Una obra maestra rescatada del olvido
AYESTA, Julián
Acantilado, 2000
La historia de la literatura está llena de escritores menores. Algunos tienen la fortuna de que los manuales les dediquen unas líneas, pero la mayoría quedan relegados al olvido, incluso habiendo escrito obras maestras. Afortunadamente la generosidad de algunas editoriales permite devolverlos al lugar que sin duda merecen. Es el caso de Julián Ayesta, diplomático de profesión y escritor de vocación, cuya única novela, Helena o el mar del verano, apareció en 1952.
Los principales novelistas españoles de la postguerra tienen rasgos muy personales, pero en general se podría decir que si la década de los cuarenta está marcada por una orientación existencial (Nada, de Carmen Laforet, fue publicada en 1944), la de los cincuenta, en cambio, por el realismo social (La colmena, de Camilo José Cela, fue publicada en 1951). Esta vía pronto sería superada por escritores como Gonzalo Torrente Ballester, Rafael Sánchez Ferlosio o el mismo Cela, así como de la generación siguiente, como Juan Goytisolo o Juan Marsé. No sería hasta los años 60 cuando estos autores y algún otro, como Luis Martín Santos, que publicó Tiempo de silencio en 1962, abrirían nuestra narrativa a las innovaciones más arriesgadas de la literatura extranjera.
En este contexto se debe valorar en su justa medida la importancia de Helena o el mar del verano. Aquí Ayesta parece regresar, por la riqueza sensorial de su prosa, al mundo literario del Gabriel Miró de Niño y grande; pero, a la vez, en su exploración de las obsesiones y de la voz interior del narrador, podemos encontrar ecos del James Joyce del Retrato del artista adolescente. Hay, además, un guiño final a la literatura y al mundo de la Grecia clásica.
Nos hallamos ante una obra muy personal, de exquisita factura y gran potencia expresiva, que nos lleva a la Asturias de poco antes de la Guerra Civil. La mirada se sitúa como pocas veces a la altura real de la última niñez y observa, con benevolencia, curiosidad y perplejidad, el mundo sobredimensionado de los adultos. Con tierna y turbadora sinceridad, nos acerca también a los primeros desvelos amorosos y a la angustia religiosa de una sociedad atemorizada por el pecado y el infierno.



