Archive for the 'España' Category

Suena música de unas vidas

De música ligera

CRUZ, Aixa de la

451 Editores, 2009

El resultado de escribir una novela (siempre empresa titánica) con 21 años suele ser las más de las veces un fracaso, una toalla arrojada sobre la lona, y como el menor de los males, un artefacto pueril, vacuo o maniqueo de trama simple y tono adolescente. He aquí la cuerda floja de la creadora suspendida; con mayor altura si cabe al encarar una “novela adulta” escrita por una joven. Más temeraria aún al tratar de cruzar el vacío con personajes rotos y de forma fragmentaria.

Al anochecer, un encuentro casual en un pub irlandés. Solitario, sentado en la barra, Dylan, un pianista cuarentón que vive en el mutismo y se expresa y siente gracias a la música. Recién llegada, Julia, ex–alumna en la academia en la que él trabaja, una joven que rozando los 30 años, está a punto de embarcarse en una vida que no desea: hipoteca, pareja y coche. Una conversación…

… y en diez movimientos en forma de capítulos, se va desplegando el atlas vital de los dos protagonistas durante cuatro horas de conversación mezclada con flash-backs, cervezas de barril, metaficción por boca de una autora que va desembalando el puzzle, la hora del cierre que se acerca, canciones que suenan de fondo y varios textos periodísticos ficticios que difunden la importancia de la música. Juntos, en un diálogo con tragos amargos de vida, de cruel confrontación entre deseo, realidad y deriva.

Entretanto la ficción cobra vida en un texto que funde música y palabras, banda sonora de esas vidas. Aún postreramente sorprende la juventud de esta autora, su osadía, transida de bisoñez en determinados momentos, atrevida en las técnicas narrativas que emplea, en la cultura musical que tiñe todo el relato, casi temeraria por la superposición de escenas y ejes temporales, por la variedad de tipologías textuales. Esta ¡¡¡segunda novela!!! de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) muestra ocasionalmente un punto de exhibicionismo técnico pero página tras página va ganando peso el relato, al proporcionar las claves del fragmentarismo con el que suena la música de unas vidas, de las que seguro quedará un eco en nuestros oídos lectores.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas | on Marzo 11th, 2010 | No Comments »

El camino de la excelencia

El camino de la oruga

MIJE, Javier

Acantilado, 2003

“Al otro lado del cristal, Bruno veía las caras brillantes de aceites, veía a los niños correr, a familias enteras que seguían una línea ordenada hasta llegar a la orilla […] Lo que veía más allá del cristal era un camino de orugas, un camino de babas, lento, seguro y feo. La vida no era más que eso, y esa era la senda de la que se había apartado. Bruno pensó que todo el secreto de vivir consistía en soportar la fealdad. Fuera de allí no había otra cosa que el caos”. Bruno y Laura, los personajes de “El color del mar”, el último relato de El camino de la oruga, primer libro de Javier Mije (1969), están persiguiéndose a sí mismos y están buscando un lugar en el mundo, pero no pueden evitar constatar que se encuentran a un lado del cristal y todo lo demás, al otro.

La literatura -parece sugerir este extraordinario autor novel- nace de un ejercicio de la mirada, como en el relato “Toda la vida”. La belleza, la felicidad y el orden, si existen, son descubrimientos de la percepción a nuestro propio lado del cristal, y por eso no hay necesariamente una correspondencia exacta con las apariencias de la realidad que se encuentra al otro lado. De la síntesis entre estas dos direcciones de ida y vuelta surge esa emoción arrasada, esa zozobra que sentimos cuando terminamos cada una de estas piezas magistrales.

El punto de partida de estos relatos es el realismo: la rutina laboral (”Sabio en esperas”), los celos (”Es por ti”), la soledad (”Grimbergen”), la memoria (”Corredor de fondo”). No obstante, si atraen de forma tan admirable, es porque ajustan el enfoque de nuestra mirada abriendo paso a lo inexplicable: el laberinto (”Un juego de espejos”), el doble (”Toda la vida”), la ironía (”El efecto mariposa”), el azar (”La furtiva”).

Quizá la aportación más significativa de Javier Mije sea haber sabido depurar sus relatos de artificiosidad. Su técnica narrativa debe mucho a la tradición de los grandes especialistas de la narrativa breve, pero resiste a la tentación de abusar de esos giros sorpresivos finales o de esas acciones que repentinamente cobran un sentido nuevo en el último párrafo. Pese a algún exceso metafórico y estilístico, debemos reconocer, por otra parte, que nos hallamos ante narraciones de gran densidad conceptual y precisión expresiva. Ojalá Mije reanude pronto este camino a la excelencia y tengamos que esperar poco para leer su próximo libro.

