Archive for the 'Poesía' Category

La clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí

poesia_valerie_.jpgDe la ola, el atajo

MEJER, Valerie

Amargord, 2009

Hay muchas formas de estar en la palabra. Para algunos este territorio inquietante se transforma en perplejidad, en sustancia agujereada por donde se cuelan y abisman buena parte de las elucubraciones humanas. Para otros, simplemente, se trata de un medio con el que traducir la realidad objetiva, la que presuponen existe con independencia del lenguaje. Incluso hay algunos, como muy acertadamente nos indica Miguel Casado en su La experiencia de lo extranjero parafraseando a Gilles Deleuze, para quienes la imagen poética levanta acta del carácter no instrumental de la escritura, que no usa para transmitir algo que la precede, sino que existe en cuanto lugar de acontecimiento, donde se abren grietas en aquello que antes vedaba el conocer. Y por abundar aún más, también hay otros para quienes el lenguaje se convierte en una región fronteriza, de proyección y alcance de extrañamientos que reactivan su capacidad de vislumbre. El panorama, como podemos intuir, es variado. Ahora bien más allá del papel que otorguemos a lo lingüístico en la poesía actual escrita en castellano (asunto, por cierto, que tiene más de revisitación de viejas disputas filosófico-filológicas que de auténtico replanteo de la actividad poética), se barrunta en las últimas promociones una sobreabundancia de textos alejados de aquello que Raúl Zurita en el prólogo de este libro denomina “su sentido más urgente”, es decir, su relación con la vida. Desconozco si es signo de los tiempos o hartazgo de una figuración autoritaria. Por favor, no se me malinterprete, no quiero decir que las poéticas, llamémoslas así, de corte ideacional, decididamente metalingüísticas, estén gastadas en el panorama literario. Todo lo contrario, frente a épocas pasadas (especialmente en nuestro diminuto país) podemos celebrar hoy la convivencia de una enorme diversidad de líneas de fuga. Sin embargo, por decirlo vulgarmente, con la que está cayendo, con el mundo que hemos heredado y que seguimos contribuyendo a escribir, con el insoportable dolor social que nos rodea, hay autores y autoras que se han conjurado para recuperar una de las capacidades más insurgentes de la palabra, a saber: su “volverse” a vincular con la vida, su “volverse” a convertir (desde un planteamiento ético y estético) en territorio de disputa. ¿Quiere esto decir hacer una literatura “materialista” en el sentido clásico y periclitado del término? Entiendo que no. Pero sí, quizá, una poesía que se “abra hacia la alteridad”, que recoja con más complejidad las difíciles relaciones existentes entre poesía y realidad. Hacer extraño lo familiar para convertir en familiar lo extraño, hermanar el “viaje interior” con el “viaje exterior” a través de un lenguaje encarnado, visceral, emotivo y con capacidad para producir diálogo e intersubjetividad. Pues bien, en mi opinión, Valerie Mejer y su de la ola, el atajo constituye un ejemplo cuajado y vigoroso de este tipo de búsqueda. Un linaje que la emparenta, creo yo, con lo más perturbador de la poesía contemporánea. Para todos los interesados pueden encontrar este libro en la colección de poesía latinoamericana Transatlántica (http://amargordtransatlantica.blogspot.com).

Pero vayamos a la propia obra. De inicio, la autora mexicana propone siete secciones (de la ola, el atajo; Números rotos; En corto; Dos poemas sobre el salto que dio mi hermano en Edimburgo el 14 de diciembre del 2005; Tres para Z; Unheimliche y Radiación de fondo) cuya arquitectura nos proyecta, como lectores, hacia escenarios diferentes y en tensión. Lo urbano, la naturaleza, las ensoñaciones, los hechos biográficos, el dolor íntimo y colectivo, la imaginación, el recuerdo, la irracionalidad, la figuración, el universo alucinado, la coloquialidad… se vuelven polos de atracción entre medio de los cuales la palabra poética y sus imágenes glosan la discontinuidad. Valerie Mejer, sabedora de la frágil posición del escritor, percute contra el cuerpo de esos mundos diferentes que la rodean con el único instrumento que posee, la palabra, como si en ese gesto estuviese buena parte de la capacidad consciente e inconsciente del sujeto.

Los instrumentos que están cerca de colapsarse

son los más dóciles a la música.

Y es en ese sonoro

               ser casi derruido

que se abre una puerta a la sucesiva llanura.

Porque la palabra de Mejer, por encima de cualquier paradigma, es ante todo pulso vital, desnudez de la propia vivencia, y del mismo modo que el devenir de los seres humanos parece a veces articularse en torno a la relación, la transformación y la desencialización, en su trabajo nos topamos con un fraseo roto, deshilachado, una versificación trimembre asentada en el verso libre, el poema en prosa y la brevedad del metro corto. Los poemas de la autora mexicana son una extensión parpadeante de todo lo humano, sin menoscabo de temas ni emociones. Poesía meditativa (inquiridora) en las tres primeras secciones del libro. Poesía elegíaca en la cuarta estancia dedicada a su hermano. Poesía irracionalista, narrativa, hermosamente surrealizante en sus tres últimos momentos. De la ola, el atajo da cuenta de la multiplicidad de lo vivo, rastrea las inconsistencias del sujeto contemporáneo, arma y rearma la posibilidad de actuar, de ser en la palabra “acontecimiento” como ya dije al principio de esta reseña recordando las palabras de Miguel Casado; interpela a un “otro” que puede ser ella misma o cualquiera de nosotros, pues la “alteridad” parece un viaje de ida y vuelta condenado a transformarnos de raíz. De todos modos cada marbete, cada etiqueta con las que codificamos el decir poético de Valerie Mejer apenas da cuenta de la multiplicidad de registros que este poemario dispersa.

