La complicidad de lo extraño
LÓPEZ-LUACES, Marta
Sial/narrativa. 2009.
El cuento parece vivir un momento vigoroso. A la ingente labor editorial desplegada por algunos sellos (pienso en Páginas de Espuma o Lengua de trapo, por ejemplo), debemos añadirle el regreso (¿alguna vez se marcharon?) de muchos escritores que, de nuevo, encuentran en el relato la enfermedad expresiva ideal para atravesar esta realidad sincopada en la que vivimos.
La autora coruñesa (afincada desde hace años en Estados Unidos) Marta López-Luaces nos entrega en este volumen cinco relatos desconcertantes que, a mi juicio, beben de tradiciones muchas veces ignoradas por nuestra mejor literatura. Tratemos de radiografiar con brevedad alguna parcela de su universo. De acuerdo con su propia condición de ínsula extraña entre varios mundos (el del país natal, España, el de la tradición cultural europea, el de la sociedad de acogida, Norteamérica, el de las conexiones latinoamericanas gracias a su intensa y viajera labor académica, territorios todos ellos intensamente dibujados en su obra poética anterior, destacando, entre otros, Distancia y destierros de 1998 o Las lenguas del viajero de 2005) la autora coruñesa teje un recinto mítico (el barrio imaginario neoyorquino de Saint Nicholas) donde suceden las historias recogidas en este libro. Nos encontramos ante un paisaje donde conviven la temperatura de la realidad y la evanescencia de la imaginación. Un intersticio donde se cuestionan los límites sofocantes de la racionalidad, para dar paso a un conjunto de presencias misteriosas que entran y salen de las vidas de cada ciudadano. En cierta medida esta mixtura responde a una de las señas de identidad de nuestra tan cacareada globalización: el de la contigüidad de fronteras y límites. Recogiendo la mejor estela de la narrativa latinoamericana y también de nuestro mejor modernismo (Valle Inclán), Marta López-Luaces nos coloca delante de personajes y situaciones que parecen debilitar la verosimilitud de lo acontecido, de modo que lo ambiguo, lo abstracto, lo elíptico, cobra tanto valor como aquello que se narra en la consciencia. Por medio de sus cuatro personajes femeninos Nadie, Asumpta, Soledad, Brunilda,y una pléyade de referencias mítico-religiosas (la Kábala, la Biblia, el Zohar, el Popol-Vuh), el lector se va enmarañando en diversos acontecimientos que entrecruzan la cotidianeidad y el misterio, la ausencia y la presencia, la conjetura y el análisis, hasta sumirse en una enredadera de la cual sólo se puede salir mediante la propia reconstrucción del relato. Ahora bien, para salir de esa trampa ya no sirve la razón dualizadora, cartesiana, sino aquella que sepa armarse con la veladura de lo incierto, lo fragmentario. Saint Nicholas puede ser tan tangible como cualquier otro barrio del mundo, pero en su latido, entre sus calles plagadas de emigrantes latinos y judíos, en el seno de sus grupos ciudadanos provocadores de rumores, las categorías obstinadamente afincadas por el pensamiento occidental se contraen y hacen porosas, como si de un queso gruyer se tratara. Lo explica de manera precisa Diego Martínez Torrón en el prólogo del libro: La Virgen de la noche (…) es un intento de encontrar en el delirio que subyace al límite del pensamiento, la complicidad en un lector que dé sentido a este texto extraño. Ser lector de estos cuentos supone atreverse a participar activamente de su reconstrucción, abrirse a todo aquello que minuciosamente es enterrado en nuestra conciencia por considerarlo inaplicable, inviable. En definitiva, estar dispuesto a convivir con la complicidad de lo extraño.

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