Published in: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas | on Febrero 6th, 2010 | No Comments »

Dos libros para aprender a “leer”

resena-conjunta.JPGEscribir un poema

GARCÍA, Eduardo

Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2003

Un pistoletazo en medio de un concierto: Acerca de escribir de política en una novela

GOPEGUI, Belén

Editorial Complutense, 2008

A veces las cosas no son lo que parecen. A veces resulta que los libros que se dirigen a futuros escritores desbordan sus propios objetivos y acaban depositándose en la antesala de la lectura, de la simple lectura. A veces incluso el arte de escribir transmuta en el arte de leer, un desafío mucho más audaz, necesario y difícil que la propia creación. A veces los libros orientados hacia la técnica acaban por desvelar el misterio de la mirada, el sentido íntimo de la contemplación. Esto es lo que sucede, a mi juicio, con los dos textos que reseñamos hoy.

Se trata de propuestas muy distintas. En el primero el excelente poeta Eduardo García desmenuza sin ampulosidad los fundamentos del arte poético, de tal modo que cualquier potencial autor puede a través de sus páginas bucear en las contradicciones, tensiones, hábitos e, incluso, atajos por donde transcurre la labor lírica. El segundo de los textos es una conferencia pronunciada por Belén Gopegui en la Universidad de California en 2006, donde la narradora madrileña, emboscada tras la máscara de un joven militante revolucionario, da buena cuenta de las dificultades y necesidades de hablar de política en la novela. A priori nada parece unir estos dos libros. Nada parece orientarlos hacia el arte de la lectura. Sin embargo, tal y como ha sugerido Vicente Luis Mora en su estupendo libro “Pasadizos” (Páginas de Espuma, 2008), existen vasos comunicantes inconscientes entre distintas manifestaciones artísticas. En este caso, Eduardo García y Belén Gopegui más que radiografiar desde la perspectiva del escritor aspectos técnicos, dibujan todo un mapa sobre el hecho lector, sobre la necesidad de rigor en el propio ejercicio de lectura, sobre la necesidad de “ampliar” el espectro y la mirada, rescatando muchas laderas de la realidad o la imaginación escondidas o, en ocasiones, erosionadas por una educación y un pensamiento hegemónico contrario a la propia complejidad del hecho literario. Me explicaré. En su libro Escribir un poema más allá de ofrecernos una guía (que también) sintética de las herramientas conceptuales disponibles para un potencial escritor, lo que emerge es toda una panoplia de posibilidades para “descubrir” lo poético, desterrado de la temible educación “acumulativa” recibida en las aulas. Frente al poema entendido como acertijo, como objeto para iniciados, Eduardo García reivindica su carácter emocional, visual, contemporáneo y directo. La poesía no se trata de un conciliábulo para minorías, porque se proyecta hacia un campo de juego lleno de posibilidades para cualquier lector. Es, ante todo, un texto orientado a la difusión de la palabra poética y hacerla accesible a todos aquellos que deseen bucear en ella. Se evita lo retórico, lo afectado, para entrar de lleno en el mundo de la palabra libre de prejuicios y volcado hacia una generosidad de taller. El misterio de la escritura poética se pone al alcance de todos nosotros. En el mismo sentido pero en un eje conceptual diferente, Belén Gopegui, más que reivindicar (que también) la necesidad de construir propuestas narrativas que vuelvan a repensar lo político dentro de lo artístico, lo que esboza es un modo de volver a mirar la novela. A través de su intervención descubrimos hasta qué punto un personaje no es algo inocuo, alejado de su contexto. Hasta qué punto la arquitectura narrativa, la elección de las situaciones, los referentes literarios, el tipo de héroe no son meros aciertos (o desaciertos) estilísticos. Está en juego toda una concepción del mundo que habitamos y por eso es necesario posicionarse como escritores pero también como lectores.

