. Fuera lo que fuese lo que les deparara el futuro –la fama por su trabajo o la soledad, la miseria y la desesperación, la muerte y la ejecución–, ellos vivirán como seres humanos y morirán como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya hayan muerto; y sólo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo.
Vida y destino
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