Crónica estival de un lector (Segunda parte)
…Dejábamos julio tras el intento (vano intento) de recortar el arborescente entramado técnico de la literatura. Para ello nos servíamos de David Logde. Pues bien, agosto perseveró en esa senda con la llegada de un texto raro, poco conocido en España, aunque siempre ingenioso y clarificador. Nos referimos a “El arte de escribir” (Artemisa Ediciones, 2006) de Robert Louis Stevenson. El padre de “La isla del tesoro” ha pasado a la posteridad como autor novelesco, clásico en la memoria colectiva, empero como acertadamente nos explica la traductora y prologuista del libro (María Sanfiel), sus primeros pasos tuvieron lugar en el ámbito de la crítica literaria y el ensayo. Este volumen breve está armado de una gran lucidez y responsabilidad, destacando la reivindicada dimensión ética del quehacer literario. Para ilustrar el pulso del pensamiento stevensoniano tomemos apenas tres o cuatro fragmentos: “Es preferible que nuestros serenos templos queden desiertos a que se llenen de sacerdotes dedicados a traficar y a practicar juegos malabares” […] “Así, la suma del conocimiento o de la ignorancia contemporánea acerca del bien y del mal es, en gran medida, obra de quienes escriben” […] “En literatura, como en conducta, uno no puede esperar hacer siempre lo correcto. Todo cuanto se puede hacer es equivocarse lo menos posible, y para ello existe una sola regla: no hay que hacer deprisa nada que se pueda hacer despacio”. ¿Contemporáneo, no les parece? Por sus páginas asistimos a un espejo donde todavía se reflejan muchos de los claroscuros de la literatura de nuestro tiempo. Tras el deslumbramiento en torno al arte narrativo llegó, casi por compensación, un poemario del griego Yannis Ritsos. Desde 2007, la excelente editorial catalana El Acantilado, viene recuperando y traduciendo toda la serie completa de monólogos (soliloquios dramáticos) donde este autor trató de transmitir el pathos de la tragedia griega. Hasta la fecha se han publicado “Fedra”, “Sonata del claro de luna”, “Áyax” y “La casa muerta”, todos ellos en versión de Selma Ancira. El libro que nos ocupa es “Fedra” (El Acantilado, 2007). Para contextualizar el contenido del libro recordemos primero sucintamente el mito: Fedra era una princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae, y hermana de Ariadna, que fue raptada por Teseo para casarse con ella tras abandonar a la hermana. Sin embargo, ella se enamoró del que era su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo e Hipólita, reina de las Amazonas; pero éste rechazó las insinuaciones, por lo cual Fedra, despechada, lo acusó ante su padre de haber intentado violarla. Irritado Teseo, entregó a su hijo a la furia de Poseidón, de modo que éste resultó muerto. Llena de remordimientos, Fedra se suicidó, ahorcándose, al saberlo. En manos de Ritsos, este mito se transforma en un discurso a través del cual Fedra, única hablante, disecciona y desnuda sus propias fragilidades frente a la presencia muda, insoportablemente hierática, de un Hipólito seguro de sí mismo. En uno de sus muchos instantes memorables la princesa cretense increpará al joven: “Quizá algún día te enteres tú también (¿qué importancia tendrá entonces?)— de que nuestro dolor, hasta el más insignificante, nos atormenta mucho más que el dolor del mundo entero. Por lo demás, ¿qué dolor es pequeño?”. ¿Hay dolor pequeño? ¿Existe una jerarquía en los valores? Frente a las conscripciones sociales, Ritsos parece reivindicar la propia fragilidad y libertad individual, en contraste con la normatividad de los vigilantes de la moral y el orden. Un texto de gran calado subversivo en estos tiempos de cierto fundamentalismo religioso (cristiano e islámico, da igual), o de cuestionamiento del orden moral postmoderno (el neoliberalismo burgués y su crisis del capitalismo globalizador), así como de tantos y tantos acabamientos que parecen salpicar hoy nuestras precarias vidas. Con Ritsos, el asombro, la incertidumbre y la rabia se instalaron en la planicie del verano, aunque (frente a la sentencia popular) tras la tormenta no llegó la calma. Quizá por eso se vino a sentar un texto de igual o, incluso, mayor capacidad turbadora. Estamos hablando de la primera (parece imposible que así sea) edición en España de “Operación Masacre” (451 Editores, 2009) del escritor argentino Rodolfo Walsh. Unas notas sobre el autor antes de adentrarnos en este libro. Walsh fue periodista y guerrillero, primer espada de la literatura policial argentina con títulos como “Variaciones en rojo” (1953), fundador de la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) durante la dictadura de Videla, en cuyo período envió su ya tristemente famosa “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” el 24 de marzo de 1977. Al día siguiente de aquella misiva, fue secuestrado por el ejército y aún hoy engrosa (como se nos comunica en la solapa del libro) las filas de los desaparecidos de la ominosa dictadura argentina. “Operación Masacre” fue escrita en 1957 y reconstruye literariamente unos crímenes de estado producidos en la Argentina de los años cincuenta, durante la llamada “Revolución libertadora” de Valle contra el gobierno de Perón. Se suele afirmar que el nuevo periodismo nació con “A sangre fría” (1966) del autor norteamericano Truman Capote. En ese libro ya canónico, por primera vez, las fronteras entre periodismo (información) y literatura (creación) quedaban definitivamente difuminadas, produciéndose un nuevo tipo de narrativa de gran potencia semántica e histórica. Pues bien, cada vez más críticos reconocen (al menos en al mundo hispánico) que la obra de Walsh se anticipó en diez años a los logros de Capote. En ella encontramos todos los elementos que después serían “seña de identidad” de ese nuevo periodismo encarnado en gigantes norteamericanos como el propio Capote o Norman Mailer. Verosimilitud, profundidad psicológica de los personajes, conexión con el marco social donde se inscribe la acción, rigor y calidad literaria, tramas novelescas… En este libro asistimos de forma sobrecogedora a la reconstrucción de una masacre clandestina de supuestos opositores a la “Revolución libertadora”, que nos sumerge en un thriller de intriga. El ritmo vertiginoso de la acción, la rotundidad y exquisitez de un lenguaje puesto en crisis de manera sorprendente, la hilatura novelesca de los personajes y las tramas, sus características psico-sociales, la contundencia de la veracidad de los hechos recuperados minuciosamente tras una investigación penosa y peligrosa, y la posición del autor en nada escapatoria y/o distante respecto de los hechos que narra, hacen de este libro una parada inexcusable, violenta, de la literatura latinoamericana del siglo XX. En Argentina es ya un texto clásico, precedente al boom, parada obligada de muchos de los que después serían y son narradores imprescindibles del panorama latinoamericano. Sin embargo en España todavía es un libro mal conocido. Los veranos son proclives al asombro, al encuentro fortuito con personas y paisajes que después nos dejan un recuerdo hondo, capaz de incendiar buena parte del tedio otoñal. Walsh es uno de esos recuerdos, amargo, desasosegante, pero recuerdo a fin de cuentas. Una de esas razones por las cuales al regreso seguimos leyendo con la misma devoción más allá del verano o más acá del invierno…