La lectura tampoco se trata de un acto inocuo. Al elegir qué libro leemos estamos escogiendo un mundo, estamos optando por comprender o enceguecer, por huir o ser partícipes, por impregnarnos de la complejidad de lo existente o por escondernos detrás del puro placer. Decir esto no es elegir entre realidad o ficción, entre razón o emoción, ni tampoco entre estéticas realistas o imaginativas. Lo que estamos diciendo es que “la lectura”, implica un acto creativo tan importante como el propio ejercicio de escribir, y estos dos textos ponen encima de la mesa hasta dónde esta aseveración es algo más que una frase más o menos ingeniosa. Por encima de escritores una sociedad necesita lectores, buenos lectores, atentos a las tensiones de lo vivo pues no se crean que es fácil ser un buen lector. Se requiere esfuerzo, tiempo, apertura intelectual, curiosidad, disciplina, rigor, sentido crítico, generosidad… En contraprestación la lectura nos regala placer, deleite, comprensión, amplificación de la experiencia, conocimiento de lo extraño, desborde de nuestros propios límites, memoria de nosotros mismos. Eduardo García y Belén Gopegui parecen ayudarnos (o, al menos, esa ha sido mi interpretación) en este ejercicio y por eso su lectura, más que recomendable para futuros escritores, se hace necesaria para nosotros, lectores, necesitados de afianzar esta labor tan precaria pero a la vez tan imprescindible.

Published in: España, Reseñas | on Enero 7th, 2010 | No Comments »

El fin de la trilogía

nocilla_labportada.jpg

Nocilla Lab

FERNÁNDEZ MALLO, Agustín

Alfaguara, 2009

Pues sí, parece que esta reseña va a ser extraña. Extraña porque con Nocilla Lab se cierra una trilogía sobre la cual se han vertido más páginas que las que ella misma contiene. Extraña porque, independientemente de su valor o no literario, esta obra ha levantado suspicacias y cuestionamientos dentro de buena parte del Parnaso institucional. Extraña porque, pese a su aparente carácter rupturista, se encuentra instalada cómodamente ya en el salón de los grandes grupos editoriales. Extraña porque su éxito, su eco mediático, parecen no corresponderse con un contenido no apto para mayorías. Extraña porque quizá sea demasiado pronto para conocer el impacto que tiene y/o tendrá en el devenir de la última promoción narrativa española.

Les voy a ser franco. Con Nocilla Dream me sentí interpelado, percibí que ese artefacto literario era capaz de traducir una de las características de nuestro tiempo: la fragmentación. Sentí que, más allá del extrañamiento producido por los personajes y las historias contenidas, Fernández Mallo atesoraba un discurso propio, una herramienta simbólica genuina que lo hacían necesario. Con Nocilla Lab me ha vuelto a suceder lo mismo. Y eso muy a mi pesar. Digo, a mi pesar, porque para seguir siéndoles franco desconfío enormemente de cierto discurso postmoderno. No es que no tome en cuenta dicho paradigma (algunos de sus teóricos, véase Jameson, me parecen fundamentales para comprender nuestra contemporaneidad), sino que en ocasiones tengo la sensación, como bien nos recuerda el profesor de filosofía de la UNED Ramón del Castillo, que más que mensaje hay masaje. Esto mismo se podría aplicar a algunas declaraciones de la supuestamente mal llamada Generación Nocilla o Afterpop (como la denomina, con más acierto, Eloy Fernández Porta), un cierto exceso de masaje. Ahora bien, si dejamos a un lado las intervenciones públicas de Fernández Mallo (¿dónde acaba el escritor y comienza el personaje?), la lectura de Nocilla Lab presenta aciertos indudables. Para empezar su arquitectura es inteligente, bien armada, eficaz respecto a la trama. Su capacidad de traducir obsesiones, paradojas,  cadáveres exquisitos, sigue siendo sugerente. Los tiempos narrativos aparecen difuminados, rotos, generando un puzzle imaginativo libre de ataduras académicas. Se trata de una narración fluida no exenta de indagación intelectual. Hay vuelo y ganas de explorar la trastienda de nuestro mundo. No se imponen fronteras ni límites y se reivindica la imaginación como un poderoso bálsamo contra las normatividades instaladas. Sin embargo, todos estos hallazgos están trufados (en esta ocasión) de un, digámoslo así, anhelo de paradigma: el del acabamiento de los grandes relatos, el de la artificiosidad como única temperatura de nuestro tiempo. Y aquí es donde, a mi juicio, esta entrega de Nocilla se muestra más dogmática que otras. Si en Nocilla Dream o Nocilla Experience la proyección de lo fragmentario, sin retóricas ni posicionamientos apriorísticos, las hacía sugerentes como instrumentos explicativos de nuestra realidad sociocultural, Nocilla Lab (a pesar de sus indudables aciertos literarios) parece dar un pasito más allá desplazando la pura creación a la más cuestionable del adoctrinamiento. Porque una cosa es estar convencido que nuestra postmodernidad se caracteriza por el fin de las ideologías y otra muy distinta hacernos creer que esta tesis es la única y verdadera. No sé. Quizá me equivoque. Pero observo en esta última entrega un cierta dosis de autocomplacencia, un deslizamiento de lo connotativo (Nocilla Dream, Nocilla Experience) a lo denotativo. Y ahí, insisto, la propuesta de Fernández Mallo, en mi opinión, pierde fuerza.