No quisiera acabar sin esbozar el carácter potentemente intersubjetivo de este libro. En él, más que levantarse la voz de un sujeto, lo que se articula es una especie de trama dentro de la cual es posible el orden dialógico, la voluntad de conexión, porque los poemas de Mejer disfrutan de una estructura abierta, atenta a las tribulaciones de un “tú” (o, incluso, un tercero en la sombra) que permanece al acecho, siempre vivo en el texto ya sea de manera presencial, directa, ya sea emboscado tras una inquietante abstracción. En ocasiones esa alteridad puede ser interpretada como un trasunto de la propia voz poética, pero otras muchas, y ahí radica, creo, la intensidad de este libro, mana como una “posibilidad de mutualismo” más allá de la presencia obvia de dos cuerpos en diálogo.

Hace rato hubo relámpagos y ahora la luz se desplaza

y tú, ausente, pareces el fenómeno puro.

Hay un tercer que lo sabe todo. Que se burla.

Si está aquí que se vaya.

(del poema “Pie de página”)

Quizá esa “clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí” sea la propia posibilidad de comunicación, el propio reconocimiento de la palabra como escenario para lo yermo y también para lo habitado, de ahí que cada poema de Mejer tiemble entre los límites de la condición de estar vivos o, como iluminadoramente nos señala Raúl Zurita en su prólogo, la urgencia de que la vida quepa en los escenarios claustrofóbicos de las palabras.

Published in: Poesía, Reseñas | on Febrero 11th, 2010 | No Comments »

Por la puerta grande

Raymond CarverTodos nosotros

CARVER, Raymond

Bartleby Editores, 2007

Pese al reconocimiento y la admiración creciente que ha despertado la obra narrativa de Raymond Carver (1938-1988) en los últimos veinticinco años, puede decirse que no ha ingresado en el canon de la literatura contemporánea de los Estados Unidos hasta agosto de 2009, con la publicación completa de sus relatos en la Library of America, donde por fin su pluma inconfundible se codea con la de Nathaniel Hawthorne, Henry James, William Faulkner o Saul Bellow.

En sus más de treinta años de vida literaria, Carver fue más que un gran narrador: fue también un enorme poeta. O, mejor dicho, fue siempre poeta, un poeta que unas veces escribía en verso y otras veces, en prosa. Por eso hay que agradecer a Bartleby Editores y al traductor Jaime Priede su generosidad al ofrecernos un regalo de los que llegan pocas veces en la vida de un lector: Todos nosotros, una edición bilingüe que recoge los cuatro libros de poesía de Carver y que se basa, a su vez, en la recopilación que hizo su mujer, Tess Gallagher, de sus versos en 1996 bajo el título All of us.

La poesía de Carver es poesía, sobre todo, porque no lo parece:

Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.

Cuatro años después de escribir estos versos pertenecientes al poema “Mi muerte”, Raymond Carver fallecía en su casa de Port Angeles, Washington, vencido finalmente por el cáncer. Junto a él estaba Tess Gallagher, a quien había conocido diez años antes y con la que se había casado hacía apenas seis semanas.

Como era de esperar en alguien que luchaba por sobrevivir al alcoholismo y la bancarrota, la muerte tenía que ser uno de los ejes primordiales de su poesía. No sólo de los últimos poemas y, en general, de Un sendero nuevo a la cascada, el magnífico libro en el que Carver trabajó al final de su vida y fue publicado póstumamente. Está presente en sus innumerables poemas sobre el alcoholismo (”Vino”), la soledad (”Miedo”), el amor (”Mi mujer”), la caza (”Límites”), la escritura literaria (”Tu perro se muere”) o las relaciones entre padres e hijos (”La cartera de mi padre”). Y la muerte es también el mejor pretexto posible para darle la vuelta al tópico latino del Ubi sunt? (”Dormir”).

Pero, al final, cuando llega la muerte, lo importante es haber amado la vida y a quienes la han compartido con nosotros, como en el poema “Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar”:

Me quedé allí un rato bajo la lluvia.
Me consideraba el hombre más afortunado del mundo.
Incluso cuando me pasó por encima una ola de pena.

O en “Último fragmento”, inscrito como epitafio en la tumba de Carver:

¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.

Published in: EEUU, Poesía | on Enero 25th, 2010 | No Comments »

En el origen fue el Bien

mercedes-roffe.jpg
Las linternas flotantes

ROFFÉ, Mercedes

Bajo la luna, 2009

Más que una reseña se trata de un adelanto. El pasado cuatro de noviembre se presentó en Buenos Aires (en el barrio de San Telmo) el nuevo libro de la argentina Mercedes Roffé que, muy pronto, llegará a las librerías españolas de la mano del sello Bajo la luna. Para quiénes anden despistados decirles que esta editorial constituye una referencia ineludible dentro del panorama argentino y latinoamericano, con nombres que van de César Aira a José Watanabe, pasando por Alda Merini, María Negroni, Lorenzo García Vega y un largo etcétera de autores de ancho registro. Pues bien, en ese marco podemos contextualizar el nuevo y desasosegante poemario de Mercedes Roffé.

