El regreso
El peluquero de Dios
CRESPO MASSIEU, Antonio
Bartleby Editores, 2009
“Vivir es ver volver” decía Luis Rosales. Este verso bien nos serviría para enmarcar el primer libro de relatos del poeta Antonio Crespo Massieu. Las siete narraciones en las que está dividido (Un olor a verbena, La última clase, El peluquero de Dios, Una fotografía, Pequeño paisaje con mirada, Madrid en otoño y El regreso) participan de una misma temperatura emocional: la importancia de la evocación, de la memoria, el recuerdo latente de lo acontecido como pulso irrenunciable de vida. Las distintas voces narradoras que desgranan los acontecimientos esbozan un perfil común. Nos encontramos con una acendrada sensibilidad hacia el proceso temporal, así como una insistencia por dilucidar (qué impactos conlleva) el presente en virtud del pasado. Siguiendo esa estela podemos afirmar que Crespo Massieu vuelve a los sucesos del atrás con una voluntad decidida por reconfigurar lo que delante se vislumbra. “A veces hay que regresar. Irse, tomar distancia, luego volver. Mirar entonces con otra mirada. Descubrir este paisaje, el de la infancia, el de tantos años, y verlo como recién aparecido. Tan diferente, tan extraño, tan reconocible y ya tan ajeno.” Por nuestros ojos pasarán la intimidad de los personajes, la lucha antrifranquista, la Shoah, la guerra civil, la aparente vulgaridad de la vida familiar, la dictadura argentina, los restos de la infancia o el amor… en un continuum imposible de seccionar, de ordenar en parcelas independientes. Para intensificar el efecto de este “regreso”, el autor utiliza una panoplia de recursos estilísticos que proyecta el flujo de la conciencia mediante el estilo libre indirecto, el monólogo interior o la descripción narrativa ortodoxa. Sin embargo, más allá de estas aseveraciones generalistas, quiero destacar un rasgo del libro. Se trata del punto de vista desde el que está escrito. Lejos de cualquier veleidad objetivista, Crespo Massieu sabe poner en juego aquello que el gran antropólogo americano Eric Wolf denominaba “conectividades”, es decir, que la humanidad constituye un total de procesos múltiples interconectados, de tal suerte que los seres humanos (sujetos antropológicos) no son más que agentes donde esas conectividades impactan, se entrecruzan, dialogan, y donde también (con su propia dotación bio-psicológica) están inscritos y contribuyen a edificar y de-construir. Los empeños por descomponer en partes esa totalidad “interconectada” (que luego no pueden rearmar) falsean la realidad y se muestran estériles. Pues bien, El Peluquero de Dios si algo trata es de levantar narrativamente esa arquitectura múltiple, compleja, de modo que los hechos históricos con mayúsculas se licuen dentro de las historias individuales, obstinadamente íntimas de los personajes. Ambicioso y valiente proyecto. Alejado de relativismos simplones o postmodernismos más o menos camuflados. Aquí radica, a mi juicio, el gran acierto de este libro. Intentar rastrear esas “conexiones” y tirar de sus hilos, mostrar al lector desde el torrente de conciencia de los personajes que, muchos de ellos en tramos maduros de sus vidas, sólo se puede mirar atrás con el anhelo de renombrar y comprender la malla de acontecimientos presentes. Ahora bien, no siempre este empeño se consigue. Nos encontramos con algún relato desdibujado (como por ejemplo el que abre el libro) donde cuesta identificar con claridad esa tensión, así como el sentido y trabazón con el resto de piezas del volumen. Pero más allá de alguna pequeña irregularidad, el Peluquero de Dios nos ofrece una secuencia de siete buenos relatos cuya ambición, honestidad, generosidad hacia las propias contradicciones y debilidades humanas, nos indican que estamos ante una voz madura, afinada y afilada conceptualmente, capaz de poner encima de la mesa algunos temas que, con demasiada displicencia, tendemos socialmente a relegar.