Ya les decía que la reseña iba a ser extraña. ¿Estaríamos delante de un texto que nos ayudará, dentro de unos años, a comprender mejor el tiempo que vivimos? ¿O nos encontraríamos delante de un artificio demasiado encerrado en su propio discurso, poco sensible a las complejidades de un mundo atravesado por enormes conflictos sociales? Que la fragmentación es signo de los tiempos no me cabe la menor duda; que los grandes relatos se hayan acabado, por el contrario, me cuesta más aceptarlo. ¿O acaso la situación de crisis civilizatoria que estamos viviendo no es una muestra de ello?

Al menos, lo reconozco, este libro ya ha conseguido uno de sus objetivos: colocarnos ante nuestra propia extrañeza y contemplarla sin miedos ni añagazas. Con eso, creo, basta.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas | on Octubre 29th, 2009 | 3 Comments »

Balada de lo que se hizo para ser roto

Deseo de ser punk

GOPEGUI, Belén

Anagrama, 2009

Supongo que lo peor de la premisa inicial del punk (“No future”) es darse cuenta de que es verdad, aunque no pertenezcas a esta tribu urbana. Eso es justo lo que le ocurre a Martina, voz narradora y protagonista de este libro. Afortunadamente aún tiene tiempo y energía para tratar de cambiar las cosas con una herramienta poderosa: las canciones.

El resultado es que Belén Gopegui se aleja conscientemente de sus anteriores novelas de tesis, de ideología más profunda y focalizadas en generaciones perdidas y aburguesadas de mediana edad. En cambio, mantiene con acierto las referencias a la cultura popular y a la historia más reciente y así, de la mano de Martina, escuchamos sus tribulaciones acerca del mundo de los adultos, de la muerte, del fracaso y la rebeldía. La protagonista es una adolescente de 16 años inadaptada y melancólica que persigue canciones para alcanzar su música. Pero no cualquier música, sino la que dé respuestas, la que tenga un final y consiga expresar rabia sin sensiblería. Música que construye historias y pequeñas historias, como ésta, construidas con Música. Por eso sus confesiones y reflexiones íntimas vertidas en un cuaderno están trufadas de canciones, de aquellas que atraviesan las líneas de texto y llegan a nuestros oídos; de las que dicen cosas y hacen sentir.

Con medida construcción, tono y pulso, el resultado final es una novela corta que parece más universal y cercana que otras obras de la autora y que, además, resulta menos sentimental e irreal de lo que pudiera aparentar en un principio; más anclada en el hoy y ahora. Sí, quizá Martina no sea un reflejo real de la mayoría de los adolescentes; quizá también la música para muchos sólo sea cientos de megas descargados y avasalladoras campañas de promoción de multinacionales, quizá el letargo y la parálisis social estén firmemente arraigados y extendidos en cada uno de nosotros. Pero gracias a cómo actúa y reflexiona esta joven consuela pensar que no todo sea como creemos o nos hacen creer.

Por eso, en sus páginas puede escucharse una banda sonora plagada de desgarro y alta tensión, que se mueve entre los Beatles, Still, Crosby and Nash y grandes mitos como AC/DC, Guns´n Roses, Johnny Cash o Iggy Pop. Y definitivamente sí; al acabar la lectura uno no puede menos que correr al Spotify o YouTube para (re) escuchar los sonidos que envuelven a Martina. Lo único cierto es que si lo mejor del rock son las baladas, aquí Belén Gopegui logra componer una llena de confusión, rabia e inconformismo adolescente, de deseo de acción y expresión frente a un entorno siempre anestesiante.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas, Sin categoría | on Octubre 21st, 2009 | 3 Comments »

Tal vez sí fue para tanto

tejero2.jpgAnatomía de un instante

CERCAS, Javier

Mondadori, 2009

Yo siempre he pensado que la historia del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 fue la última fantochada del Ejército, de unas Fuerzas Armadas en decadencia que veían amenazado el poder que siempre habían tenido durante dos siglos para decidir el signo de los gobiernos (generalmente, eran del mismo signo): un picoleto bigotón que entra pistola en mano en el Congreso de los Diputados asustando a todo un país y todo queda en agua de borrajas. Sin embargo, cualquiera lo diría después de leer este ensayo.