Empezaremos diciendo que Las linternas flotantes es un libro-poema. Una torrentera que va desnaciéndose de los efectos a las causas en un viaje germinal de enorme potencia simbólica. Porque antes que nada, este libro parece un llamado desolador sobre las infamias del mundo que se proyectan ante nosotros. La poesía de Mercedes Roffé huye de lo figurativo, evita poner un rostro específico a las cosas pues prefiere rondar lo oculto, rebuscar la verdadera faz del dolor detrás de la apariencia de lo real. Toda la primera parte del poema-libro se articula en torno a la consciencia del mal, la notación exacta de lo abyecto y su impacto sobre la vida. La poeta no levanta distancias entre esa realidad y ella, muy al contrario, se funde, evita la evitación y sabe de su completa residencia en ella: No hay distancia / Soy ella / soy la insomne / la reencontrada maltratada en el desierto / soy sus ojos / soy su espejo / soy su distancia de mí y de sí misma. Cada verso es un zarpazo lacerante que nos desvela la auténtica dimensión del derrumbe ético y social. Ahora bien Las linternas flotantes es, ante todo, un viaje interior-exterior hacia el Bien, hacia las parcelas intocadas de lo humano que pueden reverdecer en forma de liberación o, simplemente, de consciencia.

Sin embargo la consciencia es un hábito que se trabaja. La consciencia no parece ser un don ni una operación epidérmica. Lejos de este aserto, el viaje que late detrás de las Linternas flotantes supone una verdadera vivisección interior (individual y colectiva) hacia las entrañas de lo intocado. Por ahí camina toda la segunda parte del libro. Porque sólo desde la contemplación del origen y su desnudez es posible la expiación. Poesía-llama que va hacia el adentro sin olvidar el afuera. Poesía-llama que repite y repite (multiplica) las palabras como conjurándolas contra su desgaste. Poesía-llama que aprieta los nombres, los lanza, los proyecta contra el lector que deja (por un instante) de ser lector para fundirse en ese cuerpo. Si alguna virtud atesora este libro (y son muchas) sería el perfecto ensamblaje entre emoción y hallazgos estilísticos. Ningún poema desfallece. Ninguna fase del texto traiciona su mecanismo original: seguir buceando en apnea hasta las fuentes del Bien. Porque Mercedes Roffé no se deja atrapar por el nihilismo ni por el acabamiento de los grandes relatos. Ella refuerza el “gran relato” del ser humano en su propia consciencia viva (ya sea precaria o generosa).

Les dije que ésta no iba a ser una reseña sino más bien un adelanto. Déjenme pues que haga, si quiera por un momento, de antólogo. Aquí les dejo algunos versos que anticipan este magnífico libro:

Residir la vida toda en duermevela.

*

Residamos la noche en el seno urgente del día

*

Porque el Ángel vigila.

Vela.

Alerta está sobre un costado del hombre.

Ángel-lechuza.

Sutil está.

Ve sin ser visto.

Trabaja.

Los ángeles trabajan.

A veces

una bala perdida los hiere

—primero a ellos—

luego se abre camino y mata.

*

Somos aún ese alba.

*

No hay traducción posible.

—o sí la hay:

de lo uno a sí mismo,

de lo uno a aquello que tantea y vence

de lo que sabe de sí

—su pobre imperio.

*

Tú en la guerra

Tú en la miseria

Tú apedreador

Tú constructor de casas

Tú que insistes en que busquen tu nombre

en el registro de lo humano

Tú que buscas o finges que buscas un nombre que no encuentras

Tú que sabes que te humillan hasta cuando pronuncian tu nombre

Dime que la gracia

al menos

no nos separa

*

Otro tono. Otra

modulación de la luz.

Allá en origen.

Después no me digan que no les avisé.

Published in: Argentina, Poesía, Reseñas | on Noviembre 12th, 2009 | No Comments »

