Archive for the 'Reseñas' Category

Suena música de unas vidas

De música ligera

CRUZ, Aixa de la

451 Editores, 2009

El resultado de escribir una novela (siempre empresa titánica) con 21 años suele ser las más de las veces un fracaso, una toalla arrojada sobre la lona, y como el menor de los males, un artefacto pueril, vacuo o maniqueo de trama simple y tono adolescente. He aquí la cuerda floja de la creadora suspendida; con mayor altura si cabe al encarar una “novela adulta” escrita por una joven. Más temeraria aún al tratar de cruzar el vacío con personajes rotos y de forma fragmentaria.

Al anochecer, un encuentro casual en un pub irlandés. Solitario, sentado en la barra, Dylan, un pianista cuarentón que vive en el mutismo y se expresa y siente gracias a la música. Recién llegada, Julia, ex–alumna en la academia en la que él trabaja, una joven que rozando los 30 años, está a punto de embarcarse en una vida que no desea: hipoteca, pareja y coche. Una conversación…

… y en diez movimientos en forma de capítulos, se va desplegando el atlas vital de los dos protagonistas durante cuatro horas de conversación mezclada con flash-backs, cervezas de barril, metaficción por boca de una autora que va desembalando el puzzle, la hora del cierre que se acerca, canciones que suenan de fondo y varios textos periodísticos ficticios que difunden la importancia de la música. Juntos, en un diálogo con tragos amargos de vida, de cruel confrontación entre deseo, realidad y deriva.

Entretanto la ficción cobra vida en un texto que funde música y palabras, banda sonora de esas vidas. Aún postreramente sorprende la juventud de esta autora, su osadía, transida de bisoñez en determinados momentos, atrevida en las técnicas narrativas que emplea, en la cultura musical que tiñe todo el relato, casi temeraria por la superposición de escenas y ejes temporales, por la variedad de tipologías textuales. Esta ¡¡¡segunda novela!!! de Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) muestra ocasionalmente un punto de exhibicionismo técnico pero página tras página va ganando peso el relato, al proporcionar las claves del fragmentarismo con el que suena la música de unas vidas, de las que seguro quedará un eco en nuestros oídos lectores.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas | on Marzo 11th, 2010 | No Comments »

El “nuevo comienzo” de una tradición literaria

Incisiones: panorama crítico de la narrativa en lengua alemana desde 1945

DREYMÜLLER, Cecilia

Galaxia Gutenberg; Círculo de Lectores, 2008

El tiempo es la materia prima de la crítica literaria. La recepción de una obra, un autor o un movimiento es siempre una cuestión de perspectiva. Por grande que haya sido su éxito o su fracaso, es el decurso de las generaciones lo que los integra o excluye finalmente del canon artístico. Podría sorprender, por eso, el empeño de Cecilia Dreymüller (Eifel, Alemania, 1962), doctora en Filología Hispánica, de abordar en Incisiones los últimos sesenta años de narrativa en lengua alemana, un proyecto muy ambicioso, tanto por su cobertura cronológica como por la amplia nómina de escritores reseñados.

Sin embargo, este ensayo acierta al ofrecernos una visión, a la vez objetiva y subjetiva, rigurosa y fresca, pero nunca definitiva o irrefutable, de una literatura cuya tradición quedó dramáticamente truncada por la II Guerra Mundial y que debió esbozar “un nuevo comienzo” con la referencia ineludible, pero amenazadora, de Thomas Mann, Hermann Broch o Robert Musil. Este esfuerzo de los escritores en lengua alemana ha sido no poco titánico, amén de satisfactorio a juzgar por los premios Nobel que ha recibido su literatura en los últimos años: Nelly Sachs (1966), Heinrich Böll (1972), Elias Canetti (1981), Günter Grass (1999), Elfriede Jelinek (2004) y Herta Müller (2009).

En un intento de periodización de la narrativa reciente en alemán, Dreymüller distingue una primera etapa entre 1945 y 1968, centrada en el intento de autores como Heinrich Böll, Günter Grass o Elias Canetti de depurar la lengua alemana de la contaminación nazi; una segunda etapa entre 1968 y 1989, marcada por los destellos anti-sistema -social, cultural, literario- de Thomas Bernhard, Peter Handke o Elfriede Jelinek; y una tercera etapa, tras la caída del muro de Berlín, en la que destacan nombres como Winfried Georg Sebald o Reinhard Jirgl, no menos atractivos que sus predecesores.

Dreymüller evalúa, por otra parte, la influencia de la diversidad política y geográfica en una literatura que integra a autores salidos de las democracias occidentales, así como de los regímenes comunistas orientales; de mayorías lingüísticas en Estados consolidados, así como de minorías en Estados surgidos de la desintegración del Imperio Austrohúngaro tras la I Guerra Mundial.