La narración de Javier Cercas toma como referencia las imágenes de televisión de aquel momento e intenta ponerse en el lugar de los principales protagonistas, los que estuvieron de pie o se mantuvieron en el asiento: Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo. Desgrana los años precedentes de la Transición, el lugar de estos personajes en la historia de esos momentos, sus palabras, sus decisiones, sus luces, sus sombras. Pero también el entorno, todo lo que rodeó a aquel acto militar, de un modo directo, estructurado y nítido para los lectores.

Lo más fascinante es la intensidad narrativa: Cercas da un tono novelesco a un ensayo densamente documentado a partir de periódicos de la época, actas de los juicios y libros variados, sino, sobre todo, con entrevistas, que traslucen por la viveza de las opiniones plasmadas. Cercas es sincero: él iba a hacer una novela, pero se entremezcló tanto con el tema, que optó por hacer una narración histórica, si bien alejada del habitual distanciamiento que exigen estos textos.

Además, Cercas no tiene tapujos: toma partido. Toma partido por aquel trepa de Falange (Suárez) que comandó la Transición junto con un general que fue quintacolumnista en el Madrid de 1936 (Gutiérrez Mellado) y que se redimieron de sus respectivos servilismos enfrentándose a los guardias civiles. Toma partido por aquel acartonado líder comunista (Carrillo) que pensó que le iban a fusilar a pesar de haber cedido en los símbolos más importantes de su partido por la reconciliación. Y reparte estopa a todos los demás, ciudadanos incluidos, que callaron hasta ver lo que pasaba, pero no hay que olvidar que esos ciudadanos vivieron ese momento con la sombra de la Guerra Civil. Porque Cercas acierta de pleno: la Transición no se hizo porque se había olvidado el pasado, sino porque se tenía muy presente.

Published in: Ensayo, España, Reseñas | on Octubre 10th, 2009 | 3 Comments »

ARACNÉ Ó LA TEORÍA DE LA HILACHA

ana_gorria.jpgAraña

GORRÍA, Ana

El Gaviero, 2005

Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos decía que “hilar”, históricamente, se asoció a la acción de crear, mantener la vida. Por eso, las hilanderas que perdían sus madejas sufrían de tristezas y censuras. Pero si echamos la mirada hacia el pasado, el mito que más poderosamente ha influido en la configuración del arte de tejer como arte de la vida fue el de Aracné. Ya saben, esa gran tejedora que alardeó de ser más habilidosa que Atenea. Por eso la diosa ofendida organizó un concurso entre la dos, pero el tema elegido por Aracné, los amores de los dioses, resultó ofensivo a los ojos de la diosa, lo que hizo que Atenea la transformase en una araña. No voy a ahondar más en este mito porque, a quién le interese, nuestra autora le dedica un magnífico epílogo en el libro que nos ocupa. Ahora bien, hay un aspecto dentro del texto que, a mi juicio, presenta una poderosa novedad frente a otros acercamientos más o menos conocidos a la vez que se constituye en piedra de toque del mismo. Ana Gorría en Araña, lejos de tejer un discurso firmemente hilvanado, corriente continua de un pensar poético acumulativo, nos deslumbra con la articulación madura de hilachas (agrupadas en siete secciones: Como comer arcilla, El cielo en construcción, Luz no usada, Texturas, Y de pronto anochece, La ley del plomo, y una séptima sin título) cuya potencia semántica y expresiva duplica, con mucho, el carácter ordenado de la hilatura. Recordemos la definición que nos ofrece el D.R.A.E. antes de explicar esto con más detalle: f. Pedazo de hilo que se desprende de la tela. f. Porción insignificante de algo. f. Resto, residuo, vestigio. La voz de Ana Gorría no se comporta como una inteligencia omnívora y totalizadora. Sabe que la realidad actual es porosa, atravesada de inconsistencias, fragilidades, cuya traducción poética desborda los límites, más o menos trillados, del decurso ordenado. Lo rizomático, lo fragmentario, lo desasido muestran con más claridad aquello que hoy parece emboscarse detrás de la realidad objetiva y subjetiva. Por eso, frente a la hilatura, Ana Gorría parece decantarse por la hilacha. Poemas breves, intensos, muy condensados, que se proyectan en su significación más allá de lo aparente: “La opacidad, / morir en el silencio, / parpadear lentamente, / no ver nada. / Saber del desarraigo. / Retrasarse / en alfabetos rotos.” La hilacha se transforma así, en manos de esta poeta, en un camino indagatorio de gran hondura a pesar de su aparente fragilidad. Araña, Aracné, que es la propia autora o cualquiera de nosotros, se comporta como ser consciente que interroga (al mundo, a sí mismo), pero sabe de la debilidad de su instrumento cognitivo. De ahí la hilacha, de ahí el poema anoréxico, adelgazado. Sin retóricas, sin estertores, el poemario avanza en un proceso continuo de acendramiento cuyo fondo es la propia levedad, la propia debilidad y todos los fantasmas que habitan el ser humano. “Límite entre lo orgánico y lo otro, la araña, la hilandera, no lleva a cabo un producto ajeno en su obra, se lleva a cabo en la actividadrealizada, metáfora, de algún modo, de sí misma.”

