El verano suele devolvernos el sosiego arruinado durante el resto del año. Igual pasa con las lecturas que, apretadas y robadas al trabajo, al sueño, a los compromisos familiares y cotidianos, se nos ensanchan al clarear ese ritmo más suave, lento, del estío. En cierta medida es como si llevaran mucho tiempo ahí, esperándonos, intentando capturar en vano nuestra atención. Como lector paciente, este descanso ha vuelto a disponer de algunos libros rezagados que, por extrañas circunstancias, se fueron entretejiendo, dando forma a una suerte de raíz abstracta e imprecisa que algún sentido (espero) tiene aunque aún no se me alcanza. No sé si interpelado por las novedades de la última Feria del Libro o por la desazón y rabia que inocula la contemplación del mundo en que vivimos, julio arrancó con un doble aullido francés. En primer lugar la lectura de “La insurrección que viene” (Editorial Melusina, 2009), texto de fuerte potencia semiótica que, redactado por un autor colectivo (El Comité Invisible) y arrastrando tras de sí la inquina institucional del gobierno de Sarkozy (que llegó a calificarlo de “apología del terrorismo”), pone en tela de juicio los basamentos de nuestra sociedad y, frente a la crisis, llama a la autoorganización ciudadana revisando los postulados fundamentales de las herencias anarquista y comunista. Algunos hablan ya de “nuevo manifiesto” político de nuestro tiempo y no cabe duda que, independientemente de filias y fobias, se ha erigido en uno de los documentos más turbadores de los últimos años. Como llevado por ese alarido, después recaló “Sida Mental” (Editorial Periférica, 2008) del también francés Lionel Tran. Una obra breve, nerviosa, desgarradora, retrato incandescente de la banlieue en la cual el narrador desgrana en pequeñas cápsulas literarias los pensamientos y visiones de un joven crecido en esas ignominiosas conurbaciones urbanas. Por encima de su calidad (discutible en muchos tramos por una, a mi juicio, tendencia excesiva y fatigante a la monodia), el libro sabe capturar el complejo ambiente interior de los jóvenes crecidos en esos guetos y golpea de manera eficaz la conciencia del lector, haciéndole partícipe de esa tan denostada racaille tal y como la denominara el showman y primer ministro francés. Este acercamiento a las tensiones del mundo juvenil postmoderno hizo que, tras el grito francés, me alcanzara la siempre enigmática presencia del británico y recientemente fallecido J.G. Ballard. Con “Furia Feroz” (Ediciones Minotauro, 2005), el autor de Crash, mediante una trama de misterio y crimen, nos sumerge en la extraña carnicería desarrollada en una urbanización de superlujo del oeste de Londres a la que seguirá la desaparición de todos los niños y jóvenes de dicha urbanización. Usando los mimbres de la novela negra clásica Ballard nos plantea una reflexión sobre la violencia, la educación y la sobreprotección de la infancia. Una nouvelle devastadora en apenas ciento cuarenta páginas. Luego, siguiendo el hilo de “lo negro”, de los submundos que se ocultan detrás de la pátina de confort de nuestras realidades, vino a sentarse casi en silencio un clásico de la novela policíaca francesa, elevada a tal rango por la enorme popularidad de su versión en cómic (de la mano de Jacques Tardi). Hablo de “Niebla en el puente de Tolbiac” (Libros del Asteroide, 2008) de Léo Malet. Aunque parezca sorprendente, se trata de la primera traducción y edición en España de un libro que muchos consideran el embrión sobre el cual se cimenta buena parte de la mejor novela negra francesa (pienso en Fred Vargas, por ejemplo). Con un estilo irónico, fuertemente expresionista, generador de atmósferas vivas y sugerentes, el protagonista, Néstor Burma, detective privado y ex anarquista, se sumerge en el París de los años cincuenta dando cuenta de un universo plagado de amenazas contemporáneas (la guerra de Argelia por aquellos tiempos) y añejas (el movimiento anarquista del periodo de entreguerras). Málet con mano maestra sabe poner todos sus recursos a funcionar, convirtiendo París en un personaje más. Una lectura enormemente seductora y cargada de verosimilitud. Y como de recuperaciones de clásicos anda el juego, transportado por un hilo invisible, lejano ya, los ojos y las manos recalaron en la Rusia del diecinueve gracias a la colección Debolsillo (intuirá ya el lector mi devoción por esta clase