En definitiva, Incisiones es una estimulante invitación a la lectura y a la reflexión que nos permite comprobar, con alivio, el alto grado de disponibilidad de la mayoría de las principales obras reseñadas en el catálogo de las editoriales españolas.

Published in: Ensayo, Narrativa, Reseñas | on Febrero 28th, 2010 | No Comments »

La clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí

poesia_valerie_.jpgDe la ola, el atajo

MEJER, Valerie

Amargord, 2009

Hay muchas formas de estar en la palabra. Para algunos este territorio inquietante se transforma en perplejidad, en sustancia agujereada por donde se cuelan y abisman buena parte de las elucubraciones humanas. Para otros, simplemente, se trata de un medio con el que traducir la realidad objetiva, la que presuponen existe con independencia del lenguaje. Incluso hay algunos, como muy acertadamente nos indica Miguel Casado en su La experiencia de lo extranjero parafraseando a Gilles Deleuze, para quienes la imagen poética levanta acta del carácter no instrumental de la escritura, que no usa para transmitir algo que la precede, sino que existe en cuanto lugar de acontecimiento, donde se abren grietas en aquello que antes vedaba el conocer. Y por abundar aún más, también hay otros para quienes el lenguaje se convierte en una región fronteriza, de proyección y alcance de extrañamientos que reactivan su capacidad de vislumbre. El panorama, como podemos intuir, es variado. Ahora bien más allá del papel que otorguemos a lo lingüístico en la poesía actual escrita en castellano (asunto, por cierto, que tiene más de revisitación de viejas disputas filosófico-filológicas que de auténtico replanteo de la actividad poética), se barrunta en las últimas promociones una sobreabundancia de textos alejados de aquello que Raúl Zurita en el prólogo de este libro denomina “su sentido más urgente”, es decir, su relación con la vida. Desconozco si es signo de los tiempos o hartazgo de una figuración autoritaria. Por favor, no se me malinterprete, no quiero decir que las poéticas, llamémoslas así, de corte ideacional, decididamente metalingüísticas, estén gastadas en el panorama literario. Todo lo contrario, frente a épocas pasadas (especialmente en nuestro diminuto país) podemos celebrar hoy la convivencia de una enorme diversidad de líneas de fuga. Sin embargo, por decirlo vulgarmente, con la que está cayendo, con el mundo que hemos heredado y que seguimos contribuyendo a escribir, con el insoportable dolor social que nos rodea, hay autores y autoras que se han conjurado para recuperar una de las capacidades más insurgentes de la palabra, a saber: su “volverse” a vincular con la vida, su “volverse” a convertir (desde un planteamiento ético y estético) en territorio de disputa. ¿Quiere esto decir hacer una literatura “materialista” en el sentido clásico y periclitado del término? Entiendo que no. Pero sí, quizá, una poesía que se “abra hacia la alteridad”, que recoja con más complejidad las difíciles relaciones existentes entre poesía y realidad. Hacer extraño lo familiar para convertir en familiar lo extraño, hermanar el “viaje interior” con el “viaje exterior” a través de un lenguaje encarnado, visceral, emotivo y con capacidad para producir diálogo e intersubjetividad. Pues bien, en mi opinión, Valerie Mejer y su de la ola, el atajo constituye un ejemplo cuajado y vigoroso de este tipo de búsqueda. Un linaje que la emparenta, creo yo, con lo más perturbador de la poesía contemporánea. Para todos los interesados pueden encontrar este libro en la colección de poesía latinoamericana Transatlántica (http://amargordtransatlantica.blogspot.com).

Pero vayamos a la propia obra. De inicio, la autora mexicana propone siete secciones (de la ola, el atajo; Números rotos; En corto; Dos poemas sobre el salto que dio mi hermano en Edimburgo el 14 de diciembre del 2005; Tres para Z; Unheimliche y Radiación de fondo) cuya arquitectura nos proyecta, como lectores, hacia escenarios diferentes y en tensión. Lo urbano, la naturaleza, las ensoñaciones, los hechos biográficos, el dolor íntimo y colectivo, la imaginación, el recuerdo, la irracionalidad, la figuración, el universo alucinado, la coloquialidad… se vuelven polos de atracción entre medio de los cuales la palabra poética y sus imágenes glosan la discontinuidad. Valerie Mejer, sabedora de la frágil posición del escritor, percute contra el cuerpo de esos mundos diferentes que la rodean con el único instrumento que posee, la palabra, como si en ese gesto estuviese buena parte de la capacidad consciente e inconsciente del sujeto.

Los instrumentos que están cerca de colapsarse

son los más dóciles a la música.