ARACNÉ Ó LA TEORÍA DE LA HILACHA

ana_gorria.jpgAraña

GORRÍA, Ana

El Gaviero, 2005

Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos decía que “hilar”, históricamente, se asoció a la acción de crear, mantener la vida. Por eso, las hilanderas que perdían sus madejas sufrían de tristezas y censuras. Pero si echamos la mirada hacia el pasado, el mito que más poderosamente ha influido en la configuración del arte de tejer como arte de la vida fue el de Aracné. Ya saben, esa gran tejedora que alardeó de ser más habilidosa que Atenea. Por eso la diosa ofendida organizó un concurso entre la dos, pero el tema elegido por Aracné, los amores de los dioses, resultó ofensivo a los ojos de la diosa, lo que hizo que Atenea la transformase en una araña. No voy a ahondar más en este mito porque, a quién le interese, nuestra autora le dedica un magnífico epílogo en el libro que nos ocupa. Ahora bien, hay un aspecto dentro del texto que, a mi juicio, presenta una poderosa novedad frente a otros acercamientos más o menos conocidos a la vez que se constituye en piedra de toque del mismo. Ana Gorría en Araña, lejos de tejer un discurso firmemente hilvanado, corriente continua de un pensar poético acumulativo, nos deslumbra con la articulación madura de hilachas (agrupadas en siete secciones: Como comer arcilla, El cielo en construcción, Luz no usada, Texturas, Y de pronto anochece, La ley del plomo, y una séptima sin título) cuya potencia semántica y expresiva duplica, con mucho, el carácter ordenado de la hilatura. Recordemos la definición que nos ofrece el D.R.A.E. antes de explicar esto con más detalle: f. Pedazo de hilo que se desprende de la tela. f. Porción insignificante de algo. f. Resto, residuo, vestigio. La voz de Ana Gorría no se comporta como una inteligencia omnívora y totalizadora. Sabe que la realidad actual es porosa, atravesada de inconsistencias, fragilidades, cuya traducción poética desborda los límites, más o menos trillados, del decurso ordenado. Lo rizomático, lo fragmentario, lo desasido muestran con más claridad aquello que hoy parece emboscarse detrás de la realidad objetiva y subjetiva. Por eso, frente a la hilatura, Ana Gorría parece decantarse por la hilacha. Poemas breves, intensos, muy condensados, que se proyectan en su significación más allá de lo aparente: “La opacidad, / morir en el silencio, / parpadear lentamente, / no ver nada. / Saber del desarraigo. / Retrasarse / en alfabetos rotos.” La hilacha se transforma así, en manos de esta poeta, en un camino indagatorio de gran hondura a pesar de su aparente fragilidad. Araña, Aracné, que es la propia autora o cualquiera de nosotros, se comporta como ser consciente que interroga (al mundo, a sí mismo), pero sabe de la debilidad de su instrumento cognitivo. De ahí la hilacha, de ahí el poema anoréxico, adelgazado. Sin retóricas, sin estertores, el poemario avanza en un proceso continuo de acendramiento cuyo fondo es la propia levedad, la propia debilidad y todos los fantasmas que habitan el ser humano. “Límite entre lo orgánico y lo otro, la araña, la hilandera, no lleva a cabo un producto ajeno en su obra, se lleva a cabo en la actividadrealizada, metáfora, de algún modo, de sí misma.”

Pero Araña es mucho más. Tomado como itinerario cultural, por él atravesamos el Land Art (Richard Long, Robert Smithson) y su mirada preciosista, reinterpretativa de la naturaleza, convertida no ya en escenario o espectáculo, sino en protagonista del propio quehacer artístico. Descubrimos autores poco o nada conocidos en nuestro país como Milan Rufus, Louise Bourgeois, Mariano Brull, Anne Carson. Visionamos las películas de la belga Marion Hänsel e, incluso, volvemos una y otra vez a la inolvidable Blade Runner. Nos dejamos abrasar por la música apasionada de Rimski-Kórsakov y nos dejamos seducir por las reflexiones filosófico-lingüísticas de Paul Ricoeur. En definitiva, una pléyade, una juntura de hilachas que muestran la riqueza de tonalidades y “texturas” intelectuales de la poeta Ana Gorría. Un estupendo libro lleno de verdad y emoción lírica que no se agota con su lectura, sino que vuelve, una y otra vez, en forma de eco y de perplejidad.

Published in: España, Poesía | on Agosto 13th, 2009 | No Comments »

Un grito colectivo

enrique-falcon.jpgLa Marcha de 150.000.000

FALCÓN, Enrique

Editorial Eclipsados, 2009

Nos encontramos ante uno de los acontecimientos poéticos del año en nuestro país. Después de 15 años de escritura ininterrumpida, después de varias publicaciones mutiladas y parciales, “La Marcha de los 150.000.000” del poeta valenciano Enrique Falcón acaba de ver la luz en la arriesgada editorial zaragozana Eclipsados. No se trata de un libro al uso: 267 páginas, 5 prólogos (Jorge Riechmann, Antonio Orihuela, Eduardo Milán, Eduardo Moga y Miguel Casado, ahí es nada), 5 secciones poéticas (El saqueo, Los otros pobladores, Para los que aún viven, La caída de Dios, Canción de E) y más de 5.000 versos. Un río. Un canto épico en tiempos de crisis y negrura. Porque si algo tiene este libro es ese pulso civil, demiúrgico, activamente simbólico, capaz de transmutar en voz consuetudinaria los “sentires” particulares. En éste canto están las voces de millones de personas que sobreviven y luchan contra la injusticia diariamente en cada rincón del planeta, pero también está el asombro, la subjetividad, el buceo personal e intransferible que cada ser humano ocultamos bajo el rostro. Enrique Falcón sabe conectar el “lado de acá” (el yo) y el “lado de allá” (el nosotros), en una mixtura llena de historia, de acontecimientos socio-políticos, de intensidad poética, de “razones, furias y alucinaciones” como diría el recientemente fallecido J.G. Ballard. Con una dicción surrealizante y un ritmo sincopado, este poeta arma una arquitectura literaria que funciona como carne, carne herida y puesta en grito a través de una marcha que se proyecta como metáfora de todos. Créanme, no estamos ante un poemario político tradicional. No busquen en él dogmas ni comunicación directa. Lo que encontrarán se llama emoción, lirismo hasta el extremo, tensión de la palabra puesta al límite y llevada hasta las últimas consecuencias de su capacidad semiótica y semántica. Rigor de poeta al servicio de la tribu. Por eso “La Marcha de los 150.000.000” funciona como una presencia de todos, pero que no olvida la intimidad del sujeto, pues en ella, cada particularidad cobra protagonismo y se levanta como una esquirla singular de un río más ancho que se llama especie o mundo o, simplemente, “nosotros”. Enrique Falcón con este libro consolida su papel de compañero, camarada (como a él le gusta decir) de la vida, en un insobornable grito participado que no oculta sus pasiones y sabe ponerlas en juego a través del juego de los versos. Sin duda es una obra grande. Un poema necesario. Un texto que ya no es de Enrique Falcón, sino de todos los lectores que lo hemos hecho nuestro, convirtiéndolo en una especie de conquista grupal necesaria para estos tiempos de impostura. Felicitémonos por ello.

