La memoria incómoda
Llamando a las puertas del cielo
ANSÓN, Antonio
Artemisa ediciones, 2007.
Aprovechamos la reciente aparición de la última novela del aragonés Antonio Ansón, “El arte de la fuga” (en Eclipsados, Zaragoza), para recuperar su anterior libro y detenernos en él. Con el fin de concentrar la mirada en uno de los aspectos que hacen valiosa y necesaria la lectura de este libro, me adelanto varios pasos y anticipo que, más allá de lo que a continuación expondré, nos encontramos ante un ejemplo acendrado de buena literatura, de estilo directo, eficaz, coherente con la materia literaria que aborda, así como una obra que sabe amalgamar tiempo histórico y tiempo personal dentro de su arquitectura narrativa. El argumento es simple: un recorrido más o menos subjetivo por las entrañas de un pueblo español imaginario (Valcorza) desde las postrimerías del franquismo hasta bien entrados los años de engorde de los 80 y 90. En resumen, una esquirla de memoria colectiva. Ahora bien, si sólo esbozáramos esto, poco o nada harían atractiva esta novela pues son muchos los autores que, utilizando estrategias variopintas, se han adentrado por esta senda. Sin embargo, este libro es diferente. Este libro, entre las muchas cualidades que atesora, muestra una especial sabiduría a la hora del manejo del tiempo. Me explicaré. Allá por 1937, en su ensayo “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela”, el ruso Batjin postuló que la primera función del “cronotopo” (entralazamiento del tiempo y el espacio en una única dimensión) era figurativa: concretar, dar imagen y encarnar. Esta idea de entrelazamiento, que él supo desenterrar de manera detallada en la obra “Gargantúa y Pantagruel” de Rabelais, configuraba lo que denominó “tiempo folklórico”, entendiendo por tal aquel que remite a las sociedades agrícolas o pre-capitalistas. Las características de este tiempo “folklórico” son su carácter colectivo, su vinculación a las labores de la cotidianeidad y el campo, al crecimiento productivo de los seres humanos, su no separación de la tierra y de la naturaleza, su carácter unitario y cíclico. En definitiva, un tiempo que no se desdobla y separa de la particularidad del hombre, sino que se imbrica e incrusta en la propia naturaleza del hombre. “Tiempo antropológico” que denominan los científicos sociales. Pues bien, Antonio Ansón, con mano exquisita, ha sabido captar y poner en movimiento ese “tiempo folklórico” de la España tardofranquista, convirtiendo Valcorza en un “cronotopo” ejemplar. La voz del narrador (que no desvelaré pues aquí radica, creo, uno de los hallazgos del libro) se articula en hilacha capaz de unir el tiempo (la transición política) y el espacio (el ámbito rural) en un mismo cuerpo proyectado como un todo, imposible de desgajar ni descomponer en partes. Porque uno de los efectos de la pretendida modernidad y postmodernidad a la que nuestro país tuvo que montarse de manera precipitada implicó, entre otros muchos pagos, esa descomposición, ese mismo desgajamiento. Valcorza nos devuelve de forma magistral lo unitario que hay en la realidad sociocultural, de modo que no es posible barrer de un plumazo las estructuras de poder, de representación, simbólicas, de intrahistoria, como si fueran incómodos restos de una historia olvidada. Desde este prisma nuestra cacareada y casi siempre impoluta “Transición” ofrece unos tonos más ocres, desdibujados, donde la continuidad de ciertos fantasmas se hace mucho más presente que en la historia oficial. Por eso este libro, este cronotopo, trata de la versión incómoda del cuento de Caperucita. Una versión manchada, literariamente inscrita en los nervios del cuerpo social, que nos pone delante las continuidades de una sombra alimentada durante cuarenta años y que, a pesar de la agitada pátina de modernidad institucional, todavía se guarece entre nosotros y sale.
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