Y es en ese sonoro

               ser casi derruido

que se abre una puerta a la sucesiva llanura.

Porque la palabra de Mejer, por encima de cualquier paradigma, es ante todo pulso vital, desnudez de la propia vivencia, y del mismo modo que el devenir de los seres humanos parece a veces articularse en torno a la relación, la transformación y la desencialización, en su trabajo nos topamos con un fraseo roto, deshilachado, una versificación trimembre asentada en el verso libre, el poema en prosa y la brevedad del metro corto. Los poemas de la autora mexicana son una extensión parpadeante de todo lo humano, sin menoscabo de temas ni emociones. Poesía meditativa (inquiridora) en las tres primeras secciones del libro. Poesía elegíaca en la cuarta estancia dedicada a su hermano. Poesía irracionalista, narrativa, hermosamente surrealizante en sus tres últimos momentos. De la ola, el atajo da cuenta de la multiplicidad de lo vivo, rastrea las inconsistencias del sujeto contemporáneo, arma y rearma la posibilidad de actuar, de ser en la palabra “acontecimiento” como ya dije al principio de esta reseña recordando las palabras de Miguel Casado; interpela a un “otro” que puede ser ella misma o cualquiera de nosotros, pues la “alteridad” parece un viaje de ida y vuelta condenado a transformarnos de raíz. De todos modos cada marbete, cada etiqueta con las que codificamos el decir poético de Valerie Mejer apenas da cuenta de la multiplicidad de registros que este poemario dispersa.

No quisiera acabar sin esbozar el carácter potentemente intersubjetivo de este libro. En él, más que levantarse la voz de un sujeto, lo que se articula es una especie de trama dentro de la cual es posible el orden dialógico, la voluntad de conexión, porque los poemas de Mejer disfrutan de una estructura abierta, atenta a las tribulaciones de un “tú” (o, incluso, un tercero en la sombra) que permanece al acecho, siempre vivo en el texto ya sea de manera presencial, directa, ya sea emboscado tras una inquietante abstracción. En ocasiones esa alteridad puede ser interpretada como un trasunto de la propia voz poética, pero otras muchas, y ahí radica, creo, la intensidad de este libro, mana como una “posibilidad de mutualismo” más allá de la presencia obvia de dos cuerpos en diálogo.

Hace rato hubo relámpagos y ahora la luz se desplaza

y tú, ausente, pareces el fenómeno puro.

Hay un tercer que lo sabe todo. Que se burla.

Si está aquí que se vaya.

(del poema “Pie de página”)

Quizá esa “clave con la que los melancólicos se reconocen entre sí” sea la propia posibilidad de comunicación, el propio reconocimiento de la palabra como escenario para lo yermo y también para lo habitado, de ahí que cada poema de Mejer tiemble entre los límites de la condición de estar vivos o, como iluminadoramente nos señala Raúl Zurita en su prólogo, la urgencia de que la vida quepa en los escenarios claustrofóbicos de las palabras.

Published in: Poesía, Reseñas | on Febrero 11th, 2010 | No Comments »

El camino de la excelencia

El camino de la oruga

MIJE, Javier

Acantilado, 2003

“Al otro lado del cristal, Bruno veía las caras brillantes de aceites, veía a los niños correr, a familias enteras que seguían una línea ordenada hasta llegar a la orilla […] Lo que veía más allá del cristal era un camino de orugas, un camino de babas, lento, seguro y feo. La vida no era más que eso, y esa era la senda de la que se había apartado. Bruno pensó que todo el secreto de vivir consistía en soportar la fealdad. Fuera de allí no había otra cosa que el caos”. Bruno y Laura, los personajes de “El color del mar”, el último relato de El camino de la oruga, primer libro de Javier Mije (1969), están persiguiéndose a sí mismos y están buscando un lugar en el mundo, pero no pueden evitar constatar que se encuentran a un lado del cristal y todo lo demás, al otro.

La literatura -parece sugerir este extraordinario autor novel- nace de un ejercicio de la mirada, como en el relato “Toda la vida”. La belleza, la felicidad y el orden, si existen, son descubrimientos de la percepción a nuestro propio lado del cristal, y por eso no hay necesariamente una correspondencia exacta con las apariencias de la realidad que se encuentra al otro lado. De la síntesis entre estas dos direcciones de ida y vuelta surge esa emoción arrasada, esa zozobra que sentimos cuando terminamos cada una de estas piezas magistrales.

El punto de partida de estos relatos es el realismo: la rutina laboral (”Sabio en esperas”), los celos (”Es por ti”), la soledad (”Grimbergen”), la memoria (”Corredor de fondo”). No obstante, si atraen de forma tan admirable, es porque ajustan el enfoque de nuestra mirada abriendo paso a lo inexplicable: el laberinto (”Un juego de espejos”), el doble (”Toda la vida”), la ironía (”El efecto mariposa”), el azar (”La furtiva”).