Published in: España, Poesía, Reseñas | on Mayo 17th, 2009 | 1 Comment »

Reses

reses.jpgReses

RAMÓN, Esther

Ediciones Trea, 2008

Quiero con esta reseña acercarme a un texto que, más allá del reconocimiento obtenido (Premio Ojo Crítico de Poesía 2008), constituye un buen ejemplo de los tiempos que corren en la más reciente poesía española. Ya el jurado que le otorgó dicho premio señaló su “apuesta por una visión reveladora de la poesía y por la trasgresión de los lenguajes normalizados”, dejando intuir la senda por la cual esta obra discurre. Ahora bien, para ejemplificar esta transgresión, aprovecho la reciente inauguración de la retrospectiva de Francis Bacon en el Museo del Prado de Madrid con el ánimo de aproximarme a una autora y un libro que, en muchos aspectos, comparte una misma temperatura estética y conceptual respecto al gran pintor anglo-irlandés. Buena parte de la poesía española contemporánea ha insistido en guarecer la acción poética (si podemos codificarla detrás de este calificativo) en el marco de estructuras contextuales determinadas, específicas, cuyo paroxismo, a mi juicio, lo encontramos en la poesía de la experiencia y su obsesión por la vida urbana. Sin embargo, del mismo modo que Bacon encerraba sus figuras en “zonas” abstractas, psicológicas, Esther Ramón proyecta su recorrido poético a través de recintos invisibles que desasosiegan y producen una lectura velada, “directa al sistema nervioso” como pedía el pintor inglés. Veamos un ejemplo: “No tiene puertas ni ventanas / (un hombre sentado / en mi casa leyendo algo / que todavía no he escrito / leyendo / sin mirarme / No tiene puertas ni ventanas / y allí las encierro”. No es baladí esta intención por encerrar al sujeto poético dentro de espacios incomprensibles, transparentes, pues, después de los excesos figurativos de los ochenta y noventa, encontramos en la más reciente poesía española una recuperación decidida de la mejor tradición surrealista, expresionista, simbólica, que vuelve a colocar al sujeto contemporáneo entre las lindes del desasosiego. ¿No me negarán que hay razones socio-históricas para ello? Esther Ramón, en este sentido, constituye uno de los ejemplos más acendrados de esta recuperación. Pero existen más analogías entre la obra de Bacon y este libro. En varias etapas del pintor los “estudios de animales”, las “crucifixiones” entendidas no tanto como escenas sacras sino como representación fiel de la crueldad de los seres humanos, o incluso la descripción visual de la “carne” como metáfora de la desnuda dimensión del hombre (su materia y nada más), condensan una tradición en la que también podemos insertar este texto. Las “Reses” de Esther Ramón, sus “mataderos”, las vacas que “no tienen memoria” pues “emprenden el camino de vuelta sin escuchar el sonido metálico del cierre” parecen transustanciarse en nuestra condición más amarga y desesperada, adscrita a lo absurdo del propio acontecer. Este libro-poema es un recorrido sobrecogedor aunque esperanzado (“Primero fue una ligera brisa. Luego el viento, el sonido de los cascos. Relinchos. Y al fin la blancura que no se puede mirar. / Encima de ellos. La velocidad.”) por las profundidades de nuestra más íntima desolación, usando para ello un lenguaje demiúrgico, de gran potencia sonora y visual, apoyado en el símbolo, la yuxtaposición, la elipsis, la metáfora, y siempre entremezclando alientos líricos y narrativos que dotan al texto de una brillante expresividad. También éste es, a mi juicio, un rasgo identitario de la última poesía española que Esther Ramón sabe poner en juego. No quisiera acabar esta reseña sin esbozar antes otra similitud respecto a la obra de Bacon. Del mismo modo que encontramos en su trayectoria pictórica un profundo interés por la poesía épica (la Orestíada, por ejemplo), podemos afirmar que “Reses” (como ya hiciera, allá por 1979, el primer Julio Llamazares en su “La lentitud de los bueyes”) incorpora un cierto aliento épico distanciado de lo heroico, pero inscrito en una suerte de voz consuetudinaria que va desgranando la memoria de la manada. Se trata de una lectura llena de matices, abierta al sentido de la palabra. Una obra que no deja indiferentes a su paso.