Pero Araña es mucho más. Tomado como itinerario cultural, por él atravesamos el Land Art (Richard Long, Robert Smithson) y su mirada preciosista, reinterpretativa de la naturaleza, convertida no ya en escenario o espectáculo, sino en protagonista del propio quehacer artístico. Descubrimos autores poco o nada conocidos en nuestro país como Milan Rufus, Louise Bourgeois, Mariano Brull, Anne Carson. Visionamos las películas de la belga Marion Hänsel e, incluso, volvemos una y otra vez a la inolvidable Blade Runner. Nos dejamos abrasar por la música apasionada de Rimski-Kórsakov y nos dejamos seducir por las reflexiones filosófico-lingüísticas de Paul Ricoeur. En definitiva, una pléyade, una juntura de hilachas que muestran la riqueza de tonalidades y “texturas” intelectuales de la poeta Ana Gorría. Un estupendo libro lleno de verdad y emoción lírica que no se agota con su lectura, sino que vuelve, una y otra vez, en forma de eco y de perplejidad.

Published in: España, Poesía | on Agosto 13th, 2009 | No Comments »

El regreso

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El peluquero de Dios

CRESPO MASSIEU, Antonio

Bartleby Editores, 2009

“Vivir es ver volver” decía Luis Rosales. Este verso bien nos serviría para enmarcar el primer libro de relatos del poeta Antonio Crespo Massieu. Las siete narraciones en las que está dividido (Un olor a verbena, La última clase, El peluquero de Dios, Una fotografía, Pequeño paisaje con mirada, Madrid en otoño y El regreso) participan de una misma temperatura emocional: la importancia de la evocación, de la memoria, el recuerdo latente de lo acontecido como pulso irrenunciable de vida. Las distintas voces narradoras que desgranan los acontecimientos esbozan un perfil común. Nos encontramos con una acendrada sensibilidad hacia el proceso temporal, así como una  insistencia por dilucidar (qué impactos conlleva) el presente en virtud del pasado. Siguiendo esa estela podemos afirmar que Crespo Massieu vuelve a los sucesos del atrás con una voluntad decidida por reconfigurar lo que delante se vislumbra. “A veces hay que regresar. Irse, tomar distancia, luego volver. Mirar entonces con otra mirada. Descubrir este paisaje, el de la infancia, el de tantos años, y verlo como recién aparecido. Tan diferente, tan extraño, tan reconocible y ya tan ajeno.” Por nuestros ojos pasarán la intimidad de los personajes, la lucha antrifranquista, la Shoah, la guerra civil, la aparente vulgaridad de la vida familiar, la dictadura argentina, los restos de la infancia o el amor… en un continuum imposible de seccionar, de ordenar en parcelas independientes. Para intensificar el efecto de este “regreso”, el autor utiliza una panoplia de recursos estilísticos que proyecta el flujo de la conciencia mediante el estilo libre indirecto, el monólogo interior o la descripción narrativa ortodoxa. Sin embargo, más allá de estas aseveraciones generalistas, quiero destacar un rasgo del libro. Se trata del punto de vista desde el que está escrito. Lejos de cualquier veleidad objetivista, Crespo Massieu sabe poner en juego aquello que el gran antropólogo americano Eric Wolf denominaba “conectividades”, es decir, que la humanidad constituye un total de procesos múltiples interconectados, de tal suerte que los seres humanos (sujetos antropológicos) no son más que agentes donde esas conectividades impactan, se entrecruzan, dialogan,  y donde también (con su propia dotación bio-psicológica)  están inscritos y contribuyen a edificar y de-construir. Los empeños por descomponer en partes esa totalidad “interconectada” (que luego no pueden rearmar) falsean la realidad y se muestran estériles. Pues bien, El Peluquero de Dios si algo trata es de levantar narrativamente esa arquitectura múltiple, compleja, de modo que los hechos históricos con mayúsculas se licuen dentro de las historias individuales, obstinadamente íntimas de los personajes. Ambicioso y valiente proyecto. Alejado de relativismos simplones o postmodernismos más o menos camuflados. Aquí radica, a mi juicio, el gran acierto de este libro. Intentar rastrear esas “conexiones” y tirar de sus hilos, mostrar al lector desde el torrente de conciencia de los personajes que, muchos de ellos en tramos maduros de sus vidas, sólo se puede mirar atrás con el anhelo de renombrar y comprender la malla de acontecimientos presentes. Ahora bien, no siempre este empeño se consigue. Nos encontramos con algún relato desdibujado (como por ejemplo el que abre el libro) donde cuesta identificar con claridad esa tensión, así como el sentido y trabazón con el resto de piezas del volumen. Pero más allá de alguna pequeña irregularidad, el Peluquero de Dios nos ofrece una secuencia de siete buenos relatos cuya ambición, honestidad,  generosidad hacia las propias contradicciones y debilidades humanas, nos indican que estamos ante una voz madura, afinada y afilada conceptualmente, capaz de poner encima de la mesa algunos temas que, con demasiada displicencia, tendemos socialmente a relegar.  