Quizá la aportación más significativa de Javier Mije sea haber sabido depurar sus relatos de artificiosidad. Su técnica narrativa debe mucho a la tradición de los grandes especialistas de la narrativa breve, pero resiste a la tentación de abusar de esos giros sorpresivos finales o de esas acciones que repentinamente cobran un sentido nuevo en el último párrafo. Pese a algún exceso metafórico y estilístico, debemos reconocer, por otra parte, que nos hallamos ante narraciones de gran densidad conceptual y precisión expresiva. Ojalá Mije reanude pronto este camino a la excelencia y tengamos que esperar poco para leer su próximo libro.

Published in: Cuentos, España, Narrativa, Reseñas | on Febrero 6th, 2010 | No Comments »

Dos libros para aprender a “leer”

resena-conjunta.JPGEscribir un poema

GARCÍA, Eduardo

Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, 2003

Un pistoletazo en medio de un concierto: Acerca de escribir de política en una novela

GOPEGUI, Belén

Editorial Complutense, 2008

A veces las cosas no son lo que parecen. A veces resulta que los libros que se dirigen a futuros escritores desbordan sus propios objetivos y acaban depositándose en la antesala de la lectura, de la simple lectura. A veces incluso el arte de escribir transmuta en el arte de leer, un desafío mucho más audaz, necesario y difícil que la propia creación. A veces los libros orientados hacia la técnica acaban por desvelar el misterio de la mirada, el sentido íntimo de la contemplación. Esto es lo que sucede, a mi juicio, con los dos textos que reseñamos hoy.

Se trata de propuestas muy distintas. En el primero el excelente poeta Eduardo García desmenuza sin ampulosidad los fundamentos del arte poético, de tal modo que cualquier potencial autor puede a través de sus páginas bucear en las contradicciones, tensiones, hábitos e, incluso, atajos por donde transcurre la labor lírica. El segundo de los textos es una conferencia pronunciada por Belén Gopegui en la Universidad de California en 2006, donde la narradora madrileña, emboscada tras la máscara de un joven militante revolucionario, da buena cuenta de las dificultades y necesidades de hablar de política en la novela. A priori nada parece unir estos dos libros. Nada parece orientarlos hacia el arte de la lectura. Sin embargo, tal y como ha sugerido Vicente Luis Mora en su estupendo libro “Pasadizos” (Páginas de Espuma, 2008), existen vasos comunicantes inconscientes entre distintas manifestaciones artísticas. En este caso, Eduardo García y Belén Gopegui más que radiografiar desde la perspectiva del escritor aspectos técnicos, dibujan todo un mapa sobre el hecho lector, sobre la necesidad de rigor en el propio ejercicio de lectura, sobre la necesidad de “ampliar” el espectro y la mirada, rescatando muchas laderas de la realidad o la imaginación escondidas o, en ocasiones, erosionadas por una educación y un pensamiento hegemónico contrario a la propia complejidad del hecho literario. Me explicaré. En su libro Escribir un poema más allá de ofrecernos una guía (que también) sintética de las herramientas conceptuales disponibles para un potencial escritor, lo que emerge es toda una panoplia de posibilidades para “descubrir” lo poético, desterrado de la temible educación “acumulativa” recibida en las aulas. Frente al poema entendido como acertijo, como objeto para iniciados, Eduardo García reivindica su carácter emocional, visual, contemporáneo y directo. La poesía no se trata de un conciliábulo para minorías, porque se proyecta hacia un campo de juego lleno de posibilidades para cualquier lector. Es, ante todo, un texto orientado a la difusión de la palabra poética y hacerla accesible a todos aquellos que deseen bucear en ella. Se evita lo retórico, lo afectado, para entrar de lleno en el mundo de la palabra libre de prejuicios y volcado hacia una generosidad de taller. El misterio de la escritura poética se pone al alcance de todos nosotros. En el mismo sentido pero en un eje conceptual diferente, Belén Gopegui, más que reivindicar (que también) la necesidad de construir propuestas narrativas que vuelvan a repensar lo político dentro de lo artístico, lo que esboza es un modo de volver a mirar la novela. A través de su intervención descubrimos hasta qué punto un personaje no es algo inocuo, alejado de su contexto. Hasta qué punto la arquitectura narrativa, la elección de las situaciones, los referentes literarios, el tipo de héroe no son meros aciertos (o desaciertos) estilísticos. Está en juego toda una concepción del mundo que habitamos y por eso es necesario posicionarse como escritores pero también como lectores.