Published in: España, Poesía, Reseñas | on Febrero 22nd, 2009 | No Comments »

Calle

calle-de-miguel-angel-gara.jpgCalle

GARA, Miguel Angel

Editorial Amargord, 2008

En la contracubierta de este libro se nos informa que Calle sugiere tanto un lugar físico como un silencio imperativo, un particular Drama en gente pessoano con distintas evocaciones. Sigamos con el guiño portugués para acercarnos a este excelente poemario. Antes del vendaval-Pessoa, antes que sus heterónimos pusieran nombre (anticipándose) a la deconstrucción del sujeto contemporáneo, antes incluso que la poesía salvajemente urbana, cosmopolita, transgresora de ese otro poeta portugués, Al Berto, muerto prematuramente (aunque recuperado para los lectores españoles a través de El miedo, poemas escogidos, 1976-1997 en Pre-Textos, 2007), podemos afirmar que fue otro poeta lusitano, Cesário Verde, y otro libro-poema, O sentimento dum Occidental (cuya traducción pueden encontrar en Ediciones Hiperión, 1995) quién mejor supo acercarse al espacio urbano como mecanismo, no ya de reflejo de la cotidianeidad, sino de contraste entre la subjetividad y la alteridad. Porque Calle de Miguel Angel Gara es, más que un poemario de la exterioridad, un libro-poema del intersticio que se abre entre la individualidad y lo otro: la introspección y su alrededor. Del mismo modo que Cesário Verde traducía el paisaje nocturno lisboeta mediante un simbolismo baudeleriano y rompedor para la época, Miguel Angel Gara apuesta por un recorrido nómada a través de gestos, situaciones, imágenes, pensamientos, indecisiones, galvanizados por la renovada estela del mejor simbolismo español (pensemos, por ejemplo, en Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda o Blanca Andreu). Todo esto sitúa al sujeto poético de Calle en mitad de una extrañeza contemporánea muy propia de los tiempos que vivimos. Fijémonos en los versos que cierran este libro para ponerle rostro a esa extrañeza: Se podría morir y asombrarse ante lo que mereció la pena / cuándo o cómo se creyó en que cambiaría la vida, y en el instante / seguro de haber vivido intensamente / sentado en el sillón y creyendo soñar en una tarde, / quedar despierto así, no soñar y vivirlo. Sin complejos, con una enorme ambición poética que nos lleva del metro clásico al versículo, del poema en prosa al aforismo o al poema visual, este autor madrileño compone un texto sincopado que reproduce las heridas de lo vivo en mitad de un mundo abierto a la mirada. Con Calle podemos afirmar que prosigue el camino iniciado con Luz previa a la luz (XXIV Premio de poesía Ciudad de Badajoz, editorial Algaida, 2006) donde ya se esbozaban las señas de identidad de su poética: ambición estética, apuesta decidida por el símbolo, centralidad de lo tangente, lo periférico, todo aquello que se escapa de la narratividad. Me gustaría finalizar esta reseña con un poema breve que muestra bien a las claras el tono y la textura de este libro: Sentarse / bajo una manta de cegadora luz, / con la excusa de llorar / ante la cicatriz / ya sosegada. ¿No me digan que a ustedes esa misma cicatriz sosegada no les duele?

Published in: España, Poesía, Reseñas | on Febrero 14th, 2009 | No Comments »