de ediciones) de Lumen. Nada menos que Anton Chéjov. El sello se ha encargado de traducir la personal selección de “Cuentos imprescindibles” (Lumen, 2008) que el norteamericano Richard Ford hiciera en 1998 del autor ruso. En un prólogo impagable titulado “Porqué nos gusta tanto Chéjov” Ford explora los límites de la influencia que este autor ha tenido y tiene en buena parte de la mejor narrativa norteamericana (Carver, Cheever, etc.), lo cual es fácilmente constatable en los veinte cuentos que a continuación se disponen. A los clásicos “El pabellón número 6” o “La dama del perrito”, hay que añadirles otros cuentos luminosos y sobrecogedores como “Relato de un desconocido”, “Muzhiks (Campesinos)” o “Pequeñeces de la vida”. Sin duda, un excelente medio para adentrarse en la obra de este clásico y, dicho sea de paso, un enorme esfuerzo por cuidar una traducción magnífica (Ricardo San Vicente y Augusto Vidal) y hacerla altamente accesible a las economías del gran público. Cegado por tanta calidad, se me impuso la necesidad de poner nombre y rostro a los entresijos del relato, intentado ordenar (cosa imposible, me temo) mi disperso conocimiento técnico acerca de la arquitectura novelesca, para cual me detuve en “El arte de la ficción” de David Logde (Ediciones Península, 2008). Se trata de un libro sencillo, ameno, donde a través de capítulos breves (pero bien ejemplificados con fragmentos de la mejor literatura clásica y moderna anglosajona), el autor británico nos irá descifrando los elementos centrales de la creación narrativa. Cada capítulo aborda un aspecto técnico, erigiéndose casi en manual de supervivencia para escritores, talleristas, estudiantes, lectores devotos o cualquiera otro que desee reconocer los músculos conceptuales de una obra de ficción. Sin duda, un texto recomendable. Sin embargo el verano no se agota en julio, como mucho ejercita una parada a la que seguirá agosto y con él otros libros rezagados, durmientes durante el otoño. De la rabia política a la miseria del gueto, pasando por el crimen y la contundencia de la fragilidad del ser humano, todo ello codificado y puesto en palabras por la tensión de la literatura que es vida e interpelación. Agosto se aproxima y con él nuevos libros que reclaman su atención…
Thomas Bernhard: una biografía
SÁENZ, Miguel
Siruela, 2004
Podría decirse que hay dos tipos de escritores: aquéllos que cuando escriben novelas parecen escribir autobiografías y aquéllos que cuando escriben su autobiografía ésta posee todas las trazas de una novela. Thomas Bernhard (1931-1989) era de los dos tipos, de ahí que su trayectoria vital haya estado siempre llena de ambigüedades e inexactitudes y hasta hace muy poco no se hayan cuestionado las afirmaciones que hacía en sus escritos literarios o incluso en las entrevistas que concedía.
Miguel Sáenz, autor de esta aproximación a la biografía de Bernhard, lleva treinta años traduciendo su obra. Es precisamente el profundo conocimiento que tiene de sus textos lo que le da la perspectiva suficiente para diferenciar lo auténtico de lo imaginado, lo esencial de lo accesorio, lo exagerado y mistificado de lo real y experimentado. Como es lógico, parte del trabajo previo de otros especialistas, pero este lúcido ensayo tiene personalidad propia.
En las páginas de este extraordinario libro, que ayudará a los amantes de la obra de Bernhard a entenderlo y valorarlo mejor, Sáenz pone orden en el caos de “pistas embarulladas” que velan sus relaciones con su madre y su abuelo; su compleja infancia y juventud en plena Austria nazi, primero, y de posguerra, después; y sus problemas crónicos de salud, que lo convirtieron en un “superviviente” permanente y se encuentran presentes en toda su obra. También permite comprender por qué no dudaba en provocar un escándalo tras otro, desde una entrega de premios hasta una “carta abierta” en la prensa, desde el estreno de Plaza de los Héroes hasta la redacción de su testamento.
Es especialmente interesante el capítulo dedicado a la relación de Thomas Bernhard con España, donde pasó algunas temporadas en Mallorca y Madrid y donde estuvo en Torremolinos pocos meses antes de su muerte. También se examina la recepción crítica en nuestro país, favorecida por la fascinación de autores como Félix de Azúa o Javier Marías y el empeño de editoriales como Alianza, Anagrama o Alfaguara.
Vértigo
SEBALD, W. G.