La lectura tampoco se trata de un acto inocuo. Al elegir qué libro leemos estamos escogiendo un mundo, estamos optando por comprender o enceguecer, por huir o ser partícipes, por impregnarnos de la complejidad de lo existente o por escondernos detrás del puro placer. Decir esto no es elegir entre realidad o ficción, entre razón o emoción, ni tampoco entre estéticas realistas o imaginativas. Lo que estamos diciendo es que “la lectura”, implica un acto creativo tan importante como el propio ejercicio de escribir, y estos dos textos ponen encima de la mesa hasta dónde esta aseveración es algo más que una frase más o menos ingeniosa. Por encima de escritores una sociedad necesita lectores, buenos lectores, atentos a las tensiones de lo vivo pues no se crean que es fácil ser un buen lector. Se requiere esfuerzo, tiempo, apertura intelectual, curiosidad, disciplina, rigor, sentido crítico, generosidad… En contraprestación la lectura nos regala placer, deleite, comprensión, amplificación de la experiencia, conocimiento de lo extraño, desborde de nuestros propios límites, memoria de nosotros mismos. Eduardo García y Belén Gopegui parecen ayudarnos (o, al menos, esa ha sido mi interpretación) en este ejercicio y por eso su lectura, más que recomendable para futuros escritores, se hace necesaria para nosotros, lectores, necesitados de afianzar esta labor tan precaria pero a la vez tan imprescindible.

Published in: España, Reseñas | on Enero 7th, 2010 | No Comments »

Últimos fulgores de una época

Los días contados

BÁNFFY, Miklós

Libros del Asteroide, 2009

La historia del siglo XX no se entiende sin la desintegración del Imperio Austrohúngaro en 1918 al finalizar la I Guerra Mundial. Forjado en 1867, el Imperio tenía la forma de una monarquía dual, pero en realidad integraba numerosos territorios, como Bohemia y Galitzia al norte y los fragmentados Balcanes al sur. La Europa de hoy en día es heredera de las contradicciones de este polvorín que no tardó en saltar y, de un modo u otro, sigue dando coletazos, como se pudo comprobar a raíz de la proclamación de independencia de Kosovo en 2008.

Hacernos comprender el alcance de la disolución política, social, económica e incluso moral del Imperio Austrohúngaro a comienzos del pasado siglo es el gran acierto del aristócrata, diplomático y novelista húngaro Miklós Bánffy (1873-1950) en Los días contados (1934). Ambientada en los primeros años del siglo XX, esta obra es una creación portentosa que nos acerca a los últimos fulgores de una época. Sin embargo, su valor como obra de arte va mucho más allá, puesto que nos enfrenta a la realidad de cualquier sociedad al borde del abismo, de cualquier momento histórico, pasado, presente o futuro.

Al fresco incomparable de la Hungría rural y urbana de hace ya un siglo, que late en carne viva en el escalpelo estilístico de Bánffy, se superponen diversos argumentos entrecruzados con extraordinaria maestría entre banquetes y neveros, entre bailes y cabañas, ente duelos de honor e ilusiones campesinas. En ellos, los avatares que zarandean a los personajes nos van revelando poco a poco su compleja psicología de funámbulos de la Historia, incapaces de reconocer los signos de que el final de su tiempo acecha dramáticamente: las camarillas que conspiran en los pasillos del Parlamento y tratan de arrastrar a Bálint Abády o las interminables partidas de póker de las que Lászlo Gyeroffy no se retira casi nunca o el matrimonio sin amor y el amor sin matrimonio de Adrienne Miloth.

Los días contados es la primera parte de la Trilogía transilvana, publicada entre 1934 y 1940 por Miklós Bánffy y que Libros del Asteroide acaba de empezar a editar con cuidado primoroso. Ojalá salgan pronto de las prensas Las almas juzgadas y El reino dividido.

Published in: Hungría, Narrativa, Novela, Reseñas | on Diciembre 10th, 2009 | No Comments »

Sangre, sexo, política y exotismo

Un reptil por habitante

Anannisoh, Théo

Alpha Decay, 2009

Théo Ananissoh es un profesor togolés que vive en Alemania (trabaja como profesor de Literatura Africana en la Universidad de Colonia) y escribe en francés. La editorial Alpha Decay ha tenido a bien publicar ésta su segunda novela corta, que apareció el año pasado en Continents Noirs, una colección de la editorial Gallimard que recoge nuevas voces narrativas de procedencia africana.

En las apenas cien páginas del libro encontramos un vigoroso y exótico cóctel de sangre (un asesinato es el eje argumental de la novela), sexo (las aventuras de alcoba del protagonista) y política (la convulsa situación del imaginario país del África tropical donde transcurre la acción).