Espantapájaros y un sonajero

tomas-salvador-gonzalez.jpg

Espantapájaros y un sonajero

SALVADOR GONZÁLEZ, Tomás

Escuela de Arte de Mérida, 2008

La obra que nos ocupa constituye una rara avis del panorama literario español. Se trata de una bellísima colección de poemas visuales del castellano-leonés Tomás Salvador González que, en una impecable edición por parte de la Escuela de Arte de Mérida, nos entrega 14 postales de indudable calidad. Pero vayamos más despacio. Para quién no lo conozca estamos ante un poeta de dilatada carrera, ahí están, por ejemplo, Reunida estación de las ciudades (1975), La entrada en la cabeza (Endymión 1986), Aleda (Ediciones Portuguesas 1988), Favorables país poemas (Icaria 1996), La sumisión de los árboles (Ave del Paraíso 1996) y El poeta en su taller (La hoja de roble 1998), así como la novela El territorio del mastín (Juventud 1995). Muy pronto se espera la edición de su itinerario poético completo donde, de manera más cabal, podremos dar cuenta de este autor honesto y coherente.  Formó parte de la ya extinta El signo del gorrión junto a otros nombres imprescindibles de nuestro panorama literario (Miguel Casado, Olvido García Valdés, Luis Marigómez, Gustavo Martín Garzo, Carlos Ortega, Esperanza Ortega, Ildefonso Rodríguez y Miguel Suárez), de tal modo que ya podemos comenzar a vislumbrar algunas de las señas de identidad de su voz poética: rigor literario, decidida vocación de búsqueda, alejamiento de clichés o estructuras autocomplacientes, huida de lo autobiográfico, indagación filosófica… Sin embargo, la obra que hoy nos convoca avanza en una dirección poco transitada por la reciente lírica española. Más allá del magisterio de Joan Brossa (véase, por ejemplo, las contemporáneas manifestaciones de Net Poesía, de literatura fractal, etc. ), han sido pocos los poetas españoles recientes que han podido conjugar de manera compleja el ámbito del collage y el verso (no debemos olvidarnos de la figura imprescindible de Francisco Pino, auténtico outsider de las letras castellano-leonesas). En este caso, Tomás Salvador González, mediante una cuidada y reflexiva deconstrucción de textos e imágenes publicados en la prensa escrita, nos rebela una lectura penetrante de lo acontecido tomando como asidero el propio extrañamiento del lenguaje. Sus composiciones se comportan como hilachas nacidas desde la arbitrariedad de lo cotidiano, para proyectarse hacia un discurso alterno, subyugante, que cuestiona y desdobla la realidad. Por eso, estos espantapájaros (título tomado, nos informa el poeta por boca del argentino Francisco Urondo, del también argentino Oliverio Girondo) se transforman en objetos visuales y quebradizos desde donde repensar las laderas ocultas de lo inmediato. Nos encontramos con símbolos que se mantienen a lo largo de toda la obra, ofreciendo una coherencia semántica de gran belleza: el objeto cotidiano convertido en interlocutor; el sombrero transustanciado en ausencia, peregrinaje; la yuxtaposición de elementos que bifurcan la lectura; la elipsis como estrategia retórica, la interiorización de la tradición pictórico-literaria vanguardista (por ejemplo el caligrama, el juego tipográfico, el vorticismo), y así hasta un largo etcétera que hacen de esta colección una parada extraña aunque imprescindible. En definitiva, con espantapájaros, Tomás Salvador González codifica en imágenes aparentemente sencillas las zonas fronterizas de la realidad. Un placer para los ojos y el pensamiento.

Published in: España, Poesía, Reseñas | on Febrero 2nd, 2009 | 3 Comments »

El hombre de Luxemburgo

foto-de-arnaldo-calveyra.jpgPoesía reunida

CALVEYRA, Arnaldo

Adriana Hidalgo Editora, 2008

Acaba de aparecer en España por parte del magnífico sello editorial argentino Adriana Hidalgo uno de esos tomos que merecen una reseña. Prácticamente desconocido en nuestro país, el escritor argentino afincado en París Arnaldo Calveyra recoge en un solo volumen toda su obra poética hasta el momento. Ahí están desde su ya lejano Cartas para que la alegría de 1959, hasta el más reciente Diario de Eleusis de 2006 publicado por este mismo sello editorial. En todo este recorrido nos encontramos con varias señas de identidad constantes que hacen de Calveyra una voz sólida y homogénea en el panorama poético latinoamericano: la poesía en prosa como territorio de búsqueda, la contemplación como participación, la yuxtaposición de mundos, eras y paisajes en una misma voz. Con mayor precisión lo señala Daniel Samoilovich en el prólogo significativamente titulado Arnaldo Calveyra: El mundo como biografía, donde dice así: «Yo estoy allá y no estoy allá, rápidamente estoy acá”, dice Arnaldo Calveyra en una entrevista: es casi su divisa, una divisa que explica un movimiento que no es sólo geográfico –del “allá” de su barrio parisino al paisaje y los ríos del “acá”-, sino también lingüístico, de la lengua de Francia, el país en que vive hace casi cincuenta años, a los matices más delicados del habla argentina.
Si tuviera que destacar del conjunto de su obra algunos títulos, sin duda me quedaría con El hombre del Luxemburgo y Diario del fumigador de guardia, porque ambos textos condensan, a mi modo de ver, la mirada del poeta desde una gran precisión y contundencia literaria. Leer a Calveyra es moverse en un terreno de incertidumbre, sincopado, donde la ausencia de lo no dicho dice tanto como lo nombrado precariamente, metido en un mundo a veces irreal a veces figurativo que traspasa los límites de la cotidianedidad, como si “lo real” fuera un objeto poroso, agujereado. La palabra de Calveyra restituye al lenguaje su capacidad de horadar el sentido literal (y en superficie) de la palabra.
Y aprovechando que nos encontramos ante un autor argentino, queremos desde esta reseña dar la bienvenida a un nuevo colaborador de Pájaros de papel también argentino. Durante los próximos meses, comenzará a participar en este blog literario reseñando obras y autores del otro lado del océano Gabriel Vommaro, narrador argentino que ha publicado hasta la fecha el libro Nuestra distancia. 2003. Editorial Simurg. Premio Fondo Nacional de las Artes 2002; así como diversos relatos como por ejemplo El imbécil del Foliz para la antología La joven guardia (Editorial Norma). Seguro que con su participación estos pájaros llegarán más lejos y nos acercarán a nuevas costas literarias.