Published in: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas | on Junio 23rd, 2009 | No Comments »

Una luz clarificadora

la-estacion-extraviada.jpgLa estación extraviada 

CABRERA, Roberto. 

Artemisa Ediciones. 2007     

Existe un cierto consenso en las ciencias cognitivas acerca del carácter netamente activo de la memoria. A pesar del deterioro que sufre con el paso tiempo, edifica y reconstruye información generando una suerte de esquema o guión a partir del cual los seres humanos “aprehendemos” la realidad, configuramos nuestro propio devenir. Desde esta concepción nutricia, la memoria (lejos de comportarse como un eslabonamiento entre el pasado y el presente), parece más bien una acción vivificante (aunque inconsciente) del sujeto que, al evocar, se hace a sí mismo. Potencialidad proyectiva. Este debate no ha sido ajeno a la literatura. Ahí están el costumbrismo, el realismo, la renacida novela-histórica quienes, a modo de disección anatómica, han querido acercar las laderas del pasado a nuestro ensimismado presente. También laten otras corrientes cuya mirada hacia atrás se comporta como interpelación. Sea cual sea la opción elegida, queda claro que la memoria, el recuerdo, no se trata sólo de un ejercicio de consciencia retrospectiva sino, más bien, de autoreferencialidad constructiva, educción que decía el escritor Antonio Prieto. Es en esta hendidura donde, creo, se inscribe el relato La estación extraviada del canario Roberto Cabrera. A través de una voz única, en primera persona, fluyente sin ningún signo y aparte, asistimos a la evocación sostenida de un familiar (el tío Julián) y una época, la infancia. Para que el lector pueda concentrar la mirada en ese “evocar”, se despeja el escenario narrativo y todos los movimientos de la nouvelle quedan encapsulados en el ambiente familiar del narrador. A partir de ahí se irán desgranando las mediocridades de un hombre (el tío Julián) aparentemente anodido, sonso, anti-personaje incluso, a la vez que se respirarán los vapores del ambiente segmentario. Pero no se engañen, La estación extraña no pone en primer plano la “mediocridad” entendida como sufrimiento, impostura o lucha interior. Todo lo contrario, se manifiesta en su acontecer alienado, inserto en la vida, que apenas se combate. No alimenta desazones, no produce bajadas a los infiernos, mucho menos anhelo de epifanías. Se trata, simplemente, de “mediocridad” en su sentido más vertical y corpóreo. Por ello, al recuperar el narrador esa latencia yerma, la memoria (y aquí conecto con el principio de la reseña) reconstruye y configura la propia voz narradora en un diálogo recursivo sin tregua. A mi juicio, aquí radica la inteligencia de este libro. Roberto Cabrera sabe poner en juego los espejos del pasado y del presente, aprovechando la elipsis del discurso, utilizando un lenguaje equilibrado, preciso, preciosista a veces, capaz de tensar el diálogo entre memoria y realidad. “Comprendí que Julián viviría aún en mí, que su figura resucitaría en mi memoria y que la tarea impuesta de testimoniar su vida y dar razón de su gris existencia no podría separarse del sentido de mi propia infancia, que toda indagación sobre ésta habría de hallar en Julián una luz clarificadora.” Ante palabras así no caben posiciones ingenuas. Elaboramos nuestro tiempo. En nosotros habita la capacidad (aunque sea inconsciente) de vislumbrar. La estación extraviada nos enseña, valientemente, a convivir con esa potencialidad, aunque sea desde el dolor o la extrañeza.