Sin tregua, en secuencias de unas pocas páginas, seguimos el asesinato del general Katouka, un importante preboste del ejército que detenta el poder en el país. Nos lleva de la mano Narcisse, el protagonista, profesor de un Liceo y activo amante, que por casualidad se ve implicado en el descubrimiento del cadáver. Pero la trama inicial de novela negra, de asesinato sin autor y crimen debidamente oculto, abre la caja de los truenos: una operación de depuración política en el país y acusaciones de alta traición. Todo derivará en un intento de golpe de estado y disturbios en las calles; bajo un argumento policiaco más o menos convencional se camufla una profunda crítica social de la situación de un país cualquiera del África subsahariana.

Entre los aciertos de la obra está su estilo ágil y fluido, que utiliza hábilmente la elipsis intersecuencial, el dinamismo en el cambio de escenarios y el uso del diálogo con inteligencia. Por el contrario, quizá la perspectiva y elección del narrador no sea muy acertada. Parece imposible que un alumno de Narcisse, encargado de contar la historia, pueda conocer las inquietudes tan íntimas del profesor, su activa y clandestina vida sexual y la trama del asesinato con tanto detalle.

Con todo, lo más interesante es el último tercio de la novela, cuando la narración se entremezcla con el retrato del país y la reflexión sobre las causas que lo han llevado a su situación de populismo y dictadura, diseccionando su descomposición social. También el final, inexorable y suspendido en el abismo de un callejón sin salida, de un país que alberga un reptil por habitante, en el que todos son cómplices y a la vez víctimas de los que están encima de la pirámide. Justo entonces, apenas Zupitzer, un compañero de Narcisse, se erige en justiciero, en vengador, en suicida dispuesto al sacrificio baldío, aunque una muerte no cambiará las cosas, igual que un ladrillo menos no hará caer la estructura.

“África bulle de traidores como un animal podrido. Castigarlos, suprimirlos… Porque le quitan a la vida colectiva todo su sentido, anulan una sociedad.”

Published in: Narrativa, Novela, Reseñas | on Noviembre 22nd, 2009 | 1 Comment »

En el origen fue el Bien

mercedes-roffe.jpg
Las linternas flotantes

ROFFÉ, Mercedes

Bajo la luna, 2009

Más que una reseña se trata de un adelanto. El pasado cuatro de noviembre se presentó en Buenos Aires (en el barrio de San Telmo) el nuevo libro de la argentina Mercedes Roffé que, muy pronto, llegará a las librerías españolas de la mano del sello Bajo la luna. Para quiénes anden despistados decirles que esta editorial constituye una referencia ineludible dentro del panorama argentino y latinoamericano, con nombres que van de César Aira a José Watanabe, pasando por Alda Merini, María Negroni, Lorenzo García Vega y un largo etcétera de autores de ancho registro. Pues bien, en ese marco podemos contextualizar el nuevo y desasosegante poemario de Mercedes Roffé.

Empezaremos diciendo que Las linternas flotantes es un libro-poema. Una torrentera que va desnaciéndose de los efectos a las causas en un viaje germinal de enorme potencia simbólica. Porque antes que nada, este libro parece un llamado desolador sobre las infamias del mundo que se proyectan ante nosotros. La poesía de Mercedes Roffé huye de lo figurativo, evita poner un rostro específico a las cosas pues prefiere rondar lo oculto, rebuscar la verdadera faz del dolor detrás de la apariencia de lo real. Toda la primera parte del poema-libro se articula en torno a la consciencia del mal, la notación exacta de lo abyecto y su impacto sobre la vida. La poeta no levanta distancias entre esa realidad y ella, muy al contrario, se funde, evita la evitación y sabe de su completa residencia en ella: No hay distancia / Soy ella / soy la insomne / la reencontrada maltratada en el desierto / soy sus ojos / soy su espejo / soy su distancia de mí y de sí misma. Cada verso es un zarpazo lacerante que nos desvela la auténtica dimensión del derrumbe ético y social. Ahora bien Las linternas flotantes es, ante todo, un viaje interior-exterior hacia el Bien, hacia las parcelas intocadas de lo humano que pueden reverdecer en forma de liberación o, simplemente, de consciencia.

Sin embargo la consciencia es un hábito que se trabaja. La consciencia no parece ser un don ni una operación epidérmica. Lejos de este aserto, el viaje que late detrás de las Linternas flotantes supone una verdadera vivisección interior (individual y colectiva) hacia las entrañas de lo intocado. Por ahí camina toda la segunda parte del libro. Porque sólo desde la contemplación del origen y su desnudez es posible la expiación. Poesía-llama que va hacia el adentro sin olvidar el afuera. Poesía-llama que repite y repite (multiplica) las palabras como conjurándolas contra su desgaste. Poesía-llama que aprieta los nombres, los lanza, los proyecta contra el lector que deja (por un instante) de ser lector para fundirse en ese cuerpo. Si alguna virtud atesora este libro (y son muchas) sería el perfecto ensamblaje entre emoción y hallazgos estilísticos. Ningún poema desfallece. Ninguna fase del texto traiciona su mecanismo original: seguir buceando en apnea hasta las fuentes del Bien. Porque Mercedes Roffé no se deja atrapar por el nihilismo ni por el acabamiento de los grandes relatos. Ella refuerza el “gran relato” del ser humano en su propia consciencia viva (ya sea precaria o generosa).