Published in: Argentina, Poesía | on Noviembre 10th, 2008 | No Comments »

Cata poética

olvido-garcia-valdes.jpgSi echamos un vistazo a la poesía española durante los últimos veinticinco años nos encontramos que, por encima de las múltiples evoluciones personales de numerosos y excelentes poetas, y a semejanza de los últimos resultados electorales, ha existido una especie de «tsunami bipartidista» en términos poéticos. A un lado nos encontraríamos con el discurso figurativo, realista, experiencial, próximo al proyecto ilustrado, racional, cuyo principio de realidad acercaba sus costas al ámbito de la normalidad, la confidencia y el testimonio. Al otro el proyecto del silencio, de la introspección, de la vanguardia, del irracionalismo, del hermetismo, del principio del lenguaje cuyo rostro se proyectaba más hacia la tradición ideacional, mallarmeana, simbólica y abstracta. Durante mucho tiempo este enfrentamiento expulsó a las márgenes de la historia editorial a numerosos libros que perecieron en el fuego cruzado, y que apenas tuvieron oportunidad de ser por cuanto no participaban de esa confrontación dual. Afortunadamente desde hace un tiempo ya este panorama parece superarse. Nuevas propuestas, nuevas apuestas, nuevos libros (muchos de ellos de autores jóvenes y también consagrados) vienen a ventilar un recinto demasiado viciado. Ahí están los poemarios de Eduardo García, Julieta Valero, Vicente Luis Mora, Pablo García Casado, Agustín Fernández Mallo, Marcos Canteli, Diego Doncel, Oscar Curieses, Elena Medel, Pilar Fraile, Mercedes Cebrián y un largo etcétera que suponen una renovación en la manera de decir y en el contenido de la última poesía española.

 

Saltándome la tradición de este blog (una obra por post), me gustaría perpetrar una pequeña “cala” en el cuerpo poético de nuestro país para, sin ánimo exhaustivo, destacar cuatro libros recientes (dos de 2007 y otros dos de 2008) que, a mi entender, ejemplifican bien la superación  de ese panorama dual del que antes daba cuenta. Sus autores son (siguiendo el orden cronológico de edición de las obras que a continuación propongo) Rafael-José Díaz, Eduardo Moga, Enrique Falcón y Olvido García Valdés.

 

Antes del eclipse (2003-2005). Rafael-José Díaz. Pre-Textos 2007. Este magnífico poeta canario recoge en este volumen su último conjunto de poemas que dan cuenta de su particular búsqueda estética. Traductor de Jacottet (cuya obra viene alimentando, entre otras, su camino poético), su trabajo se caracteriza por el diálogo entre la introspección y el contexto del sujeto, superando dicotomías estériles y problematizando la presencia, el paisaje, el amor, la indagación filosófica dentro de un mundo atravesado por la precariedad. Poemas en prosa se alternan con otras estructuras métricas, dando lugar a un libro de gran precisión, hermoso en su factura, pero no exento de dolor y vulnerabilidad.

 

Cuerpo sin mí. Eduardo Moga. Bartleby 2007.  La doble labor de Eduardo Moga como autor  y editor (de DVD) le sitúan, a mi entender, en un  posición privilegiada para rastrear las nuevas líneas de la poesía española contemporánea. Este libro constituye su último poemario y en él se rebela como un autor hondo, de profundas preocupaciones filosóficas, que poetiza la cotidianedidad evitando el testimonialismo. La materia de la realidad se vuelve en su poesía oportunidad para transgredir lo aparente, y mediante una dicción poderosa (incluso en ocasiones surrealizante), coloca al habla, al sujeto, ante los lindes de su propia realidad. De este modo el libro se configura como una suerte de bajada en apnea hacia las raíces de la individualidad.

 

Para un tiempo herido. Enrique Falcón. Amargord ediciones. 2008. Sin duda se trata de uno de los acontecimientos poéticos del año. Esta antología poética de su obra (1998-2008) nos devuelve al autor que, en mi opinión, mejor encarna la propuesta que ya en su día lanzara el colectivo Alicia Bajo Cero (del que formó parte): poesía crítica / poesía política. El trabajo de este poeta valenciano se configura como un riguroso grito de dolor frente a las heridas del mundo, de tal modo que su poesía se enraíza en las luchas sociales, en la historia cultural contemporánea, en el devenir social y político de la última década. Pero no debemos engañarnos, por encima del discurso ético, nos encontramos ante una obra poética de gran factura formal, donde los hallazgos literarios se amalgaman con su aliento colectivo. Para quien no haya leído a Enrique Falcón, quedará sorprendido y arañado por una poesía que interpela y que se engasta directamente en la carne y la conciencia.

 

Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía reunida (1982-2008). Olvido García Valdés. Galaxia Gutenberg 2008. Acaba de aparecer uno de esos libros de obligada lectura; uno de esos libros que, más allá de la trayectoria consolidada de su autora (Premio Nacional de Poesía en 2007 con su “Y todos estábamos vivos”), nos señalan el camino de un proyecto poético personal y ya imprescindible en el panorama contemporáneo. Pero la edición de su poesía completa (incluidos algunos inéditos e, incluso, mini-ensayos como “De la escritura”) debería interpelarnos para regresar a sus libros anteriores (Caza nocturna o, por ejemplo, la excelente Ella, los pájaros) y recuperar su voz. En su ajustado prólogo el también poeta uruguayo Eduardo Milán nos habla de la idea de desasimiento como lugar posible de la poesía de Olvido García Valdés, sin duda alguna, es este desaprenderse de continuo, en permanente búsqueda, una de las llamas que alimentan su poesía. Por favor, no se la pierdan.

Published in: España, Poesía, Reseñas | on Octubre 2nd, 2008 | 2 Comments »