Debate, 2001
¿Qué es el tiempo? ¿Cómo nos construye y aniquila? ¿Cómo funciona la memoria? ¿Puede la escritura rescatar el pasado? ¿Es posible superar el vértigo que provoca el cuestionamiento de nuestra identidad y nuestra permanencia en la fugacidad del instante? La obra en prosa de W. G. Sebald (1944-2001) es uno de los más intensos esfuerzos que haya habido nunca en la literatura por responder a estas preguntas y tanto sus logros estilísticos como su demoledora potencia estética la sitúan sin duda junto a la de los más grandes escritores de la generación posterior a la II Guerra Mundial.
La aparente dispersión temática, argumental y de personajes de Vértigo (1990) esconde una unidad sutil en la figura de su narrador sin nombre, que no es otro que el autor en proceso de creación y transformación en cada página, en cada frase, en cada palabra. Incluso cuando habla de otros, ya sean aquí de importancia marginal como Giacomo Casanova o decisiva como Henri Beyle Stendhal o Franz Kafka, sus historias no son sino correlatos de lo que propio Sebald quiere expresar.
Efectivamente, en la primera sección de este libro inclasificable que es Vértigo, conocemos cómo Stendhal, en su ensayo Sobre el amor, forjó la conocida teoría de la “cristalización” a partir de sus propias experiencias en Italia. En la tercera sección, acompañamos a Franz Kafka, aislado por la enfermedad en un balneario italiano donde ciertos sucesos que vive le inspirarán años más tarde algunas de sus perturbadoras fábulas.
Precisamente entre estas dos soluciones al mismo dilema del yo creador frente al tiempo y la memoria que son el ensayo literario y la ficción, en las secciones segunda y cuarta por fin irrumpe con toda su fuerza el narrador/autor. Lo seguimos en dos de sus viajes a Italia, dos rutas paralelas en momentos divergentes de su vida en las que graves dudas existenciales le hacen plantearse la naturaleza del tiempo y la eternidad de la literatura y el arte. Y también acude en busca de sí mismo en el viaje final a su ciudad natal en Alemania, donde constatamos cómo el niño que fue, intrigado por los misterios de la muerte y el erotismo, es ya el adulto que transformará sus notas y apuntes en libros memorables como éste.
rePublicanos. Cuando dejamos de ser realistas
IWASAKI, Fernando
Algaba, 2008
Fernando Iwasaki es un literato e historiador peruano afincado en Sevilla desde hace más de 20 años. No frecuenta el ensayo, pero en esta ocasión se ha atrevido a buscar los puntos de unión entre dos orillas de una misma lengua que se miran frente a frente y que él mismo tan bien conoce: Hispanoamérica y España. Su mirada es la mirada del otro, tanto acá (al provenir de allá) como allá (al llevar dos décadas viviendo acá); pero el verdadero logro de este ensayo es que consigue hacer desaparecer los adverbios de lugar y nos permite ver nuestra historia con otra perspectiva para así demostrar los errores comunes que hemos cometido, que no son pocos, así como el patrimonio común que nos hermana.
El enfoque que domina todo este ensayo histórico escrito de forma amena y ágil es confrontar la evolución histórica en los últimos dos siglos, los que van desde la independencia de las repúblicas americanas hasta la actualidad, de los dos territorios hermanos: su política, economía, mentalidad y cultura.
A los ojos de Iwasaki, ambas orillas coinciden en un penoso siglo XIX que marca y lastra su evolución, “sin embargo todos los despropósitos perpetrados en el terreno político se antojan incongruentes al lado de la fortaleza de la cultura, el pensamiento y la literatura en español”. Además el autor destaca a todos los hombres y mujeres que han hecho bandera de la libertad y de la apertura intelectual sin sectarismos y reniega de los salvapatrias de ahora y siempre.
Con un estilo fluido y literario que no renuncia al soporte bibliográfico para dar empaque al contenido histórico y al tono ensayístico, el autor busca tender puentes entre Latinoamérica y España para analizar críticamente los errores y vicios históricos de ambos territorios, sin renunciar a anécdotas muy reveladoras y aportando nombres muy interesantes.
Algunos factores capitales y comunes en los últimos dos siglos son la modernidad a la antigua, la oscuridad en el Siglo de las Luces, el retraso en la incorporación a la modernidad industrial o los líderes iluminados de acá y allá que nos acercaron y acercan al precipicio. Pero la cultura común es nuestra gran baza, como se demuestra en el último capítulo, que analiza el preboom, el protoboom y el postboom de la literatura hispanoamericana en el siglo XX y que resulta muy revelador y profundo en su análisis, esbozando claves del fenómeno y prediciendo las líneas que puede seguir en el futuro.