Les dije que ésta no iba a ser una reseña sino más bien un adelanto. Déjenme pues que haga, si quiera por un momento, de antólogo. Aquí les dejo algunos versos que anticipan este magnífico libro:

Residir la vida toda en duermevela.

*

Residamos la noche en el seno urgente del día

*

Porque el Ángel vigila.

Vela.

Alerta está sobre un costado del hombre.

Ángel-lechuza.

Sutil está.

Ve sin ser visto.

Trabaja.

Los ángeles trabajan.

A veces

una bala perdida los hiere

—primero a ellos—

luego se abre camino y mata.

*

Somos aún ese alba.

*

No hay traducción posible.

—o sí la hay:

de lo uno a sí mismo,

de lo uno a aquello que tantea y vence

de lo que sabe de sí

—su pobre imperio.

*

Tú en la guerra

Tú en la miseria

Tú apedreador

Tú constructor de casas

Tú que insistes en que busquen tu nombre

en el registro de lo humano

Tú que buscas o finges que buscas un nombre que no encuentras

Tú que sabes que te humillan hasta cuando pronuncian tu nombre

Dime que la gracia

al menos

no nos separa

*

Otro tono. Otra

modulación de la luz.

Allá en origen.

Después no me digan que no les avisé.

Published in: Argentina, Poesía, Reseñas | on Noviembre 12th, 2009 | No Comments »

Hiroshima y los sueños del futuro

Lluvia negra

IBUSE, Masuji

Libros del Asteroide, 2007

Recuerda el escritor mexicano Jorge Volpi en su desesperanzado prólogo a Lluvia negra, del japonés Masuji Ibuse (1898-1993), que hemos sido capaces de repetir Auschwitz, pero Hiroshima y Nagasaki no, “todavía”. Ojalá ese “todavía” sea “nunca”, porque cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y, tres días después, sobre Nagasaki, la historia del ser humano cambió para siempre. A partir de ese momento, tras el horror del paisaje calcinado, del espanto de los cuerpos carbonizados y de la agonía de la muerte demorada por la radiación, nuestra especie aprendió una verdad aterradora: podía aniquilarse a sí misma con sólo pulsar un botón y esperar el silencio eterno.

Para Ibuse, sobrevivir no está muy lejos de haber muerto. Por eso esboza en Lluvia negra la historia de los Shizuma, una familia de un pueblo cercano a Hiroshima que, pese a sobrevivir a la bomba atómica, queda marcada para siempre por una precisa cartografía de la devastación, a caballo entre la enfermedad del cuerpo y la mutilación del alma. Shigematsu, porque resulta herido y manifiesta leves síntomas de la “enfermedad de la radiación”; su mujer Shigeko, porque asiste a los escenarios de la destrucción con aparente estoicismo; y su sobrina, Yasuko, en edad casadera, porque vive asediada por la incertidumbre después de que la lluvia tóxica le manchara la piel.

Aunque una parte mínima de la novela tiene como voz a un narrador omnisciente, lo más importante es el protagonismo de las palabras de las víctimas, ya sean las de Shigematsu o las del soldado Iwatake en su carta después de curarse milagrosamente. Esta vertiente testimonial de la novela, que no ahorra detalles por crueles, inhumanos y duros que parezcan, lejos de ser un lastre para la narración le otorga una terrible sobrecarga de realidad y crudeza que nos desarma como lectores, nos sobrecoge como personas y nos rebela contra la condición humana.

No deja de ser curioso comprobar cómo Ibuse, que trabajó como propagandista al servicio del gobierno japonés durante la II Guerra Mundial, utilice como detonante del relato el intento de Shigematsu de acallar los rumores sobre la salud de su sobrina. Al final lo de menos es maquillar la verdad o la mentira y averiguar si huyen o no todos los pretendientes de Yasuko. En el fondo, con Hiroshima ya se han hecho trizas todos los sueños del futuro.