Published in: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas | on Junio 3rd, 2009 | No Comments »

La memoria incómoda

antonio-anson.jpg

Llamando a las puertas del cielo

ANSÓN, Antonio

Artemisa ediciones, 2007.

Aprovechamos la reciente aparición de la última novela del aragonés Antonio Ansón, “El arte de la fuga” (en Eclipsados, Zaragoza), para recuperar su anterior libro y detenernos en él. Con el fin de concentrar la mirada en uno de los aspectos que hacen valiosa y necesaria la lectura de este libro, me adelanto varios pasos y anticipo que, más allá de lo que a continuación expondré, nos encontramos ante un ejemplo acendrado de buena literatura, de estilo directo, eficaz, coherente con la materia literaria que aborda, así como una obra que sabe amalgamar tiempo histórico y tiempo personal dentro de su arquitectura narrativa. El argumento es simple: un recorrido más o menos subjetivo por las entrañas de un pueblo español imaginario (Valcorza) desde las postrimerías del franquismo hasta bien entrados los años de engorde de los 80 y 90. En resumen, una esquirla de memoria colectiva. Ahora bien, si sólo esbozáramos esto, poco o nada harían atractiva esta novela pues son muchos los autores que, utilizando estrategias variopintas, se han adentrado por esta senda. Sin embargo, este libro es diferente. Este libro, entre las muchas cualidades que atesora, muestra una especial sabiduría a la hora del manejo del tiempo. Me explicaré. Allá por 1937, en su ensayo “Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela”, el ruso Batjin postuló que la primera función del “cronotopo” (entralazamiento del tiempo y el espacio en una única dimensión) era figurativa: concretar, dar imagen y encarnar. Esta idea de entrelazamiento, que él supo desenterrar de manera detallada en la obra “Gargantúa y Pantagruel” de Rabelais, configuraba lo que denominó “tiempo folklórico”, entendiendo por tal aquel que remite a las sociedades agrícolas o pre-capitalistas. Las características de este tiempo “folklórico” son su carácter colectivo, su vinculación a las labores de la cotidianeidad y el campo, al crecimiento productivo de los seres humanos, su no separación de la tierra y de la naturaleza, su carácter unitario y cíclico. En definitiva, un tiempo que no se desdobla y separa de la particularidad del hombre, sino que se imbrica e incrusta en la propia naturaleza del hombre. “Tiempo antropológico” que denominan los científicos sociales. Pues bien, Antonio Ansón, con mano exquisita, ha sabido captar y poner en movimiento ese “tiempo folklórico” de la España tardofranquista, convirtiendo Valcorza en un “cronotopo” ejemplar. La voz del narrador (que no desvelaré pues aquí radica, creo, uno de los hallazgos del libro) se articula en hilacha capaz de unir el tiempo (la transición política) y el espacio (el ámbito rural) en un mismo cuerpo proyectado como un todo, imposible de desgajar ni descomponer en partes. Porque uno de los efectos de la pretendida modernidad y postmodernidad a la que nuestro país tuvo que montarse de manera precipitada implicó, entre otros muchos pagos, esa descomposición, ese mismo desgajamiento. Valcorza nos devuelve de forma magistral lo unitario que hay en la realidad sociocultural, de modo que no es posible barrer de un plumazo las estructuras de poder, de representación, simbólicas, de intrahistoria, como si fueran incómodos restos de una historia olvidada. Desde este prisma nuestra cacareada y casi siempre impoluta “Transición” ofrece unos tonos más ocres, desdibujados, donde la continuidad de ciertos fantasmas se hace mucho más presente que en la historia oficial. Por eso este libro, este cronotopo, trata de la versión incómoda del cuento de Caperucita. Una versión manchada, literariamente inscrita en los nervios del cuerpo social, que nos pone delante las continuidades de una sombra alimentada durante cuarenta años y que, a pesar de la agitada pátina de modernidad institucional, todavía se guarece entre nosotros y sale.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas | on Mayo 21st, 2009 | No Comments »