Published in: Narrativa, Novela, Reseñas | on Noviembre 6th, 2009 | No Comments »

El fin de la trilogía

nocilla_labportada.jpg

Nocilla Lab

FERNÁNDEZ MALLO, Agustín

Alfaguara, 2009

Pues sí, parece que esta reseña va a ser extraña. Extraña porque con Nocilla Lab se cierra una trilogía sobre la cual se han vertido más páginas que las que ella misma contiene. Extraña porque, independientemente de su valor o no literario, esta obra ha levantado suspicacias y cuestionamientos dentro de buena parte del Parnaso institucional. Extraña porque, pese a su aparente carácter rupturista, se encuentra instalada cómodamente ya en el salón de los grandes grupos editoriales. Extraña porque su éxito, su eco mediático, parecen no corresponderse con un contenido no apto para mayorías. Extraña porque quizá sea demasiado pronto para conocer el impacto que tiene y/o tendrá en el devenir de la última promoción narrativa española.

Les voy a ser franco. Con Nocilla Dream me sentí interpelado, percibí que ese artefacto literario era capaz de traducir una de las características de nuestro tiempo: la fragmentación. Sentí que, más allá del extrañamiento producido por los personajes y las historias contenidas, Fernández Mallo atesoraba un discurso propio, una herramienta simbólica genuina que lo hacían necesario. Con Nocilla Lab me ha vuelto a suceder lo mismo. Y eso muy a mi pesar. Digo, a mi pesar, porque para seguir siéndoles franco desconfío enormemente de cierto discurso postmoderno. No es que no tome en cuenta dicho paradigma (algunos de sus teóricos, véase Jameson, me parecen fundamentales para comprender nuestra contemporaneidad), sino que en ocasiones tengo la sensación, como bien nos recuerda el profesor de filosofía de la UNED Ramón del Castillo, que más que mensaje hay masaje. Esto mismo se podría aplicar a algunas declaraciones de la supuestamente mal llamada Generación Nocilla o Afterpop (como la denomina, con más acierto, Eloy Fernández Porta), un cierto exceso de masaje. Ahora bien, si dejamos a un lado las intervenciones públicas de Fernández Mallo (¿dónde acaba el escritor y comienza el personaje?), la lectura de Nocilla Lab presenta aciertos indudables. Para empezar su arquitectura es inteligente, bien armada, eficaz respecto a la trama. Su capacidad de traducir obsesiones, paradojas,  cadáveres exquisitos, sigue siendo sugerente. Los tiempos narrativos aparecen difuminados, rotos, generando un puzzle imaginativo libre de ataduras académicas. Se trata de una narración fluida no exenta de indagación intelectual. Hay vuelo y ganas de explorar la trastienda de nuestro mundo. No se imponen fronteras ni límites y se reivindica la imaginación como un poderoso bálsamo contra las normatividades instaladas. Sin embargo, todos estos hallazgos están trufados (en esta ocasión) de un, digámoslo así, anhelo de paradigma: el del acabamiento de los grandes relatos, el de la artificiosidad como única temperatura de nuestro tiempo. Y aquí es donde, a mi juicio, esta entrega de Nocilla se muestra más dogmática que otras. Si en Nocilla Dream o Nocilla Experience la proyección de lo fragmentario, sin retóricas ni posicionamientos apriorísticos, las hacía sugerentes como instrumentos explicativos de nuestra realidad sociocultural, Nocilla Lab (a pesar de sus indudables aciertos literarios) parece dar un pasito más allá desplazando la pura creación a la más cuestionable del adoctrinamiento. Porque una cosa es estar convencido que nuestra postmodernidad se caracteriza por el fin de las ideologías y otra muy distinta hacernos creer que esta tesis es la única y verdadera. No sé. Quizá me equivoque. Pero observo en esta última entrega un cierta dosis de autocomplacencia, un deslizamiento de lo connotativo (Nocilla Dream, Nocilla Experience) a lo denotativo. Y ahí, insisto, la propuesta de Fernández Mallo, en mi opinión, pierde fuerza.

Ya les decía que la reseña iba a ser extraña. ¿Estaríamos delante de un texto que nos ayudará, dentro de unos años, a comprender mejor el tiempo que vivimos? ¿O nos encontraríamos delante de un artificio demasiado encerrado en su propio discurso, poco sensible a las complejidades de un mundo atravesado por enormes conflictos sociales? Que la fragmentación es signo de los tiempos no me cabe la menor duda; que los grandes relatos se hayan acabado, por el contrario, me cuesta más aceptarlo. ¿O acaso la situación de crisis civilizatoria que estamos viviendo no es una muestra de ello?

Al menos, lo reconozco, este libro ya ha conseguido uno de sus objetivos: colocarnos ante nuestra propia extrañeza y contemplarla sin miedos ni añagazas. Con eso, creo, basta.

Published in: España, Narrativa, Novela, Reseñas | on Octubre 29th, 2009 | 3 Comments »